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De cómo llegó la rueda a tener la culpa de todo

Sábado 10 de mayo de 2014
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LA NACION
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Toda tecnología fue alguna vez nueva. Tuvo, en su más o menos deslumbrante amanecer, un puñado escaso de impulsores y, en general, muchos detractores. Las sociedades se toman su tiempo para digerir los avances que el inquieto innovador quisiera poner en práctica ahora mismo. Este equilibrio dinámico ha regido el progreso técnico desde el principio de los tiempos y ha evitado tanto que nos despeñáramos en algún excesivo fervor creativo cuanto que nos empantanáramos entonando el lema Mejor malo conocido que bueno por conocer.

Con el paso de las décadas, la civilización integra las nuevas tecnologías, que se convierten en algo normal, en el status quo que hay que preservar. Entonces aparece alguna otra cosa, y el ciclo se reanuda.

Desde hace unos 20 años, aunque su historia es más larga, le toca a las computadoras, Internet y los smartphones estar en la picota. El juicio es público, disparatado y grotesco. Van ejemplos.

Si hay una locura extrema con la delgadez y las cirugías estéticas, ¿quién tiene la culpa? ¿Una sociedad obsesionada con el cuerpo y lo superficial o el Photoshop? El Photoshop, lógicamente.

Un adolescente –que ya había dejado preocupantes videos cargados de hostilidad en YouTube– empieza a matar compañeros del colegio con armas automáticas, ¿y de quién es la responsabilidad? ¿De una psicopatía mal diagnosticada, de una familia ausente o de los videojuegos y YouTube? Obvio, de los videojuegos y de YouTube.

Un sociópata crea un arma de fuego utilizando una impresora 3D, ¿y cuál es el clamor? Que todas estas cosas nuevas son para mal, que antes estábamos mejor, que nos espera un futuro negro en el que los niños fabricarán pistolas en sus cuartos. No parece importar que la impresión 3D permita crear prótesis accesibles (una de sus muchas virtudes) o que se trate de una tecnología contaminante (uno de sus varios defectos). Todo indica que cuando se produce un cambio muy grande en los paradigmas técnicos no somos capaces de razonar correctamente.

No es que las nuevas tecnologías estén libres de vicios o que no se las pueda usar para el mal; vamos, hasta los ositos de peluche pueden usarse para el mal. De hecho, muchas tecnologías pueden desviarse e imponernos riesgos que todavía no podemos evaluar o siquiera imaginar; esto es más frecuente con aquellas relacionadas con la medicina, la biología y la genética. Otras se desvían por la intervención de nuestros impulsos más primitivos. Me refiero, por supuesto, a las armas.

Tampoco creo que las tecnologías digitales e Internet sean el remedio para todos los males; hay cierto grado de ingenuidad en tales planteos. Pero es prístino que les estamos echando la culpa de todo, desde el acné juvenil hasta el cambio climático.

¿Ah, no es tan prístino? ¿Tenés un amigo que le echa la culpa a Internet del espionaje de la NSA? ¿Un familiar insiste en que los smartphones nos están volviendo tontos porque ya no hace falta recordar un número de teléfono? Lo que sigue, levemente irónico, mayormente humorístico y, quiero creer, bastante revelador, puede ayudarte a argumentar o, tal vez, a cambiar la mirada.

La historia es que me puse a pensar, cuando estaba de vacaciones, y descubrí que estaríamos mucho mejor si no hubiéramos inventado nada. Nada del todo. Llegué a esta dislocada conclusión empleando los mismos razonamientos con que hoy se condena a las computadoras, los smartphones e Internet. A propósito, me acordé del asunto el otro día, hablando con Sergio Kaufman, presidente de Accenture de Argentina, sobre los eventos disruptivos.

Fijate.

Todo tiempo pasado fue mejor

Estábamos lo más contentos siendo cazadores-recolectores. Hacíamos un montón de ejercicio y comíamos todo orgánico. Entonces, a un bueno para nada que se resistía a caminar 45 kilómetros para conseguir media docena de zanahorias raquíticas se le ocurrió la peregrina idea de la agricultura. Eso ocurrió hace unos 10.000 años, y todavía estamos pagando las consecuencias. Colesterol, enfermedades cardiovasculares, sedentarismo y las eternas peleas por el control remoto.

La rueda. ¡Ay, la rueda! Ha sido la peor idea del mundo. Basta mirar las estadísticas de accidentes de tránsito. ¿Quién habrá sido el insensato que, no contento con la saludable costumbre de caminar o de montar el noble bruto, quiso rodar hacia un destino de siniestros sin fin? No lo sabemos. Por algo la historia ha olvidado su nombre.

La rueda es, al mismo tiempo, responsable de otro invento fatídico: el avión. Como sabrán, los intrépidos y por completo irresponsables hermanos Wright eran fabricantes de bicicletas. Bueno, no me extraña que al final se les haya ocurrido ni más ni menos que volar. ¡Volar! Los pájaros vuelan. ¿Acaso tenemos alas? Miren bien. ¿Tenemos alas? No, señor.

Lo de la navegación, bueno, convengamos en que el 71% de la superficie del planeta está cubierta por agua. Pero, de todas maneras, es una imprudencia. No costaba nada quedarse cada uno en su continente. Son todos muy bonitos y pintorescos.

Ahora, con toda franqueza, el premio mayor se lo lleva el control del fuego. No lo inventamos, pero aprendimos a aprovechar sus virtudes. O ese fue el argumento, al menos. ¡Pamplinas! Concedido, un buen asado es más apetecible que el bovino al natural, pero cuántos incendios nos habríamos ahorrado, si hubiéramos dejado el fuego a quien le pertenece. Mal ahí, Prometeo, ¿eh? Muy mal.

Lo mismo puede decirse de la electricidad, que tampoco inventamos, pero que tuvimos la arrogancia blasfema de ponernos a producir. ¿Acaso han visto a algún animalito fabricando electricidad? No. Y es la causante última de buena parte de los males que nos aquejan hoy. Un ejemplo claro y distinto: tu hijo se la pasa jugando a la Play en lugar de estudiar y termina llevándose 7 materias, incluida educación física. ¿Por qué? Porque alguien en alguna parte instaló una planta de producción de electricidad que, por medio de cables, llega a tu casa, en donde tu chico puede enchufar la Play.

Peor todavía: todos estos inventos innecesarios y peligrosos se terminan combinando, porque la petulancia humana parece no conocer límites, y dan origen a verdaderas pesadillas. La rueda sola no habría originado el tránsito contaminante y ruidoso de las grandes ciudades modernas. Hizo falta combinarla con el fuego y la electricidad, y ahí sí, nos vanagloriamos de haber inventado los motores de combustión interna. ¡Si al menos nos hubiéramos quedado en el romántico vapor!

Y lo de las computadoras, bueno, ya es el colmo. Nos venden el cuento de que añaden inteligencia a nuestras vidas. Por favor. ¿Acaso Newton descubrió la gravitación universal usando una Mac? ¿Y Einstein? No necesitó ningún smartphone para revolucionar la física. Ni tele, tenía el genial Albert, y mirá.

La falacia y otros deportes de contacto

Así planteados, estos alegatos suenan a delirio. El problema es determinar por qué suenan a delirio, para no tropezar con los mismos errores al juzgar tecnologías que, por su novedad, nos tocan emocionalmente.

Es cierto que la Play anda con electricidad. Ergo, si no hubiera electricidad, no habría Play. Hasta ahí es un razonamiento válido. Pero la conclusión de que, eliminada la Play, el alumno se volverá diligente es espuria y no está demostrada. De hecho, es muy probable que sea falsa.

Es igualmente cierto que Einstein no tenía ni tele, pero no fue la falta de tele la que lo llevó a plantearse la Relatividad. A propósito, Newton no tenía una Mac, pero le atribuyen una apple. (Tenía que decirlo.)

Pretender que los accidentes aéreos y de tránsito son causados por la invención de la rueda, el control del fuego y la electrónica es equivalente a condenar a la gravedad por la rotura de un vaso. ¿Aceptarías acaso que el mozo te diga que el plato que pediste llegó frío por culpa de la entropía? Eso es verdad, en un punto, pero es también falaz.

Lo de la agricultura es un caso típico de ucronía, otra falacia. Es decir, especular cómo habría sido la historia si no hubiera ocurrido lo que ocurrió. Una variante, típica del discurso político, es la de aplicar hoy conceptos o procedimientos que funcionaron o eran aceptables en el pasado. Además, la agricultura no es responsable de que nos pasemos 35 horas por día tirados en un sofá mirando la tele, comiendo bolsas de papas fritas y tomando bebidas gaseosas.

Lo del vuelo contiene una doble falacia. Es cierto, no tenemos alas. Pero tampoco tenemos visión de rayos X. ¿Eliminaríamos entonces también el diagnóstico por imágenes? Además, desde los hermanos Wright, sí, tenemos alas. Es algo propio de los humanos: trascendemos nuestras capacidades. Los animales no sacan fotos, no escudriñan el cielo con telescopios ni se plantean los porqués fundamentales de la existencia. Nosotros, sí.

Quizás el más pernicioso de todos los sofismas es el de creer que el progreso técnico puede dar saltos cuánticos. Que podríamos pasar del pedernal y la yesca a la fusión nuclear. La ciencia y la tecnología necesitan evolucionar, y ese proceso es paulatino y está lleno de errores y de callejones sin salida. Pero no existe otro camino.

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