Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

Sobre mudanzas, libros y un vuelo semivacío adonde lleva el destino

La decisión de dejar Nueva York para volver a vivir en la Argentina, y qué dejar atrás en un camino de ida

SEGUIR
PARA LA NACION
Sábado 05 de abril de 2014
0

Un porteño charlatán y entrador intentaba seducirme desde el otro lado de la línea. "Yo llevé y traje cajas para Leo Messi", me decía. "Trabajé con todo el mundo, me conocen todos." El porteño llevaba 35 años en Nueva Jersey y tenía un contenedor estacionado en la puerta de su casa, que iba llenando con las cajas de sus clientes y después mandaba por barco a Buenos Aires, donde él mismo las sacaba de la Aduana. "Conmigo no vas a tener ningún problema -decía, misteriosamente-. Lo hacemos como vos quieras."

Pero yo seguía indeciso. Después de diez años en Nueva York habíamos decidido con mi mujer mudarnos a Buenos Aires y ahora me encontraba con que mudarse de un continente a otro era un programa mucho más arduo de lo previsto. Habíamos tomado el salto más como una aventura que como una decisión planificada, como si el entusiasmo y la determinación fueran suficientes para atravesar el muro de los formularios y la burocracia.

Mudarse, nos dimos cuenta después, es un poco como hacer terapia. Uno se ve obligado a examinar los restos de su propia vida y a emitir un veredicto sobre ellos. La casa vacía, sin muebles ni distracciones, se vuelve una metáfora de la mente en estado de meditación, que se despoja de lo innecesario y se concentra en lo imprescindible. Así se siente uno cuando se muda y especialmente cuando es una mudanza de larga distancia, donde sólo las cosas realmente valiosas justifican el traslado. A medida que vacía sus cajones y tira o dona aquello que ya no le sirve, siente que se desembarulla la casa, pero también se le desembarulla la mente.

El asunto que más deliberación ocupó fueron mis libros. Después de largas deliberaciones, los dividí en tres grupos: los que sí o sí quería traer a Buenos Aires, los que no me interesaban ni siquiera para guardarlos y los que quedaban en el purgatorio del quizá, dependiendo del espacio que finalmente tuviéramos disponible.

Primero me ocupé de los libros que ya no me interesaba tener. Había algunos repetidos, otros que había leído por trabajo y ya no me interesaban; otros periodísticos o ensayísticos que habían envejecido rápido, como The Lexus and The Olive Tree, de Thomas Friedman; otros de divulgación científica, superados por encarnaciones más recientes, y otros, como las antologías de Best American Essays, que compré cada año durante años, para los cuales ya no veía ninguna utilidad. Empecé a bajar estos libros, unos 200 en total, en cada salida a la calle y a ponerlos uno al lado del otro en un cantero sobre la vereda, para que se los llevaran los vecinos. Eran semanas frías y con nieve, pero los libros igual desaparecían rápido. Si dejaba un grupo al mediodía, a la noche ya no quedaba ninguno o casi ninguno. A veces, como le pasó a un libro de fotos viejas de Miami Beach, tardaban algo más en encontrar un nuevo dueño, pero nunca más de 24 horas.

Con los otros, la decisión parecía más fácil, pero me sorprendí a mí mismo tomando decisiones inesperadas. Preferí, por ejemplo, traer a Buenos Aires libros que ya había leído y con los que tenía alguna relación. Y dejar, o dejar en suspenso, la decisión sobre libros que había comprado, pero no había leído. Este impulso, poco utilitario, tiene sin embargo una explicación bastante fácil: si uno muda sus libros de país a país porque quiere vivir rodeado de ellos, entonces los mejores libros para ese papel son aquellos con los cuales uno tiene algún tipo de conexión. Un libro comprado hace años, nunca revisado y nunca leído, tiene poco para ofrecer, además de recordarnos la culpa por no haberlo leído.

La decisión sobre los libros, además, dependía de qué tipo de mudanza decidiéramos hacer. Estaba decidido que íbamos a llevar muchas valijas con ropa en el avión y que íbamos a dejar algunos muebles y objetos en un espacio de storage en Brooklyn. Faltaba decidir cuánto mandar por barco, y el asunto nos carcomió el espíritu durante tres agónicas semanas de comparación de precios y servicios. Primero pensamos en mandar nuestras cosas en un contenedor, hasta que vimos que costaba al menos 10.000 dólares. Amigos con experiencia en el tema nos habían recomendado un par de empresas, acostumbradas a que las facturas las pagaran multinacionales o gobiernos. Tuvimos con ellas negociaciones frustrantes en unidades de peso y volumen cuya interacción no entendíamos y seguimos sin entender.

No nos asustaba sólo el precio. También llevábamos, relativamente, pocas cosas. Y nos irritaba ver cómo, a pesar de reducir al mínimo el volumen de nuestro cargamento, los presupuestos que nos pasaban apenas se movían. Una tarde estuve una hora hablando con un tipo en San Fernando que me había prometido hacer el mayor esfuerzo posible. Me escuché decir: "¡Bajamos un tercio los pies cúbicos y vos bajaste tu presupuesto apenas un 2 por ciento!"

En la búsqueda de opciones me pasaron el dato del argentino charlatán de Nueva Jersey, que después me retó porque no lo contratamos. Encontramos una empresa que nos ofreció venir a nuestro departamento con una caja de madera de dos metros de alto y dos de largo para que la llenáramos como quisiéramos y después meterla en un contenedor compartido. Eso funcionó. Vinieron dos negros muy graciosos y un puertorriqueño taciturno que envolvieron cada florero y cada taza de café, que después metieron en cajas y bajaron sobre sus espaldas los tres pisos hasta la calle y el camión. "¿Todavía queda lugar?", les preguntábamos. Si decían que sí, rescatábamos un banquito o una mesa de luz de entre la pila de olvidados. O sacábamos del banco de suplentes una nueva pila de libros que parecía condenada al exilio oscuro y húmedo del storage, y ahora se descubría en el equipo titular de la mudanza. Llegan todos, los indispensables y los rescatados, el 19 de abril.

Unos días más tarde compré, con una punzada de melancolía, un pasaje sólo de ida hacia Buenos Aires. Por más que uno esté seguro de su decisión, nunca es fácil dejar Nueva York. Viajé en Aerolíneas Argentinas, que tiene un insólito vuelo directo que aterriza en Ezeiza a las 4.30 de la mañana. En el avión, que estaba semivacío, vi un documental de Encuentro sobre una gira de Charly García en 1992. Llegamos una hora antes de lo previsto, tan temprano que, cuando salí, mis viejos no habían llegado. En el patio de entrada me acerqué a uno de los fumadores y le pedí un cigarrillo. Afuera llovía y olía inconfundiblemente a verano en Buenos Aires.

Te puede interesar

Enviá tu comentario

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.
Las más leídas