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Huellas de una vida

Coetzee, narrador que escapa a las etiquetas, considera la lectura una actividad única para sumirse en la complejidad del ser y de la inteligencia

Viernes 11 de abril de 2014
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PARA LA NACION

Los libros de John Maxwell Coetzee suelen ser recibidos con al menos dos adjetivos: extraordinarios y desconcertantes. Ya sean de novelas realistas o alegóricas, la amplitud temática interpela tanto como las innovaciones formales. Poseedor de una singular mirada, atento a "las señales de la monotonía", con su estilo "tan árido, tan duro y tan poco complaciente" (al decir de Pedro Almodóvar) penetra en lo más profundo del individuo. Coetzee discute ideas y piensa a través de su narrativa, logrando enfrentar al lector con una reflexión incómoda que lo mueve a reconsiderar sus puntos de vista. "La lectura –escribió en El maestro de Petesburgo (1994)– consiste en ser el brazo y ser el hacha y ser el cráneo que se parte; la lectura es entregarse, rendirse, no mantenerse distante ni burlón." Ética y poética de un escritor que ha experimentado que "la verdad puede llegarnos por caminos tortuosos, llenos de misterio". También de un lector exquisito y generoso, que sabe que entendemos "mediante la inmersión de nuestro ser y nuestra inteligencia en la complejidad".

Referente obligado de la narrativa contemporánea, Coetzee es artífice de una obra comprometida e innovadora, ya considerada perdurable. Compromiso menos político que humano, pues no lo conmueve la política sino el mundo del individuo a quien investiga a través de sus personajes, sin esperar respuestas.

Nacido en 1940 en Ciudad del Cabo, de origen afrikáner, Coetzee vivió las prácticas coloniales y las políticas segregacionistas del apartheid sudafricano que indudablemente condicionaron la construcción de su identidad y de su literatura. En su familia ya se jugaba esa fractura identitaria: en la casa se hablaba inglés pero con otros familiares fluía el afrikáner, de cuya cultura, sin embargo, Coetzee se sentía muy alejado.Vivió en Inglaterra, en Estados Unidos, regresó a Ciudad del Cabo y finalmente se instaló en Australia hace doce años, adoptando esa nacionalidad. Itinerante y outsider, ha dicho de sí: "No soy el representante de una comunidad ni nada que se le parezca, soy alguien que tiene noción de la libertad, como la tiene cualquier prisionero encadenado y que construye representaciones de gente que se libera y ve la luz". El lector puede encontrar huellas de su vida en esa suerte de memorias que forman la trilogía Escenas de una vida de provincias: Infancia (1977), Juventud (2002) y Verano (2010). Las dos primeras, escritas en tercera persona a pesar de plantearse como autobiográficas (la marca de la autobiografía es justamente la primera persona), narran su niñez en la región de Karoo, lejos de la civilización urbana, y luego los avatares londinenses del joven John Coetzee, tras su vida como estudiante universitario en Ciudad del Cabo. De formatos tradicionales, se distancian del tercer libro, Verano, cuya estructura rompe con el registro autobiográfico y adopta el sistema de entrevistas a cinco personajes que han conocido a John Coetzee, "el célebre autor ya fallecido". Esta clase de artificios, los juegos entre biografía y ficción –la llamada autoficción–, son habituales en su literatura. Como también lo es la presencia de un álter ego encarnado en Elizabeth Costello, la protagonista de la novela del mismo nombre publicada en 2003, que había aparecido por primera vez en Las vidas de los animales (1999) –libro que recoge las conferencias que Coetzee pronunció en Princeton entre 1997y 1998–, y que también se da una vuelta por Hombre lento (2007). Costello es una escritora australiana que recorre el mundo dando conferencias e introduce reflexiones sobre una variada cantidad de temas, desde la preocupación por la pérdida del lenguaje hasta los derechos de los animales. Las novelas de Coetzee nunca han dejado de ensayar teorías filosóficas. Y si bien ha escrito libros de ensayo, la ficción le resulta más propicia para entreverar lo emocional con lo intelectual porque en ella –como consigna el editor y crítico español Ignacio Echevarría a través de una afirmación de Robert Musil– "puede ser más poderosa la encarnación que la expresión de esas ideas. […] No es que se expresen ideas en la novela o el relato, es que se deja que resuenen". Los personajes, se lee en Elizabeth Costello, deben encarnar las ideas que enuncian.

A sus novelas autoficcionales hay que agregar Diario de un mal año (2007), libro que sorprendió por su polifonía estructural y visual. Entre los textos alegóricos se cuentan Vida y época de Michael K (1983), pesadilla kafkiana de personajes beckettianos; Esperando a los bárbaros (1980) –crítica poscolonial de un naturalismo brutal– y la reciente La infancia de Jesús (2013), novela sobre un mesías niño, que se sumerge en la filosofía platónica y se cifra en el mundo previo de los libros.

Ganador en dos oportunidades del premio Booker (en 1983 por Vida y época de Michael K y en 1999 por Desgracia, verdadera obra maestra) y del Premio Nobel en 2003, también ha escrito varios libros de crítica literaria y hace poco se publicó la correspondencia que mantuvo con Paul Auster, en la que se abordan algunos de los temas que insisten en su obra: la memoria, la infancia, la sexualidad, las generaciones y la madurez, el deporte, la vida del artista y la creación. En la Feria del Libro los dos autores harán una lectura pública de algunos de esos intercambios.

Desde el escenario literario del apartheid hasta las narraciones más universales, dueño de una infrecuente sensibilidad intelectual, Coetzee no deja de indagar la condición humana apostando al encuentro con lo estético, el conjuro –según George Steiner– "más ingresivo y transformador al que accede la experiencia".

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