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Gustavo Vera: "Si los que influyen en cambiar la cosa pública no predican con el ejemplo, no creen en lo público"

El legislador porteño por UNEN, titular de la ONG La Alameda, quiere romper el "código de silencio" que rige en la política, cada vez más distanciada, advierte, de la vida real de los ciudadanos

Domingo 16 de marzo de 2014
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PARA LA NACION
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"Desde La Alameda, nos estamos sumando a la revolución del sentido común que está planteando Francisco. Una revolución que consiste en dos puntos: reconfigurar el lugar del poder para volver a concebirlo como un acto de servicio. Y, lo más importante: romper el código de omertà (de silencio mafioso), que está funcionando a pleno en la política. Para eso entramos a la Legislatura", avisa Gustavo Vera, titular de La Alameda que, como ONG, acaba de hacer su ingreso en la Legislatura porteña.

En la entrevista con LA NACION explica que, luego de un "traumático" plenario, la organización que alcanzó reconocimiento nacional e internacional en la lucha contra la trata de personas, el trabajo esclavo y el narcotráfico -"las nuevas formas de esclavitud", apuntan- decidió finalmente tomar partido, en las últimas elecciones, encabezando una lista política, la de UNEN.

"Es la primera vez que una ONG, como tal, pasa a la política y si decidimos sacrificar la amplitud que te da ser una organización de todos por tomar partido, fue para ganar masividad en el mensaje", explica este maestro de escuela primaria que, con 27 años de antigüedad en un colegio de Villa Lugano, se considera amigo del Papa, a quien ya visitó dos veces en el Vaticano. De hecho, una foto que publicó en las redes sociales los muestra almorzando, a solas y con mucha familiaridad, en el comedor papal.

El mensaje a multiplicar, según explica, no parece modesto. Consiste en "fumigar la corrupción de la política" y "desmalezar las mafias que están operando sobre Argentina".

Sus primeras iniciativas cayeron pésimo entre sus pares, principalmente la de convertir en ley la reducción del salario de los legisladores a, prácticamente, la mitad.

La idea es transformarlo en un mix entre lo que cobra un jefe de servicio médico y un director de escuela.

La segunda tampoco fue bien recibida: consiste en que "el Estado deje de financiarles la prepaga Medicus" a los legisladores porteños que, según cree, deberían atenderse en hospitales públicos para que puedan experimentar, en forma directa, lo que vive el hombre común. "Es una incoherencia que la clase política esté cobrando cuatro o cinco veces más que la sociedad a la que representa. Se supone que somos servidores públicos. Cuando entré a la Legislatura, muchos me dijeron: «Bueno, ahora sos parte de la ‘casa’, una palabra que tiene toda una connotación de casta aristrocrática».

Asegura que ambas propuestas cuentan con el aval de Bergoglio –"nos ha mandado una carta para apoyar esta iniciativa"–, a quien conoció en 2008 cuando, desde La Alameda, le pidieron protección a raíz de una serie de atentados que venían sufriendo. Desde el 10 de diciembre, dona gran parte de su sueldo a distintas organizaciones, como las víctimas de la tragedia de Once o la comunidad qom.

Mientras sus colegas lo acusan de "demagogo" y hasta de "antipolítico", puertas adentro admiten que el titular de La Alameda se ha convertido en una piedra en el zapato.

–Es que, de algún modo, hay una interpelación ética hacia la dirigencia política en sus propuestas.

–Yo no estoy proponiendo que los políticos vivan con sueldos miserables, ni tampoco una autoflagelación, pero sí que seamos conscientes de dónde estamos parados. Porteños con responsabilidades iguales o mayores que las nuestras, aún con la máxima antigüedad, cobran sueldos que son una vergüenza. Estoy pensando en un director de hospital, un jefe de bomberos o el que está al frente de una guardia médica. Es una propuesta que pienso regular presentando un proyecto de ley para que el salario de un legislador sea un mix entre un director de escuela y un jefe de servicio médico, lo que hoy sería entre 16.000 y 17.000 pesos: no es un mal sueldo, y nos equipara con personas que tienen responsabilidades muy importantes. Por otra parte, el Estado no debería estar financiándole una prepaga a un diputado que, de atenderse en un hospital público, podría darse cuenta de cuánta gente hipercalificada trabaja en condiciones espantosas; cuánto tiempo espera la gente para ser atendida o cuánto instrumental falta. De esta manera, resolveríamos dos problemas: la inequidad entre el servidor público y su público, y la preocupación por la escuela y el hospital público.

–No entiendo la conexión con esto último.

–Claro, es que a mí se me ocurrió esta idea en una conferencia que vino a dar el filósofo colombiano Bernardo Toro sobre la crisis en la educación pública. La charla duró cinco minutos. "Levanten la mano los que mandan a sus hijos a escuela pública", dijo ante un auditorio repleto de diputados, senadores y dirigentes políticos o sociales. Eran 500 y levantaron la mano siete. Ahí estaba la respuesta: si los que influyen en cambiar la cosa pública no predican con el ejemplo, es porque no creen en lo público. Y si no creen, mal pueden ocuparse del tema.

–¿Cuál es hoy el sueldo de bolsillo de un legislador?

–Este mes cobré 34.000, y es el más bajo. Un legislador de la provincia de Buenos Aires gana muchísimo más e incluso tiene una ley de reinserción, lo que implica que, dos años después de haber terminado el mandato, cobra 25.000 pesos, la mitad de su sueldo porque, pobre, tiene problemas para reinsertarse socialmente. Y otro disparate es lo que cobran los legisladores nacionales: hay casos en los que, entre los tramos de avión y de micro, sumados al sueldo (se refiere a los diputados y senadores nacionales que viven en las provincias) llegan a redondear 70.000 pesos. Una locura absoluta, que muestra que, en algún punto de la democracia argentina, los integrantes de la política decidieron fijarse un sueldo de gerente de multinacional. Se pusieron todos de acuerdo, más allá de los partidos. Y, en algún punto, también empezaron a sentir que eran una clase especial. Así fue como empezaron a desconectarse de la gente.

–Divulgando esos sueldazos, lo van a acusar de no tener códigos.

–De eso se trata: vinimos a romper el código de silencio, que rige en absolutamente todas las corporaciones. Fijate que todos sostenemos el valor de la Justicia, siempre y cuando no se aplique en mi propio espacio. Entonces, yo disimulo actos injustos en mi propio espacio –empresarial, político, de mi club de barrio, sindical, social, de lo que fuera– y pregono valores que, cuando no se cumplen en mi espacio, los tapo. Es la razón por la que Franciso ganó legitimidad: tiene autoridad moral para denunciar las mafias de afuera porque, primero, las denuncia adentro de la propia Iglesia. Hay mucha gente honesta que está en la política y que no cuenta todo lo que sabe por miedo a represalias porque, así como la mafiosidad es transversal, la honestidad, también lo es.

–Antes decía que la omertà está funcionando a pleno. Denos un ejemplo.

–(Iván) Petrella, (Jorge) Taiana y yo no presidimos ninguna comisión de las 32 que tiene la Legislatura, ni tampoco estamos al frente de ningún gran bloque (N.d.R.: Vera integra, junto con Pablo Bergel, el bloque Verde-Alameda conectado al interbloque de UNEN). Ninguno de los tres que fuimos mascarón de proa integramos la conducción de los bloques UNEN, Pro o FPV. Interesante, ¿no?

–¿Y eso qué significa para usted?

–Que ponen gente que esté muy limpia, en términos transversales, para ganar la elección y después te dejan de lado de cualquier tipo de negociación. Es lo que le pasó a Marta Oyhanarte, cuando fue primera y después, cuando asumió, no pudo hacer nada y tuvo que irse. Por nuestra parte, tenemos un arma letal.

–¿Cuál es?

–Estamos dispuestos a trabajar de lo que trabajábamos antes de entrar a la Legislatura.

–Entonces, uno de los problemas de la política argentina sería, según usted, que la dirigencia se percibe a sí misma como una casta, separada de la "plebe".

–Efectivamente, y creo que esto se vio claramente en este verano tan terrible que tuvimos con los saqueos, el problema narco, los autoacuartelamientos policiales, cortes de luz. La verdad fue un fin de diciembre y un principio de año muy triste, trágico. Y a pesar de eso, vos tenías que una importante cantidad de políticos estaba de vacaciones. Eso demuestra que hay un sentido de la responsabilidad social que ha sido complementamente alterado.

–¿Qué argumentos le dan sus pares en la negativa a rebajarse los sueldos? ¿Fueron muchos los que lo vinieron a ver?

–Sí, muchos, de todos los espacios y algunos con preocupación sincera. Un argumento fue que aquí somos 60 personas, sobre 3 millones, que hemos sido votadas y que somos una clase especial: tenemos que tener dinero suficiente para legislar con serenidad. "Nos tenemos que quedar hasta cualquier hora, nuestro trabajo es diferente porque es full time". Y yo les respondía: "Evidentemente, no tenés idea de lo que es ser director de escuela. Jamás terminan su tarea a las cinco de la tarde, y ni qué hablar de un director de guardia, cuando hay que cubrirlas y quedarse un montón de horas más". Una me dijo que no podrían atenderse en hospitales públicos porque estaban atestados de gente. Otros planteaban que sin plata no se puede hacer política, lo que es otro disparate porque miles de personas hacen, todos los días, política social o partidaria sin un cargo y sin un mango.

–¿Y con respecto a la donación?

–Ah, sí, dicen que no podrían hacerlo porque ya donan a sus respectivos partidos. Entonces, yo les proponía hacerlo de un modo transparente, ante escribano público, porque cualquiera tiene derecho a desconfiar: si realmente donan, cuánto donan y dónde va a parar ese dinero. Y que quede claro, ante todos, que están dispuestos a vivir como el común de la gente y que, cuando mejoremos, lo hagamos todos, colectivamente.

–Decía recién que su "arma letal" es que no tendría problemas en volver a ser maestro. Pero, ¿no tiene miedo?

–Si me quieren matar, me van a matar, tome los recaudos que tome. Yo ando en moto, sin custodia. Nunca tomé ningún tipo de recaudo especial de nada. Ni cuando denunciamos a un ministro de la Corte, ni cuando denunciábamos a las casitas (prostíbulos de Río Gallegos) que Néstor Kirchner había habilitado, ni cuando denunciábamos a la mujer de Mauricio Macri por usar talleres clandestinos. O cuando señalábamos a los narcos. Pero de lo que también estoy seguro es de que, si nos pasa algo, va a haber miles que van a tomar esta semilla. Y que el mensaje se va a multiplicar por miles.

–¿Cómo conoció a Bergoglio?

–Justamente, cuando tuvimos una serie de atentados bastante intensos en nuestra organización. Fue en junio de 2008. Necesitábamos ser más visibles y tener cierta protección de algún sector de la institucionalidad. En esos años, cuando denunciábamos trabajo esclavo, la gente creía que era un cuento chino. Nos ocupábamos de temas que, en lo medios, salían muy esporádicamente. A principios de 2008, estábamos denunciando unos 25 prostíbulos que vendían droga alrededor de la Superintendencia de la Federal. Sospechábamos que, si por haber denunciado trabajo esclavo, habíamos tenido 18 atentados, cuando empezáramos con estos temas, directamente iban a volar La Alameda.

–¿Usted era religioso?

–No, para nada, ni tampoco lo era La Alameda. Pero habíamos observado que, en dos homilías de aquel año, Bergoglio había mencionado el tema de la trata. Entonces, con Juan Grabois, del movimiento de cartoneros, le escribimos una carta.

–¿Y cómo fue aquel primer encuentro?

–Nos recibió en el Arzobispado y la charla duró más de dos horas. Primero, le aclaramos que no éramos una organización católica, pero que veníamos a pedirle protección y respaldo porque, de lo contrario, íbamos a terminar flotando en el Río de la Plata. Él se quedó callado; pensó unos segundos y nos dijo: "Bueno, vamos a organizar una misa en favor de las víctimas de trata". Y ésa fue la primera homilía, que se hizo en la parroquia de Los Inmigrantes, en La Boca. Luego, le siguió una serie que duró hasta 2012. El centro de la homilía de aquel 1° de julio de 2008 fue el trabajo de La Alameda. Bergoglio dijo entonces que los problemas de los que la Iglesia debía ocuparse, con absoluta prioridad, eran de estas nuevas formas de esclavitud. Nos deslumbró desde el principio. Y luego, la relación con él se hizo muy fluida. Nos veíamos una vez por semana y muchas veces venía a comer a La Alameda. Eso nos dio el grado de visibilidad que necesitábamos para estar protegidos.

–Muchas figuras, desde fuera de la política, han llegado a distintos partidos en los últimos años. Siempre llegan planteando un cambio: algunos se incorporan y no cambian nada; otros se van porque no pueden cambiar nada. ¿Cuál cree que será su destino y cómo sabe que no caerá seducido por los fuegos artificiales de "pertenecer" a la casa?

–Un antídoto para no creerme los fuegos artificiales es seguir viviendo con mi sueldo de maestro. Y lo segundo es estar en contacto directo con los conflictos sociales. De nuestro accionar también depende el precedente que quede sentado en relación a la vinculación de las ONG con la política, que siempre ha sido traumático. De las ONG han salido figuras importantes que luego, cuando pasan a un partido, terminan fagocitadas por el aparato político y nunca más vuelven a hacer cosas interesantes. Esperamos no repetir esa historia.

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