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¿Por qué Rusia vendió Alaska a EE.UU.?

Los norteamericanos pagaron US$ 7,2 millones por el enorme territorio de hielo tras un acuerdo firmado en 1867

Jueves 22 de mayo de 2014 • 17:51
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Por GUEORGUI MANÁIEVRBTH

¿Cómo dejaron perder las autoridades zaristas un bocado tan apetitoso? RBTH examina la enmarañada historia de la venta de un territorio ahora estratégico.

El pedido de adhesión de Alaska a Rusia, publicado en el sitio web de la Casa Blanca , ha recogido ya más de 35.000 firmas. Son muchos los que todavía creen que los norteamericanos robaron Alaska a Rusia, que la alquilaron y no la devolvieron a sus dueños, pero en contra de los mitos populares, la transacción fue justa y ambas partes tenían razones de peso para llevarla a cabo.

A pesar de los mitos la transacción fue justa
A pesar de los mitos la transacción fue justa. Foto: AP

En el siglo XIX, la Alaska rusa era un centro de comercio internacional. En su capital, Novoarján-guelsk (actual Sitka), se vendían telas chinas, té e incluso el hielo que se utilizaba en los EE.UU. antes de que se inventaran los frigoríficos. Se extraía carbón y se construyeron barcos y fábricas. Ya entonces se tenía conocimiento de los numerosos yacimientos locales de oro. Vender algo así parecía una locura.

Una mina de oro

A los comerciantes rusos les atraía de Alaska el marfil de morsa, cuyo precio no era inferior al de elefante, y las preciosas pieles de nutria de mar que obtenían gracias al true-que con los aborígenes. Estas actividades estaban concentradas en manos de la Compañía Ruso-Norteamericana (conocida por sus si-glas en ruso, RAK). La dirigían personas valientes, empresarios rusos del siglo XVIII, viajeros atrevidos y otros que se dedicaban al comercio ilegal. Todos los yacimientos de Alaska pertenecían a la compañía, que podía alcanzar de manera independiente contratos comerciales con otros países, contaba con bandera y moneda propia (los marcos de cuero). Los privilegios se los concedió a la RAK el gobierno zarista que no solo cobraba unos altísimos impuestos sino que tenía entre sus filas de accionistas a zares y miembros de su familia. El gobernador principal de los asentamientos rusos fue un comerciante de gran talento llamado Alexánder Baránov.

Con Baránov la Compañía Ruso-Norteamericana gozaba de unos ingresos cuantiosos: ¡más del 1000% de beneficios! Pero cuando, ya anciano, se apartó del negocio, su puesto fue ocupado por el teniente comandante Gagermeister, que trajo un nuevo equipo de empleados y accionistas procedentes de círculos militares. Desde entonces, según un decreto oficial, la compañía solo podían dirigirla oficiales de la Marina. Los siloviks, antiguos miembros de los servicios de seguridad, que se hicieron con el poder de la ventajosa empresa. Sus acciones hicieron quebrar la compañía.

Los nuevos propietarios se asignaron salarios astronómicos: los oficiales subalternos percibían 1500 rublos al año -un sueldo comparable a los de los ministros y senadores- y el jefe de la compañía, 150.000 rublos. Por otro lado, los precios de las pieles compradas por la población local se redujeron a la mitad. Como resultado, durante las dos décadas siguientes los esquimales y aleutianos exterminaron a casi todas las nutrias, privando a Alaska de su recurso más lucrativo. Los aborígenes cayeron en la miseria y comenzaron a sublevarse, levantamientos que los rusos sofocaban abriendo fuego contra las aldeas ribereñas con sus buques de guerra.

Los oficiales trataron de encontrar otras fuentes de ingresos. Fue entonces cuando empezaron a comerciar con hielo y té, alternativas que los empresarios no consiguieron organizar de manera sensata, pero los directivos ni siquiera pensaron en ponerse salarios más bajos. Finalmente a la Compañía Ruso-Norteamericana le acabaron asignando una dotación gubernamental de 200.000 rublos al año. Pero esto tampoco la salvó.

La bandera rusa no quería ser arriada

En ese mismo período estalló la guerra de Crimea, en la que Rusia combatió contra Inglaterra, Francia y Turquía. Luego quedó claro que el país no sería capaz de abastecer y proteger a Alaska: las vías marítimas estaban controladas por los barcos de los aliados. Incluso la perspectiva de la extracción del oro empezó a no verse clara.Temían que una Inglaterra hostil pudiera bloquear Alaska, dejando a Rusia sin nada. A pesar de la creciente tensión entre Moscú y Londres, las relaciones con las autoridades norteamericanas eran cordiales, y la idea de vender Alaska surgió casi de forma simultánea por parte de ambos lados. El barón Eduard de Stoeckl, enviado por Rusia a Washington, entabló las negociaciones en nombre del zar, junto con el secretario de Estado norteamericano William Seward.

Mientras las autoridades se ponían de acuerdo, la opinión pública de ambos países se oponía a la transacción."¿Cómo vamos a entregarles tierras en cuyo desarrollo hemos invertido tanto tiempo y esfuerzo, donde se abrieron minas de oro y líneas telegráficas?", escribían los periódicos rusos. "¿Para qué necesita Estados Unidos ese cofre de hielo y 50.000 esquimales salvajes que beben aceite de pescado para desayunar?", se escandalizaba la prensa norteamericana con el apoyo del Senado y el Congreso.

Aún así, el 30 de marzo de 1867, se firmó en Washington el contrato de venta de 1,5 millones de hectáreas de posesiones rusas a Estados Unidos por US$7,2 millones, suma puramente simbólica. No se venden tan barato ni siquiera las tierras yermas de Siberia. Pero la situación era crítica: incluso podían quedarse con el territorio sin percibir esa cantidad.

La transferencia oficial se celebró en Novoarjánguelsk. Tropas estadounidenses y rusas se apostaron junto a un mástil del que empezaron a arriar la bandera de Rusia después de una salva de cañones. Pero la bandera se enredó en la parte superior del mástil. Un marinero que se encaramó a la bandera la arrojó y por casualidad cayó directamente sobre las bayonetas rusas. ¡Una mala señal! Después, los norteamericanos comenzaron a requisar los edificios de la ciudad, que fue rebautizada con el nombre de Sitka. Varios centenares de rusos, decididos a no aceptar la ciudadanía norteamericana, fueron obligados a evacuar la zona a bordo de barcos mercantes y no pudieron volver a sus casas hasta pasado un año.No tardó mucho en llegar la fiebre del oro de Klondike al "cofre de hielo": este frenesí de inmigración en pos de prospecciones auríferas aportó a EE.UU. cientos de millones de dólares. Cabe preguntarse entonces cómo habrían sido las relaciones entre las principales potencias del mundo si Rusia no se hubiera librado en su momento de una región problemática y deficitaria, de la cual solo podían obtener ingresos comerciantes talentosos y audaces, pero de ningún modo oficiales de la Marina.

Lo llamaban el pizarro ruso

Alexánder Baránov, al que le gustaba que se refiriesen a él como el Pizarro ruso, construyó escuelas y fábricas, además de una fortaleza y un astillero. También introdujo a los aborígenes en el cultivo de nabos y papas. Extendió en el territorio la práctica de la pesca de las nutrias de mar. Con Baránov la Compañía Ruso-Norteamericana gozó de ingresos astronómicos. El amor de Baránov por Alaska iba más allá de las razones puramente económicas, ya que se enamoró de la hija de un caudillo aleutiano, con la que se casó. Se apartó del lucrativo negocio, que él mismo hizo florecer, ya anciano, siendo sustituido por el teniente comandante Gagermeister, que trajo un nuevo equipo de empleados y accionistas procedentes de círculos militares. Desde entonces, según un decreto oficial, la compañía sólo podían dirigirla oficiales de la Marina. Estos terminaron por acaparar todas las acciones de la compañía, llevándola finalmente a la quiebra y luego a su desaparición.

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