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No es la riqueza promedio, sino cómo se reparte

Domingo 25 de mayo de 2014
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PARA LA NACION
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El crecimiento de la desigualdad en los países desarrollados generó que la discusión del bienestar, basada tradicionalmente en los niveles promedio (por ejemplo, el producto per cápita), se extienda hacia la de su distribución.

Aunque siempre se consideró la desigualdad en la discusión del bienestar en los países en desarrollo, éste era un tema más secundario para los países más avanzados. El tema ganó una enorme visibilidad a nivel mundial a partir de la publicación del libro El capital en el siglo XXI, de Thomas Piketty. Vale una aclaración: esta columna sólo discute el contexto de esa obra. Hay ya tantos comentarios publicados que The Wall Street Journal presentó incluso un breve manual sobre cómo escribir una nota de opinión sobre ese libro.

Aunque Piketty ha realizado importantes contribuciones teóricas, el mayor impacto de su obra reciente se debe al desarrollo de nuevos indicadores de desigualdad de largo plazo. Piketty y sus colegas crearon estas nuevas medidas sobre la base de información sobre los impuestos pagados por los contribuyentes de mayores ingresos.

Si bien indicadores más tradicionales ya mostraban un aumento de la desigualdad en las últimas décadas en los Estados Unidos, esta investigación sobre top incomes agregó información sobre cómo se produjo este aumento. La desigualdad creció por las diferencias entre grupos más o menos amplios de la sociedad (las remuneraciones de individuos con educación universitaria crecieron más que las de aquellos con menor nivel educativo), pero también por un crecimiento exponencial aún mayor de los ingresos de un grupo muy reducido de ultrarricos: el 1% más rico (o incluso el 0,1%).

Este último factor resonó ampliamente en el marco de la crisis financiera de 2007-2008: muchos de esos ingresos provenían de los bonus pagados por las entidades financieras que se vieron afectadas por la crisis, tuvieron pérdidas siderales y recibieron asistencia pública a una escala inusitada en la historia. De hecho, el eslogan principal del movimiento de protesta Occupy Wall Street era "Somos el 99%", en clara referencia (y en contraposición) al 1% más rico que estudió Piketty.

La desigualdad del ingreso venía creciendo antes de que surgieran estos estudios, pero ellos sirvieron para catalizar una discusión sobre la importancia de que el bienestar no sólo debe ser alto en promedio, sino que importa también cómo está distribuido.

La información pública y la investigación rigurosa pueden contribuir a modificar y plantear soluciones a los problemas de la realidad, no sólo reflejarla. Todo esto nos lleva a la situación en la Argentina, donde carecemos de indicadores básicos, como los niveles oficiales de pobreza, y tenemos dudas sobre el producto y la inflación. Aunque todos ya lo sabemos, debemos repetirlo porque es fundamental evitar que se naturalice esta lamentable situación.

No es sólo una cuestión de principio: contar con más y mejor información enriquece el debate público y las alternativas de política. En un trabajo de hace unos años con Ricardo Pérez-Truglia y Martín Tetaz mostramos que proveer información fidedigna sobre la distribución del ingreso en la Argentina generaba mayores demandas por redistribución entre los más pobres. El nuestro era un estudio de escala reducida, pero como lo demuestra Piketty, la difusión de nueva información ayudó a instalar un tema y a generar un debate sobre las alternativas para su solución.

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