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El mago que escribía novelas policiales

Personajes en fuga en cuyo camino se cruzan mujeres que prometen redención y solo traerán desgracias

Viernes 04 de julio de 2014 • 01:14
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PARA LA NACION

Si el siglo pasado vio nacer y multiplicarse a vehículos y automóviles, también lo hizo con las muertes absurdas a causa de accidentes de tránsito. "No conozco nada más idiota que morir en un accidente de auto", declaró Albert Camus y un día después (en serio: un día después) de aquellas palabras, en enero de 1960, el auto en el que viajaba junto a su editor Michel Gallimard pinchó una rueda y se estrelló contra un árbol en una ruta francesa. Dos décadas más tarde, a los 65 años, mientras salía de un almuerzo con Francois Miterrand, que todavía no había sido elegido presidente, una camioneta atropelló a Roland Barthes en París, frente a La Sorbona. El semiólogo sobrevivió al impacto, pero murió semanas después. Se dice que había tratado de evitar ir a aquel almuerzo. Algunas décadas antes, el 7 de junio de 1926, Antoni Gaudí se dirigía caminando por las calles de Barcelona hacia la plaza de Sant Felipe Neri, para rezar y charlar con el capellán de la iglesia vecina, cuando en la Gran Vía de las Cortes Catalanas (y no frente a la Sagrada Familia, como dice el mito) fue atropellado por un tranvía. Parece que por evitar al vehículo que sí había visto venir dio dos pasos hacia atrás y fue arrollado por otro que pasaba a sus espaldas. El tranvía corría apenas a diez kilómetros por hora pero como Gaudí iba vestido con ropas sencillas fue tomado por un mendigo, la asistencia tardó en llegar y murió en el hospital tres días después.

"Uno es un número solitario es una de las pocas novelas de Elliott (su obra principal parecen haber sido los manuales de magia) "

No hay tantos detalles a la hora de la reconstrucción de la muerte del mago y escritor Bruce Elliot, y su entrada en Wikipedia tiene apenas cuatro líneas. Se sabe que nació en 1917 y que también fue atropellado por un auto, un taxi en este caso, que entró en coma y que murió cuatro meses después, en noviembre de 1972. A diferencia de los casos anteriores, es probable que hasta hoy pocos hayan oído mencionar su nombre. Pero una vez más, como sucediera antes con Alfred Hayes o Elliott Chaze, la editorial La Bestia Equilátera saca una exquisita novela negra de la manga, y nos pone a buscar información acerca de un perfecto desconocido.

Uno es un número solitario es una de las pocas novelas de Elliott (su obra principal parecen haber sido los manuales de magia) y comparte más de un punto en común con una de las mejores ficciones publicadas el año pasado, Mi ángel tiene alas negras, de Chaze. La más obvia es la transposición de nombre y apellido entre los autores, que hace pensar en una broma del editor o en un caso de heterónimos poco inspirado. Una y otra también comparten el vértigo narrativo, y hasta la situación de sus protagonistas: personajes en fuga de la cárcel o de la ley, a punto de encontrar la manera de escapar del mundo conocido, en cuyo camino se cruzan mujeres que prometen redención y solo traerán desgracias. Ese curioso modo de invertir la carga del machismo de las novelas negras: son las mujeres las que tienen el poder, las que deciden, las que manejan a los hombres como marionetas, pero son mujeres cuyo encuentro trae fatalidad (femme fatale).

"No hay tantos detalles a la hora de la reconstrucción de la muerte del mago y escritor Bruce Elliot "

Las coincidencias siguen. La prosa, en las dos novelas, es delgada como el papel de calcar, casi transparente. Los escritores (Elliot y Chaze) se invisibilizan detrás del estilo indirecto elegido para narrar, que aporta agilidad y cercanía, pero cada tanto creen necesario recordarles (Chaze y Elliot) a los lectores que efectivamente hay autores talentosos detrás de esas páginas. ¿Cómo lo hacen? De manera taimada y elegante. Soltando las riendas un poco, por ejemplo al describir un lugar ("Camonille comprendió que un bar era un bar. Estuvieran en un vecindario hacinado o en medio del campo, los bares eran sitios donde la gente conocía a otra gente, se escondía de otros, donde iban a olvidar, a pelear, quizá incluso a reírse"); o una mujer ("No podía dejar de pensar que mientras la prostituta de Chicago era todo técnica y nada de corazón, esta muchacha era todo corazón y nada de técnica. Pero el tiempo y la práctica remediarían eso"); o un sentimiento ("Inhaló profundamente y mantuvo el humo en el pulmón todo lo que pudo. Tres, cuatro pitadas y echaría a volar. Ahí empezaba. Sentía las yemas de los dedos como cubiertas de lana de algodón. Luego esa sensación lanosa le recorrió todo el cuerpo").

La trama de Uno es un número solitario (que se publicó originalmente en 1952) va al hueso y ofrece lo que promete en un tour de force de apenas ciento setenta páginas, y juega con la polisemia de un título que se replicará años después tanto en la música (así es conocida la canción "One" de Harry Nilsson, interpretada por Aimee Mann) como en el cine (así se titula una película de 1972 dirigida por Mel Stuart). Es una novela enmarcada en un subgénero (el delincuente en fuga) dentro de otro género (el policial negro) que, como el automóvil, también se vio multiplicado y popularizado a lo largo del siglo XX. Para otro momento quedará el análisis de las razones por las que hoy, bien entrado el XXI, un lector argentino puede disfrutar de las peripecias de un americano prófugo en la Ohio de la década del 50, pero muy probablemente pase de leer historias similares ambientadas en su propio país. Para cierto tipo de relatos, nuestra sensibilidad sigue siendo netamente anglosajona.

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