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Populismo mundialista

Sin herramientas pedagógicas a medida, la ilusión del aprovechamiento educativo es más bien falaz

Miércoles 18 de junio de 2014 • 00:10
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¿No le queda a la escuela más opción que abandonar para siempre su destino de templo del saber y encender los televisores, dejar que los chicos vean los partidos de la Selección Nacional e intentar enseñarles geografía y tolerancia a partir de esa especie de vals de agarrones, barridas y tapones de punta que dibujan argentinos versus bosnios? ¿Está la escuela condenada al Mundial? La respuesta es no. Sin embargo, el populismo mundialista en educación ha alcanzado un consenso excepcional en estos días que atraviesa casi sin fisuras todo el espectro político, desde el kirchnerismo hasta el antikirchnerismo.

Se trata de pensar qué hacen los sistemas escolares con el Mundial y si todos reaccionan igual. Porque está claro: el fútbol apasiona y a la escuela no le queda más que resignarse a su dominio, nos decimos. Pero eso no es necesariamente verdadero.

"El populismo mundialista en educación ha alcanzado un consenso excepcional en estos días que atraviesa casi sin fisuras todo el espectro político "

Por eso el caso argentino es llamativo: por el grado de entusiasmo y la actitud acrítica con que las autoridades educativas decidieron responder al Mundial. ¿Quién querría pagar el costo político de un cuestionamiento tan antipático?

No se suspenden las clases pero los chicos podrán ver los partidos en la escuela. Esa fue la primera decisión que hizo pública, con contundencia, el ministro de Educación nacional Alberto Sileoni. Pero fue más allá.

"Como se debe", dijo Sileoni sobre la posibilidad de ver los partidos en la escuela como si se tratara de una regla pedagógica universal. Casi un derecho de los diez millones de alumnos argentinos, según el ministro.

El problema es sobre todo que esa reacción educativa oficial no se da en un vacío. No hay indicador educativo que traiga buenas noticias.

Sabemos, por ejemplo, que la Argentina tiene la tasa más alta de ausentismo entre alumnos de quince años de los sesenta y cinco países que participan en las pruebas PISA. Así lo dejó claro el informe que acaba de publicar el Proyecto Educar 2050 a partir de un análisis detallado de los resultados de PISA 2012 realizado por el investigador Alejandro Ganimián.

El ausentismo, y llegadas tarde, de alumnos y docentes impacta en el desempeño educativo de los chicos, sostiene el informe. Queda claro: no parece ser el mejor momento para seguir perdiendo horas de clase. O para hacerlo con tanta liviandad y sin reparos, como si nada, como si no tuvieran costo para el aprendizaje, como lo hizo el ministro de Educación.

No es que el sistema educativo argentino sea único en esto de que los chicos vean los partidos en las aulas. En Uruguay, por ejemplo, la política es similar. Pero ninguna autoridad salió a ensalzarla. Esa es una diferencia importante con la Argentina. En Chile, las escuelas tienen vía libre para decidir, según su criterio, si los alumnos verán o no los partidos en clase, pero tampoco hubo comunicado altisonante del ministro direccionando la decisión final. En plena reforma educativa, las autoridades educativas chilenas están más preocupados discutiendo en serio cómo seguir mejorando su educación, que ya es la mejor de América latina.

Por supuesto, Brasil fue más lejos que la Argentina y que todos: el estado de San Pablo, por ejemplo, adelantó las vacaciones de invierno en las escuelas públicas. Pero hay motivos prácticos: Brasil es la sede del Mundial y quiere evitar que los alumnos tengan que moverse por ciudades que explotan de gente por la Copa.

Por eso es más excepcional todavía el caso de Argentina que, sin necesidad concreta alguna y cuando la crisis educativa arrecia, encuentra a sus autoridades educativas subidas a la fiebre mundialista sin ningún cuestionamiento.

Porque Sileoni no es el único que se subió con ganas al Mundial. El consenso acerca de las bondades de ver los partidos en el aula fue total entre los ministerios provinciales de todo el arco político, incluido Ciudad de Buenos Aires. En Santa Fe, el secretario de Innovación Educativa, Oscar Di Paolo, habló del fútbol como "bien cultural" y del Mundial como una "fiesta del conjunto".

"No vale en este punto el argumento de una pretendida pasión futbolera argentina de dimensiones cósmicas, que atraviesa todo, incluso la escuela "

Me anticipo: no vale en este punto el argumento de una pretendida pasión futbolera argentina de dimensiones cósmicas, que atraviesa todo, incluso la escuela. Inglaterra, por ejemplo, padece del mismo fanatismo. Sin embargo, no hay autoridad británica que salga a refrendar una política oficial de suspensión de horas de clase para ver partidos del Mundial. La sociedad no lo admitiría: "impensable" me dice una argentina que lleva décadas viviendo en Inglaterra y tiene un hijo escolarizado en Londres.

Las familias de un pueblito de Hampshire, por ejemplo, reaccionaron en contra cuando el director de la secundaria Bohunt School, quiso suspender horas de clases para ver partidos de la selección inglesa en el Mundial 2010. La indignación llegó al Daily Mail, un tabloide de las clases medias y trabajadoras inglesas. Un padre dijo: "No puedo creer que una escuela reorganice su horario sólo para ver un partido de fútbol".

Los ministros de Educación de la Argentina también coincidieron en otro punto: en aprovechar el entusiasmo mundialista de los chicos y adaptar el Mundial a objetivos pedagógicos y curriculares propios de la escuela. Algo así como enseñar historia, por ejemplo, a través de una comparación entre el Mundial de hoy y del Mundial 78 en dictadura, por caso, o geografía y estadística, por ejemplo, todo "usando" el Mundial.

No es mala idea. En la Argentina, todas las autoridades educativas juran estar haciendo lo mismo. Pero es discutible el resultado final.

Allí están por ejemplo los libros El Diccionario de Argentina en los mundiales o 50 Grandes momentos en la historia de los mundiales, de Ediciones del Arco. Son dos de los cuatro textos que el ministerio de Educación nacional distribuyó en secundaria, diez mil ejemplares plagados de datos sobre el Mundial pero que no parecen enfocados en resolver la vinculación con la curricula escolar tradicional.

En el portal Educ.ar hay propuestas que parecen más específicas de la escuela como juegos con estadísticas y problemas matemáticos, todo anclado en el Mundial.

En Ciudad de Buenos Aires, en cambio, el foco pedagógico del Mundial es otro: "los valores". Tal es la directiva comunicada por la Secretaría de Planeamiento Educativo que encabeza Mercedes Miguel. Sin embargo, no hay herramientas pedagógicas puntuales diseñadas con ese objetivo específico, me responden desde CABA. A la gestión de Esteban Bullrich le basta la "confianza" en el "liderazgo pedagógico de las escuelas" a la hora de "adaptar" el Mundial al aula.

Es cierto que las teorías en mejora educativa más respetadas hoy apelan a la autonomía escolar y al rol de directivos y docentes como protagonistas de los cambios. Pero eso supone la construcción previa de capacidades sólidas entre los docentes, además de la disponibilidad de herramientas pedagógicas de calidad, para que esa delegación vaya a buen puerto.

Las buenas intenciones curriculares de último momento y la "confianza" no alcanza si los docentes no disponen de nada de eso. No basta con dar sermones sobre valores frente a un aula después de ver a los ídolos pisotearse en la cancha. No alcanza con jugar con estadísticas futboleras como bueno lectores de revistas deportivas: la matemática es un asunto complicado para los alumnos argentinos.

Un porcentaje importante de los alumnos de quince años tiene dificultades con la matemática formal y dice no haber escuchado nunca conceptos básicos como probabilidad, vectores o ecuaciones, según el informe de Proyecto Educar 2050.

"El problema es que sin herramientas pedagógicas a medida, la ilusión del aprovechamiento educativo del Mundial es más bien vana y falaz "

Hay que decirlo: donde hay un objetivo pedagógico, se necesita una herramienta para alcanzarlo. Soñamos si creemos que es suficiente el empoderamiento de un maestro y una formación docente siempre cuestionada como único instrumento para la difícil tarea técnica de incorporar contenidos nuevos o valores, los del Mundial, y de ponerlos en red con otros más tradicionales.

Pocas cosas más complejas para la escuela que el proceso de traducción de los objetos científicos para convertirlos en materias escolares. Se llama transposición didáctica, según el concepto del pedagogo francés Yves Chevallard.

El problema es que sin herramientas pedagógicas a medida, la ilusión del aprovechamiento "educativo" del Mundial es más bien vana y falaz. Tranquiliza nuestras conciencias, es cierto: creemos que los chicos están aprendiendo algo cuando dudosamente lo hacen.

La evidencia estadística es clara en ese punto: demuestra que un evento deportivo de peso como el Mundial perjudica en principio el rendimiento educativo de los chicos. Es bueno que lo sepa el ministro Sileoni.

Así surge del trabajo de investigación sobre el "esfuerzo de los estudiantes y sus logros educativos", de los investigadores Robert Metcalfe, Simon Burgess y Steven Proud, de la Universidad de Bristol. El trabajo buscó entender el impacto del Mundial y de la Copa Europea de Fútbol en el rendimiento académico cuando los chicos están distraídos por la adrenalina futbolística y dedican menos esfuerzo al estudio.

Analizó las calificaciones de tres millones de alumnos británicos de 16 años entre 2002 y 2008. El efecto negativo fue significativo: "El impacto de una caída del esfuerzo es de una desviación estándar de 0.12 en la performance de los estudiantes, significativamente más alta en los varones y en los estudiantes más vulnerables".

Para que no haya dudas: una política educativa alcanza una desviación estándar de 0.20 no es común y se considera muy exitosa. Si el Mundial se piensa como política educativa negativa, su impacto sobre el desempeño académico es tan alto como el de muchas políticas educativas, pero en contra. No es disparatado pensar que el panorama es más grave si hay televisores transmitiendo los partidos en clase y los contenidos mundialistas no terminan de encajar.

Quiero aclararlo: el objetivo pedagógico que persigue Sileoni, la "camaradería" o la tolerancia, no está mal en sí mismo siempre que la escuela logre hacer primero lo que le toca hacer, que es construir capacidades estructurales básicas en los chicos. Pero ése es el punto: la escuela argentina no lo está logrando.

También es bueno subrayarlo: es válido que la escuela se plantee cómo responder a las demandas de un presente que la supera. Pero encender los televisores en las escuelas es un desvío, no un atajo. El objetivo de máxima no se reduce simplemente a la aceptación populista del Mundial dentro del aula para hacer felices a los chicos. O a su incorporación resignada para que los chicos no falten a clase por quedarse en casa a ver los partidos. La realidad es que la hora de clase tiene poco valor percibido.

"Es válido que la escuela se plantee cómo responder a las demandas de un presente que la supera. Pero encender los televisores en las escuelas es un desvío, no un atajo "

Llegado ese punto, la pelota del Mundial vuelve a la sociedad en general. Nos hemos escandalizado ante los días perdidos por paros docente y feriados extraordinarios. Pero ya no debatimos el sentido o el sinsentido de restar horas de clase para ver los partidos del Mundial.

Como padres, alentamos la sensación de fiesta futbolera incluso en la escuela: la hemos naturalizado. Nos gusta hablar de lo mal que nos va en PISA, en los rankings globales de universidades, en las pruebas de la Unesco. Hay una inflación de datos educativos pesimistas que están perdiendo valor de tanto repetirlos: cuando tenemos las decisiones educativas en nuestras manos, no estamos a la altura de la preocupación que tanto enunciamos.

Por eso el Mundial pudo ser una buena oportunidad para enseñar valores. Coincido en eso. Por ejemplo, el valor de la educación por sobre muchas cosas, la necesidad de convertir la educación en objetivo prioritario en el discurso social y político y en la mesa familiar. Pudo haber sido el mejor momento para instalar una polémica que le planteara a la sociedad qué vale más en el mercado de las horas: ¿horas de clase o las horas de partidos de fútbol? Quizás sea cierto que perder una hora más de clase impacta poco entre tantas horas perdidas. Pero también es cierto que la facilidad con que las cedemos es todo una señal de lo poco que las valoramos.

Habría sido una señal opuesta, de peso simbólico enorme, que un dirigente político o un funcionario educativo saliera a dar esa pelea, la de resistir la televisación de partidos en la escuela. La de poner primero a la educación, por sobre absolutamente todo, incluido el fútbol y todo nacionalismo albiceleste.

Porque nos va mal en PISA, es cierto. Y nos preocupa y escandaliza. Pero con la preocupación y la indignación no estamos haciendo demasiado. Seguimos sin plantearnos qué estamos dispuestos a poner y a perder de verdad, en concreto y no en la mera enunciación, para cambiar el rumbo educativo. El fútbol, evidentemente, no.

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