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Lo sagrado y lo profano

Dos libros narrativos de Hilda Hilst permiten descubrir a una de las autoras más insólitas de Brasil y una obra en que poesía y obscenidad van sorprendentemente de la mano

Viernes 30 de mayo de 2014
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LA NACION

Una de las habilidades de la literatura es la lentitud con que permite seguir descubriendo escritores cuando ya no están, como si nada. Salvo error de inventario, lo único traducido en la Argentina hasta ahora de la paulista Hilda Hilst (1930-2004) figuraba en Puentes/Pontes , precursora antología que reunió hace una década a poetas argentinos y brasileños. La publicación sincrónica de La obscena señora D y Cartas de un seductor , dos de sus libros de narrativa, es, por lo tanto, un acontecimiento silencioso, pero ineludible.

Heloisa Buarque de Hollanda, en uno de los prólogos de aquella antología, sugería que Hilst estaba dotada de una sensibilidad "salvaje" y que la palabra era para ella un detonador, más que un instrumento, para explorar la muerte, la locura, la vida y el amor. A la lista podrían agregarse el deseo, el cuerpo y una moderna inclinación mística. La narrativa le llegó de manera tardía para desajustar, más que complementar, la imagen que proponía su poesía, como si el prosaísmo de la frase fuera el terreno para desplegar el lado más dionisíaco y catártico de su personalidad. "Por qué habrías de querer mi alma/ en tu cama?/ Dije palabras líquidas, deleitosas, ásperas/ obscenas, porque así nos gustaba,/ pero no mentí gozo placer lascivia/ Ni omití que el alma está más allá, buscando/ Aquel Otro", puede leerse en uno de sus libros de poemas, Do desejo (1992). En los textos en prosa, en cambio, ese lirismo aparece entremezclado, como después de una explosión, con el oro y el barro de todas las palabras, especialmente las más soeces y naturalistas.

La obscena señora D (1982), el primer texto narrativo importante de Hilst, puede pasar, utilizando el término en sentido amplio, por una novelita. Mucho más que un argumento, el libro consiste en una voz mutante, la de la irrefrenable Hillé, álter ego de la autora, que recuerda a Ehud, su marido muerto. Deshilachándose como una suerte de música aleatoria (la tarea de las traductoras Teresa Arijón y Bárbara Belloc es sonoramente ejemplar), la ficción lingüística de Hilst parece convertirse en un sucedáneo de esa ausencia (más que el alma se extraña el cuerpo) que compromete la misma identidad. Podría asociarse la complejidad de Hilst a otra brasileña "rara" como Clarice Lispector, si no fuera porque el lenguaje, su verdadera arteria femoral, ocupa un espacio todavía más decisivo.

Cartas de un seductor (1991) es apenas menos lírico y puede asociarse de manera directa con el francés Georges Bataille (su nombre consta en un epígrafe, así como el de Cioran), en quien lo pornográfico, la abyección y la sordidez terminan por revelar su lado sagrado. La nota diferencial de Hilst no es tanto su condición femenina (la voz de Cartas... es histéricamente masculina), ni el supuesto escándalo de la edad en que escribió este libro. Se encuentra más bien en el resplandor de su fraseo inestable, que encadena en líneas contiguas la máxima bestialidad, en todos los sentidos del término, con una implacable erudición. Lejos de la prosa clínica del francés, la de Hilst funciona como un torrente incontenible en que "las palabrotas son los solecismos del alma". En Cartas de un seductor , Karl, hermano de Cordelia, (en una mímica desaforada del seductor de Kierkegaard) le envía a ésta una serie de misivas. No hay erotismo en los mensajes halagadores, brutales, delirantes, paranoicos que envía ese hermano desquiciado, sino una especie de comicidad polimorfa. Entre las muchas sospechas, lo carcome la idea de que Cordelia (que vive en su "chacra empantanada", como Hilst vivía en una retirada y señorial casa de Campinas) se haya acostado con el padre amado. En un aparte de su catálogo de orificios, genitales y perversiones, antes de que las cartas sean reemplazadas por cuentos que revelan que podría tratarse en verdad de una historia enmarcada, Karl sugiere con angustia y virulencia lo que la poeta Hilst intuía por otros medios en sus versos: "En la naturaleza, todo come. Del león a la hormiga. Hasta las estrellas se engullen unas a otras. Tengo pavura del cosmos. El Creador debe tener un intestino enorme. Los doctos en ciencias descubrieron que cuanto más grande el intestino, más místico el individuo. ¿Y quién más místico que Dios?".

Cartas de un seductor incluye otro relato conexo, "De otros huecos", y un apartado, "Nuevos antropófagos", con narraciones breves que parecen acercarse un poco más al propósito inicial de Hilst. El volumen forma parte en realidad de una trilogía que la poeta escribió para hacer dinero, confiando en las supuestas facilidades comerciales de la pornografía. De ser cierto, su karma resultó similar al de aquel novelista que protagoniza un cuento de Henry James y que, cansado de sus arcas siempre vacías, decidió componer un libro de éxito. Cada vez que le ponía punto final a uno de sus intentos resultaba, a su pesar, una obra maestra. Nada hay más ajeno a la obscenidad industrial que la prosa de Hilst. Los suyos son textos intrincados, quizá para pocos, pero únicos.

La obscena señora D y Cartas de un seductor Por Hilda Hilst

El cuenco de plata

Trad.: Teresa Arijón y Bárbara Belloc

70 páginas y 120 páginas

$95 y $115

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