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La poética de la fricción

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LA NACION
Sábado 10 de mayo de 2014
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Duramadre / Intérpretes: Alfonso Barón, Amparo González Sola, Daniel Leguizamón, Jonathan Da Rosa, Lucas Araujo y Pablo Kun Castro / Música original e interpretación: Nicolás Varchausky / Producción ejecutiva: Mariana Mitre / Fotos: Sebastián Arpesella / Diseño gráfico: Gonzalo Martínez / Vestuario: Belén Parra / Luz y espacio: Matías Sendón / Asistencia artística y conceptual: Marina Sarmiento / Dirección y coreografía: Juan Onofri Barbato / Sala: Cultural San Martín / Duración: 60 minutos / Nuestra opinión: muy buena

Duramadre es la última producción del grupo Km29, los mismos que hicieron posible Los posibles. De aquella maravillosa propuesta, que fue revisitada por el cine de la mano de Santiago Mitre, a esta nueva creación de Juan Onofri Barbato pasaron tres años. Ahora el coreógrafo ha radicalizado su búsqueda, al dirigirse hacia un terreno expresivo más conceptual habitado por densidades y movimientos grupales o solos que van adquiriendo formas complejas, vibrantes, incómodas, atrapantes.

Desde que se ingresa en la sala hay seis cuerpos en escena, absolutamente diversos entre sí en términos expresivos, de despliegues físicos y por la manera que habitan el espacio. Claro que hay algo que los atraviesa y que atraviesa a todo el trabajo: la hipnótica capacidad de reconcentrarse en ellos mismos y la habilidad de proyectarse, de expandirse, de tejer vínculos entre ellos dando vida a un único cuerpo. Un cuerpo (¿será la membrana duramadre a la que hace referencia el título de esta propuesta?) que se va articulando en medio de una atmósfera enmarañada, atonal, de límites en permanente fricción y de acoples sonoros sobre los cuales se acoplan los seis intérpretes como si fueran ellos cuerdas en tensión, cuerdas que se rompen, cuerdas de un mismo instrumento que vibra.

Cuerpos reconcentrados en sí mismos, pero que conectan en una forma mayor
Cuerpos reconcentrados en sí mismos, pero que conectan en una forma mayor.

Se podrá pensar que, durante una hora, Juan Onofri Barbato esculpe una pieza de arte efímero que, a la vista de todos, va adquiriendo distintas formas. Esas mutaciones de lo abstracto están íntimamente ligadas al plano sonoro que se convierte en el séptimo performer de Duramadre.

Nicolás Varchausky, el encargado de indagar en ese plano, trabaja con acoples e instrumentos fotosensibles. En buena parte de esta magnífica experiencia coreográfica está en un recoveco, arriba del escenario. Desde allí, parece ser el manipulador de esos estados alterados. Cuando se ubica en el escenario y termina interactuando con los seis bailarines se genera una extraña (y mágica) situación: con los movimientos de sus brazos, en los que tiene escondidos micrófonos, "dibuja" música en el espacio. Por fugaces instantes, el trabajo sonoro se convierte, también, en una experiencia visual. Una experiencia que, por oposición al diseño de la puesta de luces, entra en total sintonía con el trabajo de Matías Sendón (iluminador, el que desnuda al espacio y uno de los padre/madre de KM29 junto a Onofri Barbato y Marina Sarmiento).

En este gran engranaje, los estupendos bailarines son tanto sus motores como sus polos opuestos y complementarios. Se llaman Alfonso Barón, Amparo González Sola, Daniel Leguizamón, Jonathan Da Rosa, Lucas Araujo y Pablo Kun Castro. Algunos tienen más kilómetros recorridos en escenarios que otros, en el caso de aquellos que tienen menos tiempo de ruta, es admirable el crecimiento artístico que han tenido desde el momento del estreno de Los posibles.

La diversidad entre ellos y la forma de convertir a esa diversidad en una virtud constitutiva de KM29 es uno de los tantos hallazgos de Onofri como creador de mundos poéticos sumamente personales. Él ha transformado a estos bailarines en la membrana madre y dura de este tejido escénico que, después de un perturbador juego de densidades en permanente fricción, culmina con una escena que es como una oda a la liviandad. Algo así como si de las aguas profundas emergiera la luz hasta que, ¡pluf!, Duramadre concluye realmente.

De todos modos, como sólo sucede con aquellas pocas experiencias que dejan marca, la nueva propuesta de KM29 se las ingenia para seguir su ruta en la mente del espectador.

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