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Julio Chávez: "Soy un angustiado crónico"

En una relajada charla, el actor habló con Personajes.tv de su trabajo en el teatro, del inesperado fanatismo que despertó Farsantes y de las complicaciones al grabar esa ficción

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LA NACION
Miércoles 25 de junio de 2014 • 00:00
Julio Chávez, en la sala Pablo Neruda del Paseo La Plaza, donde se lo puede ver actualmente en la obra RED
Julio Chávez, en la sala Pablo Neruda del Paseo La Plaza, donde se lo puede ver actualmente en la obra RED. Foto: LA NACION / Gerardo Viercovich
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En Farsantes, Guillermo Graziani tiene una idea muy precisa de lo que es el amor. Él lo define como "un acto de voluntad". Esta concepción podría aplicarse a toda la carrera profesional de Julio Chávez, cuyos exponentes están hablando, de una forma u otra, sobre el ejercicio de la libertad. Antes de una nueva función de Red, la obra sobre el pintor Mark Rothko que dirige Daniel Barone, Chávez recibe a Personajes.tv en la misma silla donde se sienta Rothko en escena, nos invita un café y, muy relajado, dialoga sobre todo desde su vulnerabilidad a las críticas, el erotismo que generó la relación ficcional con Benjamín Vicuña, la envidia inherente al circuito actoral y la identidad sexual.

-Vos siempre aludís a la actuación como un espacio con problemas a resolver, ¿cuáles fueron esos "problemas" en cuanto a la puesta de Red?

-Siempre un material plantea un inconveniente a resolver. Cuando agarrás una obra de teatro, por ejemplo, esa obra te pregunta "¿cómo me vas a tomar?, ¿cómo me vas a expresar?". Red además es una obra norteamericana, y nosotros no tenemos en relación a Rothko un vínculo como el que puede tener el espectador norteamericano. Tampoco nos interesaba construir un material exclusivamente destinado a idóneos en la materia pictórica sino para cualquiera. En cuanto a Rothko mismo, lo que quise hacer fue una contraposición entre un hombre dedicado al arte, sensible y exquisito en cierto sentido, y una forma que lo muestre tosco. Nos despegamos porque la obra no cuenta su vida: es una ficción que muestra algunos asuntos que tienen que ver con su producción y con su pensamiento.

Julio Chávez junto a Gerardo Otero en RED, donde interpreta al artista Mark Rothko. Foto: Archivo
Chávez como El Gitano Perotti en El puntero. Foto: Archivo
Como Rubén en El custodio, película de Rodrigo Moreno. Foto: Archivo
Junto a Valeria Bertuccelli en Extraño, film de Santiago Loza. Foto: Archivo
En su obra previa a RED, La cabra, acompañado por Viviana Saccone. Foto: Archivo
Como José Chokaklian en Tratame bien, junto a Cecilia Roth. Foto: Archivo
En una de sus más arriesgadas apuestas: Sweeney Todd.
En su inolvidable papel en Un oso rojo, de Israel Adrián Caetano. Foto: Archivo
En su última película hasta el momento. El otro, de Ariel Rotter. Foto: AP
En la obra Yo soy mi propia mujer, bajo la dirección de Agustín Alezzo.
Junto a Benjamín Vicuña en su último e inolvidable papel televisivo, Guillermo Graziani en Farsantes. Foto: Archivo

-Con todas las actividades que tenés, ¿te hacés un tiempo para estudiar y leer?

-Siempre me lo hago, yo leo y estudio mucho. De hecho, este año me propuse estudiar a la par de trabajar. Yo estoy a cargo de mi estudio y eso no lo abandono, lo mismo las clases que doy y ahora Red, pero me propuse estudiar en medio de todo eso. Estoy haciendo un curso de Historia del Arte dictado por Camila Mansilla y también estoy estudiando con un grupo El capital de Karl Marx. El otro día me preguntaban qué leía para informarme y dije que hoy por hoy entiendo que para informarse bien hay que leer a Marx, me es fundamental para entender dónde estoy parado, para que cuando me muera al menos puedan decir "de algo se enteró". (Risas).

-¿Tenés momentos de ocio?

-No, el ocio es un concepto que no comprendo, sé que es una palabra que muchos dicen, y que es algo que debería tener pero no termino de entender muy bien qué significa. Yo soy como una especie de ladilla que se mantiene en movimiento porque está siempre sostenida sobre algo vivo. Por ejemplo, cuando salgo de dar clases, si no me enchufo mi copa de Malbec no puedo bajar porque estoy revitalizado y contento. Entonces, sí, me canso, claro, pero más se cansa quien tiene que estar parado ocho días en un local atendiendo gente. Eso es cansancio, yo me alimento de algo que está al alcance de todos.

-¿Te desespera la falta de tiempo para mirar, leer y escuchar todo lo que hay disponible?

-Ah, sí, pero yo he tomado una decisión respecto a eso: libro que compro y que durante un tiempo no leo, lo regalo para que circule. Salvo algunos que me compro porque los voy a leer eventualmente, y que van dentro de mis cositas para la vejez: libros esenciales y filmografías de grandes directores. Me estoy armando esa colección. Mi padre, en épocas de escasez, estaba siempre preocupado por lo fundamental. Por eso cuando tenía dinero de sobra compraba medias, crema de afeitar, dentífrico, pomadas, corbatas y pañuelos. Eso lo veía como cuestión de máxima necesidad. Bueno, yo me compro libros y películas. Me gusta ver cómo los artistas que me interesan se relacionan. Por ejemplo, hace poco leía algo de Jung que también está vinculado a Rothko porque ambos hablan de cómo el artista entra en un especie de deuda en lo social por un motivo u otro, de cómo las demandas sociales el artista no las cumple porque su naturaleza está desviada a otro espacio. El artista tiene un déficit en lo social, pero es un desequilibrio necesario.

-Sobre todo al estar solo con su cabeza...

-Sí y en contacto con un lenguaje que no es el social.

En Farsantes construimos un vínculo de mucha ternura y eso no es común de observar entre dos hombres
En Farsantes construimos un vínculo de mucha ternura y eso no es común de observar entre dos hombres. Foto: LA NACION / Gerardo Viercovich

-¿Cómo te manejás vos en lo social?

-Yo tengo un poco de déficit social, pero como ahora soy un oficiante del arte un poco más sólido puedo justificarme. (Risas). Estoy como más disculpado porque produje una o dos mentiras que han despertado interés, pero cuando tenía esta actitud a los veinte años me decían "¿y vos quién sos?". Sin dudas tengo déficit social, pero ahora ya no hago esfuerzos ni entro en moratorias, directamente espero que venga el juicio y la sentencia.

-Justamente el director Peter Brook dice que el arte es un campo que no se termina de explorar nunca; en relación a eso, ¿te considerás una persona satisfecha o siempre estás buscando hacer más?

-Yo estoy profundamente insatisfecho, soy un angustiado crónico, que no es lo mismo que estar depresivo. Al artista lo que lo caracteriza es lo que hace. Entonces, siempre dice que hace porque quiere volver a su casa y el signo es una manera de evocar ese hogar. Yo supongo que lamentablemente alguien que se deprime es alguien a quien no le importa volver al hogar y abandona la labor o se vuelve cínico, que es un espacio de actuación válido también.

-Red es una obra sobre los puntos de vista, así como el rojo para Rothko significa una cosa, para su ayudante Ken significa otra diametralmente opuesta, ¿pensás que con los actores y sus métodos sucede lo mismo?

-Totalmente, siempre hay peleas metodológicas entre los actores, como la pregunta esa de si el actor nace o se hace. ¡Qué se yo, idiota! Algunos nacen, otros se hacen. El asunto es que el hecho artístico está vivo por otros motivos, no solo por la formación profesional. Hay actores que trabajan y hay actores que son meramente intuitivos y les va muy bien. Pero también tenés a otros, los que creen que la musa les está dictando algo maravilloso. A esos hay que decirles que vayan callando a la musa porque les está dictando cualquier verdura. Yo he conocido toda clase de actores. Alejandro Urdapilleta se había formado pero al mismo tiempo tenía un talento innato. Además estamos en un medio de mucha envidia, hay resentidos que no estudiaron actuación y que se sienten disminuidos y entonces critican a los que sí estudiaron. Déjense de joder, muchachos.

La escena del Himno Nacional Argentino de Un oso rojo de Adrián Caetano:

-Hablando de intuición, la misma te falló cuando habías rechazado el papel de Un oso rojo, ¿cuánto te tuvieron que convencer para que lo aceptes?

-Mis amigos me dijeron que si no la hacía no me hablaban más. Yo pensaba que no era una película para mí porque había tenido un encuentro con Adrián [Caetano] tan difícil que yo dije que eso no podía ser. En ese encuentro, él me dijo que quería ensayar en otro lugar que no fuera mi casa para poder escupir en el suelo, y yo pensé que me estaba diciendo que mi casa era demasiado pulcra y dije "ah, no, acá cagamos". (Risas). Después entendí que ni él era tan de una manera ni yo tan de otra. Cuando terminé de filmar la película me sentí muy agradecido con Adrián porque, más allá de nuestras diferencias expresivas o de presentación, es un artista, un hombre de cine, un hombre sensible más allá de su voluntad a veces. De hecho, hace poco volví a ver la escena de la pelea en el bar. Yo en mi vida he pegado, y pensé que me iban a echar de la película cuando vieran que no sabía golpear, pensé que ahí se pudría todo. Hasta que llegaron los de efectos especiales y lo aprendí. Por eso hay que tener cuidado con creer que uno sabe quién es.

-Hiciste muchas películas de personaje y con realizadores independientes, desde Santiago Loza hasta Rodrigo Moreno, ¿vas a volver al cine?

-Sí, tengo tres proyectos: uno con Santiago justamente; otro con Matias Lucchesi llamado El pampero, del cual ya tengo el guión y que creo que es lo primero que voy a filmar en enero del 2015; y después también tengo una película con Daniel Barone. Espero que la agenda dé para todo eso porque pienso seguir en gira con Red, sumado a una miniserie de Pol-Ka, todo el año próximo.

-Muchas escenas fuertes de películas y de tiras que protagonizaste están muy asociadas a la música, desde el Himno Nacional Argentino en Un oso rojo hasta todas las canciones de Farsantes

-Sí, es cierto, y eso te demuestra hasta qué punto uno no hace una escena solo sino que tiene una apoyadura muy fuerte. En el caso de Un oso rojo, con la secuencia del himno estábamos cagados en las patas porque no sabíamos qué iba a pasar con ese himno, era muy fuerte articularlo en el interior de semejante película, pero esos son los hallazgos de un director, y además esa escena está editada como los dioses.

-Focalizando ahora en Farsantes, Guillermo Graziani tenía una forma muy particular de enunciar las palabras, ¿ensayabas los guiones en voz alta?

-No suelo ensayar en voz alta, pero sí me autoricé a mí mismo a cambiar el texto si lo necesitaba.

-¿Pusiste cosas tuyas en los guiones?

-Sí, porque me parece que el texto es algo vivo que va interpretando y reinterpretándose. En todo aspecto del arte se tiene que intervenir cuando se te da la posibilidad y a mí se me dio esa posibilidad. Obviamente que el texto y la idea eran de los autores pero yo no me ato a palabras fijas porque el autor también está tratando de bocetar un pensamiento y lo que escribe finalmente es un acercamiento a una idea, entonces yo me autorizo a cambiarlo. Si no lo articulás con tal palabra, lo articulás con tal otra, porque siempre hay alguna más propicia, tenés que aprender a soltar en el acto la palabra aprendida y cambiarla, buscar una alternativa.

-¿Independientemente del personaje o con el caso de Graziani en particular?

-Eso formó parte de la construcción del personaje de Graziani en particular, esa fue mi manera de construirlo, a través de esa elección de modificar el texto. Por ejemplo, también tomé la decisión de que Guillermo tenga, en relación a su vida sexual y a su hijo, una actitud de mucha advertencia, de que su hijo tenga que respetarlo y comprender esto: una cosa es que sepas mi identidad sexual y otra cosa es que, por saberla, sepas algo más de mí. En verdad, se hace de la identidad sexual un hecho excesivamente de identidad, como si eso fuese la identidad total de uno.

-Sí, incluso Guillermo le dice a su hijo que su sexualidad es otro aspecto de sus deseos, no el constitutivo.

-Absolutamente. Esa es una advertencia acerca de "ojo cómo me mirás a partir de ahora", "ojo con pensar que ahora vas a releer mi vida y creer que me conocés más". Porque vos sepas algo, no significa que vas a saberlo todo. Porque seas heterosexual u homosexual, ¿qué más vas a saber? ¿Y con saber eso qué? En Farsantes yo quise hacer un ejercicio de cosas que pienso, y utilizar el formato telenovela con todo su lenguaje como un espacio posible de pensamiento; y también jugamos a qué se podía cambiar. Yo estaba feliz de hacer telenovela, quería la libertad y a la vez todas las convenciones del género como poner música fuerte mientras se corre por amor.

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-Ese es otro ejemplo de escena de canción unida a un momento dramático, cuando Guillermo se larga a correr y suena "Aprendí a esquivar" de Gustavo Cordera, otro de los "por qué no" a los que te referías antes. ¿Por qué no una canción de Cordera en una escena de telenovela?

-Exacto, ¡además qué linda quedó! De esa escena hicimos varias tomas porque yo no podía correr tanto. Otra convención que hubiese querido hacer y no pude fue la de sentarme con un vaso de whisky y hacerlo girar. Me faltó eso. Para mí fue muy lindo hacer la escena del amor y la de la tristeza. Por eso cuando me dieron el Martín Fierro yo me comuniqué pidiendo disculpas a las personas que amé porque nunca pude articular esas escenas de amor en lo social.

-Dijiste que nunca habías hecho escenas de amor tan entregado como las que te permitió Farsantes.

-Claro, pero se creyó que había hecho una especie de confesión sobre mí cuando en realidad mi confesión fue artística, tenía que ver con cómo el arte nos permite articular sentimientos que nos suceden de una manera que en lo cotidiano parece que no pueden suceder. La pregunta es: ¿qué es más real? ¿cómo vivimos esos momentos en lo social o cómo los vivimos en la ficción? Y yo te diría que la segunda, porque si no no habría gente que mirase ficciones. ¿Por qué enganchan al público? Porque todos entienden qué es esa corrida de Graziani de la que hablábamos recién, pero son muy pocos los que se la permiten. Porque si te lo permitís, si hacés esa escena en la vida, o te dicen que estás actuando o te dicen que no estás muy bien de la cabeza.

-¿Cómo viviste toda la expectativa en torno al primer beso entre Pedro y Guillermo?

-Ese beso fue tan pedido y tan presentido por muchos espectadores que obviamente cuando pasó muchos sintieron que no era el beso esperado, ¡pero más vale que no! Fue por eso que decidimos que el erotismo tuviera su límite. Yo no quería un vínculo erótico a la manera heterosexual pero tampoco un vínculo que estuviese cargado de un acto que se hace rompiendo barreras; quise algo que esté dentro de lo pudoroso porque muchas veces la ternura es la que despierta mayor grado de erotismo. Porque el beso desesperado ya se conoce, acá teníamos que construir otra cosa.

-Hasta la llegada de un segundo beso pasó un tiempo largo también.

-Sí, pero eso estuvo más ligado a la partida de Benjamín. En Farsantes hubo un momento en el que todo se complicó mucho. La tira entró en circunstancias difíciles pero de mucho aprendizaje. El sol se había tapado un poco, empezaron a generarse momentos de nubarrones, y yo considero que un marinero tiene que aprender a navegar con sol y sin sol y siempre hasta el final, porque el aprendizaje es lo bueno de la experiencia. Aunque llegues un poco mareado con la ropa vomitada, lo importante es justamente llegar y ver que el barco está ahí. Yo aprendí mucho con Farsantes porque cuando me ofrecieron el proyecto, muchas personas me llamaron para que piense si era necesario hacerlo.

-¿Por el ritmo de filmación o por los rótulos?

-Por los rótulos, por todo lo que genera la palabra "tira".

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-¿Te imaginabas el grado de fanatismo que generó la relación entre Guillermo y Pedro?

-No, para nada. Me puso en una situación de agradecimiento, de gusto y de distancia, porque te podés encontrar con lindas frases como con otra clase de opiniones. No soy ingenuo, soy un hombre adulto, y entiendo que estoy en relación con una subjetividad. Por más que muchos te digan "lindo" no te la tenés que creer, así como tampoco pensar que cuando te dicen "feo" es una mentira (risas). Soy muy cuidadoso con esas cosas, y no me meto en redes sociales porque soy profundamente vulnerable. Por ejemplo, a veces en uno de los últimos actos de Red, cuando estoy solo y en silencio bien cerca del público, al percibir susurros me preocupo de no escuchar el "no es tan buena como me dijeron" o "es más pelado de lo que se ve" y me muero si lo escucho. Realmente soy vulnerable, o tal vez me hago más el vulnerable de lo que soy y soy más fuerte de lo que digo. Es que es muy difícil porque trabajo con la vulnerabilidad todo el tiempo.

-¿A qué le atribuís el impacto que tuvo la pareja con Benjamín?

-Pienso que tuvo que ver con la naturaleza de ambos como actores, por la mezcla tan particular, porque Benjamín es encantador, tiene charme, cierta aristocracia en sus formas, es muy angelado, con la mente abierta y moderno en el buen sentido, no se lo ve machista. Yo, por otro lado, venía de hacer El puntero, no pertenezco a la tira, era un sapo de otro pozo. Además, también la relación pegó por cómo fue abordada y por cómo fue dirigida. Se construyó un vínculo de pura ternura y eso no es fácil de observar en una relación entre dos hombres.

-¿Cuántas frases tuyas pusiste en boca de Graziani, especialmente en sus arrebatos donde se lo ve chinchudo?

-Es que yo no soy chinchudo, soy temperamental. El malhumor no existe en mi vida, aparece por momentos sí, pero no es mi característica. Yo más bien juego a que soy temperamental, aunque cuando lo soy realmente, puedo ser bastante bravo, ahora recuerdo algunos episodios... (Risas).

-Hay concepciones de Graziani que son muy Julio Chávez y que sospecho que no estaban en el guión.

-A ver, dame un ejemplo.

-Cuando Pedro le confiesa su amor a Guillermo y le pregunta si es normal sentirse así, Graziani le responde: "¿Normal? Mirá, para mí 'normal' es que el perro ladre, que el gato maúlle, que el caballo tenga cuatro patas, pero nosotros 'normal'... ¿qué se yo lo que es 'normal'?"

-Sí, esos son textos míos, sin dudas. Es que la palabra "normal" no aplica por fuera de lo animal. ¿Qué es lo normal? Lo mismo pasa con los impedimentos, o cuando alguien dice "no puedo hacer esto". No, eso es mentira. La vaca no puede dejar de hacer "mú", pero vos sí podés dejar de hacer algo. Si decís "no puedo" es porque no estás queriendo, que es otra cosa.

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