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El piano como protagonista

Jueves 26 de junio de 2014
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PARA LA NACION
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Jerusalem Chamber Music Festival/ Piano y dirección: Elena Bashkirova. Cuarteto de cuerdas con Michel Barenboim y Axel Wilczok, violines; Madeleine Carrusso, viola, y Timothy Park, violonchelo/ Obras de Mozart, Schnittke, Webern y Schumann/ Mozarteum Argentino, en el Teatro Colón.

Nuestra opinión: excelente

El compacto y severo programa desarrollado el lunes y anteayer por el Jerusalem Music Chamber Festival para el Mozarteum estuvo integrado por cuatro obras, tres de las cuales parecían enhebradas en una misma frecuencia. Tal vez suene rebuscado afirmar que existe alguna relación tecnológica, ideológica o sentimental entre una composición escrita en 1785, otra de 1976 y una tercera de 1842.

Pero, aunque eso no quiere decir que se trate de una recirculación, lo cierto es que el Cuarteto para piano y cuerda K.478, fue una experiencia camarística nueva para Mozart por la fusión aparentemente insólita (en ese entonces) de la sonoridad pianística y los arcos. Del mismo modo, el Quinteto para piano y cuerdas de Alfred Schnittke, cuyas obras aparecen como un paso más de Shostakovich y Prokofiev contra la vulgaridad intermedia de la música soviética, expone un vínculo de profunda intimidad expresiva entre el piano y el cuarteto, con una descomprimida sensualidad, de registro inhallable en la música contemporánea.

En cuanto al Quinteto Op. 44, de Schumann, se sabe que contiene el replanteo de un formato instrumental no eficientemente desarrollado hasta ese momento y el aporte del color pianístico para la descripción de la experiencia estética, con exaltación de las sensaciones que, para el Romanticismo, era bíblico.

Un programa de este tipo, con obras que no son producto de material preformado, tuvo dos personajes centrales: el piano y la pianista, que magnetizó al público de una manera absoluta, vital, dominante y sin pausa. Elena Bashkirova impresiona por su distinción y trascendente personalidad como intérprete. Esto se supo apenas empezó a tocar Mozart. Sin que signifique retacearle rasgos individuales, recuerda a dos legendarios pianistas de cámara: Sergio Lorenzi, del Quinteto Chigiano, y Menahem Pressler, del Trío Beaux Arts.

Seguramente, muchos oyentes argentinos ya incorporaron a Bashkirova a su elenco de intérpretes preferidos, porque cumple con una condición poco habitual: todo lo que toca tiene sentido. A veces, es de una sobrecogedora profundidad, como en el comienzo de Schnittke con sus patéticos silencios.

Estos atributos se transmiten eléctricamente al notable conjunto instrumental que dirige, en el que actúan un par de veteranos en el segundo violín y la viola; un joven chelista coreano de un entrañable sonido mate y un Barenboim junior como primer violín, que ya toca como sucedía con su padre, cuando desplegaba la vitalidad y el talento arrolladores de sus jóvenes años.

Para la agrupación de cuerdas, sin la pianista, el conjunto tenía programado el Cuarteto Op. 28, que Anton Webern escribió hacia fines de la década del treinta, como una ratificación más del serialismo al que tanto aportó. Una de las características esenciales que exige esta obra es la claridad en la articulación y la justeza rítmica. Al cumplir con estas dos demandas, el conjunto logró transmitir su imagen ascética.

El público aplaudió agradecido por un disfrute artístico tan legítimo. No hubo bises.

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