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Un ejemplo del mejor vodevil

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PARA LA NACION
Sábado 07 de junio de 2014
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Marcos y la mujer pequeña / Libro y dirección: Luis Quinn / Intérpretes: Francisco Oriol y Luz Quinn / Luces: Ricardo Sica / Vestuario: Margarita Quadri / Escenografía: Pía Villasuso / Sala: Vera Vera, Vera 108 / Funciones: domingos, a las 20 / Duración: 60 minutos / Nuestra opinión: muy buena

Y a desde el momento en el que el espectador se sienta en la pequeña sala Vera Vera sabe que verá un espectáculo cuidado y dedicado a él. El primer dato lo ofrece una escenografía protagonista, lenguaje que ha ido reduciendo a mínimo su presencia en el teatro independiente porteño. Y una vez que esa escenografía adquiera movimiento dramático se podrá ver que no simplemente es cuidada sino que ofrece una funcionalidad más que interesante para la propuesta, que no es ni más ni menos que una comedia romántica en lo argumental con una estética de vodevil, pero refuncionalizada.

El vodevil es un género de enorme historia hoy vapuleado por parte del teatro comercial. En Marcos? Quinn lo rescata para darle a la propuesta un juego de enorme teatralidad. Las puertas son, en este sentido, la clave para que pueda volverse visible, o esconderse, todo el artificio que consiste, básicamente, en que dos actores tendrán a cargo todo el relato, pero no se lo hará únicamente con dos personajes sino que Quinn desplegará su histrionismo componiendo a tres personajes. Lo importante es que a diferencia de los vodeviles vulgarizados, aquí la actriz se sirve tanto de una máscara externa -cambios de vestuario a enorme velocidad para la composición de los diversos roles, pero sin restarles por ello interioridad ni emoción.

Luz Quinn y Francisco Oriol, brillantes
Luz Quinn y Francisco Oriol, brillantes.

La historia es sencilla, pero potente: una joven que acaba de separarse decide viajar a Neuquén. Se pierde y acaba en un pueblito bonaerense, El Borde, en donde atropella a una anciana. Se queda durante todo el restablecimiento de la señora en un instituto geriátrico en donde su paciente es vecina de otra anciana, que es visitada por su hija y su nieto, Marcos. Entre enfermedades y muertes, la obra se ofrecerá como ilusión. El juego dramatúrgico y escénico al que nos invita el espectáculo es a creer. Si el contrato no se firma la obra fracasa. Porque en este geriátrico de El Borde todo llega a tal límite que la realidad se hace añicos y la propuesta lo explicita.

A la obra no le interesa cómo funciona el mundo, sueña con otro modo y cree en él. Ese otro modo de ser del mundo, amoroso, cuidado, protector, es el que la obra ofrece en su factura estética: es una obra amorosa para con la platea, que la cuida, la emociona y la divierte. Un hermoso espectáculo que con enorme rigurosidad técnico-escénica, una cuidada y eficaz dramaturgia y dos trabajos actorales superlativos tanto en los momentos de comedia como en los dramáticos, nos invitará a alejarnos por un instante del mundo real para fantasear con otro en donde las miradas se encuentran y creen en el amor.

El borde, dice la autora y directora, es el lugar en donde la ciudad y el bosque se tocan. Y aquí está la clave. Si la ciudad es la representante del racionalismo y el bosque de lo fantástico, en Marcos? también se tocan un realismo duro, sórdido, con un bosque en el que los seres fantásticos podrán emerger para crear otra realidad, sólo hace falta atreverse y, como Caperucita Roja, desobedecer.

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