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La creciente sinergia entre ciencia y arte se hace evidente en Lo contrario de la magia, en Malba, y Planos alabeados, en el Centro Cultural Ricardo Rojas
Celina Chatruc
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23 de mayo de 2014  

¿Qué hacen arañas, escorpiones, cangrejos y huevos de gusanos exhibidos junto a piedras volcánicas, restos fósiles y elementos de laboratorio en un museo de arte? Mientras los científicos Estanislao Bachrach y Facundo Manes llenan auditorios y publican libros sobre la relación entre ciencia y arte, dos muestras en Buenos Aires confirman ese poderoso vínculo. Lo contrario de la magia, en Malba, y Planos alabeados, en el Centro Cultural Ricardo Rojas, demuestran una vez más que no hay nada más contemporáneo que el cruce de disciplinas.

"La magia, que en el pasado nos ayudó a avanzar, no va a hacerlo en el futuro. Si sus respuestas siempre sospechosas lucen ahora demasiado bien, ha llegado tal vez el momento de mejorar las preguntas", dice Lux Lindner en su rol de curador, que suma a los de pintor, dibujante, escritor y performer. El artista "es el mediador ideal entre reinos separados", sostiene Lindner, quien convocó a otros nueve colegas -Julián Terán, Eduardo Santiere, Aimé Pastorino, Leticia Obeid, Héctor Meana, Rodolfo Marqués, Nuna Mangiante, Pablo La Padula y Julián D'Angiolillo- para demostrar en Malba el nexo profundo entre ciencia y dibujo.

Atractivas y delicadas, las obras elegidas combinan una mirada poética con el trabajo meticuloso, paciente, íntimo, controlado, consciente y sostenido que las acerca a las investigaciones científicas. Por ejemplo, los universos mínimos de Santiere, un licenciado en Ciencias de la Computación que alcanza la concentración ideal mientras escucha indie rock y que llega, según Lindner, a registrar "las partículas elementales, el momento en que un universo se transforma en otro". O los mundos alucinados de D'Angiolillo, inspirados en las excursiones subterráneas que realiza con el Grupo Espeleológico Argentino, asociación dedicada al "estudio y conservación de cavidades naturales y artificiales".

Hay algo de ternura freak en estos seres que miran fijo a los ojos y afirman en un susurro que "todo está conectado con todo". Pero eso es lo que demuestran también Leonardo da Vinci, el físico Juan Maldacena, los budistas y los neurocientíficos, concentrados ahora en analizar las bases biológicas de la creatividad. Así, mientras Manes sostiene que el arte permite construir nuevos sentidos al sembrar dudas, destaca a su vez que los artistas "no deben temer a la ciencia, porque permite profundizar en esas dudas".

La Padula, creador de la citada Mesa biológica con insectos en Malba y curador de la muestra del Rojas, se remonta veinte siglos atrás para comparar las quimeras registradas por Plinio el Viejo en su Historia natural con los experimentos genéticos actuales y una impactante escultura de Diego Bianchi realizada con restos de maniquíes. Y se apasiona al señalar la asombrosa semejanza entre los trabajos tridimensionales de Mariano Dal Verme y los del prestigioso cristalógrafo Mario Amzel. Obras de Juan José Cambre, Karina Peisajovich, Pablo Siquier y Eduardo Stupía se cruzan también con registros de laboratorio en Planos alabeados para demostrar que la imagen puede conectar dos dimensiones aparentemente paralelas.

La Padula se mueve cómodo en ambas. "Yo no podría hacer ciencia si no trabajara como artista. Para mí, la ciencia sin arte es la muerte de la ciencia y el arte pierde potencia sin cierto rigor analítico", dice este biólogo y docente de la Universidad de Buenos Aires, entusiasmado porque según él los laboratorios están produciendo los mismos lenguajes visuales que el arte contemporáneo. "Estamos todos -asegura- atravesados por la misma problemática de época."

Ficha. Lo contrario de la magia, curada por Lux Lindner en Malba (Av. Figueroa Alcorta 3415), hasta el 7 de julio. Planos alabeados, curada por Pablo La Padula en el Centro Cultural Ricardo Rojas (Av. Corrientes 2038), hasta el 11 de julio.

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