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Bendita agua

Guerras, escasez, contaminación, uso racional. Muchos escenarios se tejen alrededor de este elemento esencial para la subsistencia. Cifras, mitos, verdades y un interrogante clave: ¿cuál es su valor real?

Domingo 06 de abril de 2014
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LA NACION
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Foto: LA NACION / Ilustración Alma Larroca

En Madrid sólo se baña el arquero. Si un equipo quiere pagar lo mismo de agua que en Buenos Aires sólo él podrá ducharse: el agua cuesta once veces más. Un departamento de dos ambientes de Las Cañitas paga 34 pesos bimestrales contra los 35 euros (374 pesos) de uno en la capital española. En Bogotá, Colombia, depende mucho de la categoría en la que juegues: hay subsidio estratificado, por lo que un vecino del estrato 3 paga alrededor de 160 pesos y al del 5 la boleta le llega por 1150 pesos. Si nuestro equipo viene de Brasil, podemos recibir sólo a ocho jugadores: con nuestro bolsillo no podríamos pagar la ducha de los otros tres, porque la boleta es de 44 reales mensuales (144 pesos).

Entre las provincias también hay diferencia: en San Miguel de Tucumán pagan 77,5 por mes; en la ciudad de Córdoba, entre 90 y 100, y en Rosario, 125. Como en Bogotá, el servicio en Buenos Aires también está estratificado y subsidiado y cambia de acuerdo con la zona, aunque el gobierno nacional anunció hace unos días que a partir de este mes se aplicará un programa de reasignación de subsidios que contempla la quita del 20% en etapas y bonificaciones por consumo responsable. Hasta hoy, según AySA (Aguas y Saneamientos Argentinos), una casa de 100 m2 en La Matanza paga 21 pesos bimestrales, mientras que en Colegiales paga 28 y en Recoleta, 42. Además de la ubicación hay otros factores que hacen al m3 más caro: los edificios con amenities pagan más.

América latina tiene el 26% del agua dulce del mundo y sólo el 6% de la población de la Tierra vive ahí. Acá. Lo dice Naciones Unidas. Para Carlos Ben, presidente de AySA, hay una decisión política que determina la boleta: "Nosotros la consideramos un derecho humano; otros, un bien de mercado. Entonces, no es el mismo enfoque económico. En todos los casos siempre se podrá establecer un costo o un precio. En el nuestro lo que establecemos es un costo de operación; en otros, como en Europa, un precio. El agua no puede ser comercial porque está vinculada con la vida, con la inclusión social, con la salud; sería muy difícil para un gobierno decir el que puede pagarla vive y el que no puede pagarla no vive".

Alexander Brailowsky fue director de desarrollo sustentable de Aguas Argentinas de 1999 a 2006, cuando Néstor Kirchner reestatizó el servicio y el ministro de Planificación Federal, Julio De Vido, acusó a la empresa de no cumplir con el plan de obras para la expansión y mejora de servicio, y de poner en peligro al conurbano por el nivel de nitratos encontrado en esas aguas. Desde Aguas decían que habían acordado un 53% de ajuste tarifario con el Gobierno y que el temor a la inflación dejó todo en nada. Brailowsky recuerda que entonces, un departamento de CABA de 70 m2 pagaba 120 pesos al año, mientras que uno igual en París, además de consumir tres veces menos, pagaba 2000 pesos.

Ben explica que es por cómo entiende el Gobierno el agua que el departamento de Cañitas paga 34 pesos. Si fuera francés pagaría 104, que es el número que figura en la boleta. Los 70 de diferencia son el subsidio. Y sigue siendo más barata.

El agua no reconoce límites políticos. Así y todo, su manejo sí es político. Sólo existen marcos de gestión cooperativa para el 40% de los cursos de agua internacionales (WWF, World Wildlife Found). En Francia "se mide hasta el baño que usted toma, de ahí trasladan hasta el último costo a la persona que utiliza agua. Chile subsidia al usuario según la condición económica y social. El gobierno le da dinero a la persona para que pague su factura", dice Ben. En nuestro país, desde la reforma constitucional de 1994, los recursos naturales son bienes públicos que administra cada provincia. En Mendoza, que es pionera en el manejo, "se saca agua de 8000 pozos. Si sacaran todos al mismo tiempo sería como un río entero. Eso está regulado, lo hacen por turnos, para no estropear la napa de agua que, si no, se saliniza", cuenta Daniel Tomasini, coordinador de Ambiente y Desarrollo Sostenible del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo en la Argentina (PNUD).

Y si se usa para producir debe pagarse. Más. "Aunque es un bien público, sí debe ser cobrada al productor, porque él necesita de esa materia prima para producir", dice Liliana Rascovsky, vicepresidenta de la Autoridad del Agua (ADA) de la provincia de Buenos Aires. Con menos papeles y las patas en el río: es licenciada en geología con especialización en ecohidrología.

La provincia de Buenos Aires tiene un código de aguas en el que aparece el canon: el que hace plata usando agua tiene que pagar más porque, a diferencia de la ciudad de Buenos Aires, que tiene esa palangana enorme que es el Río de La Plata y desde ahí AySA abastece a la ciudad y a 18 partidos del Gran Buenos Aires, la provincia, salvo el primer cordón y Bahía Blanca, se vale de aguas subterráneas. La única chance de reserva son los acuíferos. "Si esa extracción es demasiado voluminosa y rápida, el acuífero no logra recuperarse y no puede mantener las reservas", explica Rascovsky.

La ley 12257 es de 1998. El canon estaba desde entonces, pero no se había reglamentado hasta septiembre de 2013. En el segundo cuatrimestre de este año comenzarán a llegar las facturas a las empresas detectadas y declaradas.

En el último Foro Global de Creación de Valor Compartido que organizó Nestlé, en Cartagena de Indias, hubo un panel de expertos en agua. Allí Asit Biswas, presidente de Third World Centre for Water Management, dijo que se puede vender cualquier cosa, pero agua, jamás, porque es un bien emocional. Energía, comida, metales, cereales, no hay problema. Agua, no. "Trabajé en Canadá, cada político que dijo que vendería agua a Estados Unidos a la siguiente elección estaban fuera de carrera. Cualquier político que diga que venderá agua a otro país comete suicidio político." Excepto Malasia, que le venderá agua a Singapur hasta 2061.

Está claro que el agua es un derecho humano. En el año 2000, la ONU definió como uno de los Objetivos de Desarrollo del Milenio reducir para 2015 a la mitad la cantidad de personas sin acceso a agua potable. Hay 6 mil personas menos en el mundo por día. Son 250 menos por hora. Cuatro por minuto. La mayoría tiene menos de 5 años. Lo dice la OMS: mueren de diarrea.

Esa misma, la del derecho humano, también tiene un valor económico; el debate es si tiene precio. Para producir un vaso de agua se usan 0,65 litros; para una copa de vino, 120 litros, y para un kilo de carne, 16.000 litros: todo lo que se fabrica usó agua (datos de Nestlé). Eso es el agua virtual, cantidad de agua dulce que se usó para producir algo, un indicador geográfico. Es un comercio indirecto de agua. La idea es del inglés John Anthony Allan, que pensó que la mayor parte del agua que consumimos es la que no vemos.

Foto: LA NACION / Ilustración: Alma Larroca

La que sí vemos en casa (ducharte, lavar los platos y regar las plantas), en América latina, es sólo el 9% del caño del mundo, porque "las necesidades de la industria y de la agricultura bajo riego constituyen más del 85%", cuenta Eduardo Comellas, del Centro de Economía, Legislación y Administración del Agua (CELA), perteneciente al Instituto Nacional del Agua (INA). Según la Unesco, el volumen global de agua virtual en commodities es de 1625 km3, un 40% del total del consumo mundial de agua. Un ejemplo más cercano: para producir un kilo de arroz (el paquete de tu alacena) se usan 3500 litros de agua.

La idea de agua virtual no parece ser trascendental para los consumidores, aunque sí para los comerciantes –Biswas y Tomasini coinciden en que representa entre el 1 y 2% del costo total de producción–. Pero lo que hacemos con el agua que vemos es vital: en Buenos Aires cada persona consume 530 litros por día. En grandes ciudades de EE.UU, entre 280 y 300, y en europeas, alrededor de 200. Según la OMS sólo se necesitan 50 litros.

Un informe del Banco Mundial dice que en América latina un 45% del agua se pierde antes de llegar al cliente. El CAF, Banco de Desarrollo de América latina, habla del 40% y asegura que es por tuberías rotas, desperdicio, falta de medidores en casas, errores de medición. Según su opinión, las bajas tarifas "no incentivan un consumo eficiente".

En 2009 Santa Fe aprobó una ley que prohibía exportar agua dulce. ¿Adónde? ¿Cómo? ¿Se vende fuera de la Argentina? Una empresa, Makhena SA, ofrecía por Internet exportar agua dulce del Paraná. Su dueño decía que se podía hacer "a granel (en buques cisterna) y sin procesar". El que compraría era Medio Oriente.

Existe un comercio ilegal de agua. Bah, depende: si pensamos que llevarse una gota es delito, existe. "Los barcos no pueden cruzar vacíos, tienen que llevar agua de lastre, que cargan en el río. Se llevan agua dulce. Pero aunque lo estén llevando al medio del desierto, el costo de ese movimiento es carísimo. No tiene sentido pelearse, es como si fuera una gota lo que cargan", explica Tomasini.

Rex Wyler, uno de los fundadores de Greenpeace, decía, en una entrevista de 2005, que por el agua se iría a la guerra, que la Argentina tenía el recurso (el 85% de la población mundial vive en la mitad más seca del planeta y nosotros vivimos entre charcos), pero "tiene que tener cuidado porque puede perderlo. Las guerras siempre están ligadas con los recursos". Diez años antes, en 1995, Ismail Serageldin, vicepresidente del Banco Mundial, presagió que las guerras de este siglo serían por el agua. La guerra del agua. Una locura, según todos los consultados. Ben cree que puede haber conflictos localizados en, por ejemplo, Asia, pero no combates continentales. Biswas cree que habrá 15 razones antes que el agua por la que dos países se enfrenten.

Tomasini afirma: "Nadie se va a transformar en potencia por el agua. Te transformás en potencia porque diste el salto industrial, comercial. Inglaterra no tenía recursos, pero fue potencia imperialista por la tecnología".

El sueño de la pyme húmeda tercermundista es papel mojado: nadie va a comprarnos agua. Tampoco van a invadirnos. Porque a la guerra se va porque quiero sacarte algo que sólo vos tenés o algo que se me acabó. Y pasa que el agua no se acaba. Comellas explica que la cantidad que hay en el planeta, en todos los estados posibles (líquido, sólido y gaseoso), "es casi exactamente la misma que ha existido desde millones de años. De producirse un significativo incremento en la radiación solar (lo que sería un cataclismo que nada tiene que ver con el cambio climático), probablemente siga siendo también la misma en el futuro".

Lo que sí pasa(rá) es que, porque somos cada vez más –en 1950 la población urbana de América latina era de 64 millones, en 2010 era de 458 y para el CAF en 2030 seremos 566 millones– y contaminamos igual y más, puede que se agote por un tiempo, cambie su estado, distribución y calidad. Por un tiempo en estas cosas quiere decir entre 100 y 300 años; eso dice Ben que tarda en recuperarse una napa subterránea contaminada.

Entonces, las medidas como la reutilización de la toalla en el hotel y no dejar correr el agua mientras te afeitás cobran sentido. Ecológico (realmente importan y sirven las conductas austeras), psicosolidario (estoy haciendo algo por el mundo) y económico: en el Faena Hotel, por ejemplo, el 30% de los huéspedes usa la toalla para más de una ducha. Por esa política de uso racional del agua el hotel ahorra 80 mil pesos al año.

Educar es clave

El 97,5% del agua del planeta no nos sirve: está en los mares, es salada. Sólo el 2,5% es dulce. El crecimiento de la población, la contaminación del recurso y el cambio climático son los factores que llevan a hablar de una crisis de agua. Se puede con gestión, regulación y educación. En esto último trabaja la Asociación Amigos de la Patagonia desde 2004, con Nestlé, en el Proyecto Water Education for Teachers (WET). Ya participaron más de 7500 alumnos.

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