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De gremios, aprietes y bares porteños

Viernes 11 de abril de 2014
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LA NACION
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Habían pasado 19 minutos de las 9 de ayer y en un bar de Avenida de Mayo el café con leche venía sin medialunas. "Disculpe -dijo el mozo a este cronista-. Por el paro no tenemos." Ofreció tostado y, claro está, después de un par de horas de recorrida por el centro porteño para ver y contar las consecuencias de la medida de fuerza , no hubo manera de resistir la oferta.

Sólo había un par de mesas vacías. Los efectos de la huelga, en gran medida empujada por el gastronómico Luis Barrionuevo , se sentían con fuerza en el tradicional paseo porteño. Pero aquel bar estaba abierto. "¿Cómo está la cosa por ahí? ¿Todos trabajan? Bien. Bien. Muy bien. Hay que laburar. Que no quede una sola persona sin atender", repetía un vecino de mesa con su voz ronca a través de su teléfono celular. El hombre, que compartía la mesa con otros dos, verificaba qué pasaba en una repartición pública. "Que no se note el paro", decía, móvil blanco mediante.

El tostado llegó y los parroquianos seguían controlando sus dominios en la administración. Hablaban, instruían y sonreían. Gremialismo a control remoto.

Un Volkswagen Vento, nuevo, negro y con vidrios retintos, paró en la esquina. Se abrieron las cuatro puertas casi al mismo tiempo y cuatro hombres corpulentos bajaron. El conductor, con campera de una marca de alta montaña y anteojos negros, encabezó el desembarco. Detrás, los otros tres, con remeras que se apretujaban contra pechos y vientres prominentes. Fueron derecho a la barra y, uno al lado de otro, formaron una pared frente al cantinero, entonces atrincherado detrás de la caja. No hubo negociación ni gritos ni nada. Un dedo índice de un fortachón encriptado en una histórica camiseta del Napoli que inmortalizó Maradona subía y bajaba. Del otro lado del mostrador, lo que subía y bajaba era el mentón del cantinero.

No pasaron más de 30 segundos y volvieron al Vento negro. Aquellos vecinos de mesa que controlaban quién trabajaba en sus dominios se quedaron mudos. Ya sin los cuatro visitantes en el bar, uno se envalentonó. "A ver si mañana cuentan esto", dijo con su voz ronca a este cronista, que, ocasionalmente, estaba acompañado por un rostro ilustre del periodismo. Pagó y se fue, mientras el cantinero caminaba, llave en mano, a cerrar las puertas del bar. Tenía 30 minutos antes de que volviera el Vento. Todos, a su modo, se fueron a controlar.

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