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Los verdaderos caballeros no festejan las desgracias ajenas

La schadenfreude no es el morbo, ni tampoco una perversión, ni hay que confundirla con la envidia. Es algo más mezquino.

Maximiliano Tomas

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PARA LA NACION
Jueves 10 de julio de 2014 • 00:36

El martes a la tarde tuve que llevar a una de mis hijas al pediatra. El médico me dio turno para las cinco y cuando salí a la calle para tomar un taxi me llamó la atención cruzarme con tan poca gente. Me llevó un taxista brasileño, que tenía la radio prendida y una bandera de su país puesta sobre el tablero. Llegué al consultorio, donde tampoco había nadie, cuando iban tres minutos del primer tiempo del partido de Brasil con Alemania. Al salir, media hora después, y mientras esperaba otro taxi que me llevara a una farmacia para comprar un nebulizador, escuché unos gritos de gol. No había llegado a preguntar quién iba ganando cuando vi a un vecino que salía al balcón y festejaba a los gritos. ¿Hay más brasileños o más alemanes en Monserrat? Cuando escuché su acento y los insultos que profería al cielo nublado entendí que era argentino, y que estaba festejando un gol alemán. Me subí al taxi, me enteré de que el partido iba cuatro a cero, y en el corto trayecto de vuelta alcancé a escuchar el relato del quinto. Apenas superé el primer momento de estupor e incredulidad, sentí compasión y enseguida un escalofrío: imaginé escenas de violencia en las calles de Brasil, un decreto del estado de sitio o algo peor, una masacre dentro del estadio. Y rogué en silencio que el partido se suspendiera o que los alemanes se apiadaran de la selección local y dejaran de atacar. Había visto equipos hacer cosas así frente a rivales diezmados o muy inferiores. El taxista, mientras tanto, lo vi por el espejo, se relamía.

"Desde principios de la década pasada se realizan estudios psicológicos y sociológicos para intentar desentrañar las razones del placer que genera el sufrimiento ajeno "

Poco más tarde, en la calle y en los bares, volví a ver rostros similares y escenas por el estilo: el éxtasis evidente del regodeo en la desgracia ajena. Los alemanes, que además de contar con un equipo de fútbol magnífico y ser los padres de la filosofía occidental cuentan en su lengua con una palabra para todo tienen, por supuesto, un término para referirse a este sentimiento: schadenfreude. "Schaden" vendría a ser algo así como daño y "Freude", alegría: la alegría por el daño o el dolor ajeno. En inglés existe una expresión aproximada (shameful joy) pero nadie se ha preocupado por desarrollar un término en castellano para esta sensación tan extendida. A ella se refería el escritor francés Francois de La Rochefoucauld cuando afirmó que "aún en la desgracia de nuestros mejores amigos podemos encontrar cierto placer".

La schadenfreude no es el morbo, ni tampoco una perversión, ni hay que confundirla con la envidia. Es algo más mezquino. El filósofo Arthur Schopenhauer pensaba que era el peor de los sentimientos humanos, y lo dejó por escrito: "Sentir envidia es humano, pero la schadenfreude es diabólica". Curiosamente, el término comenzó a difundirse debido a su aparición en un capítulo de Los Simpson, y por su inclusión como canción, más tarde, en un musical de Broadway. Desde principios de la década pasada se realizan estudios psicológicos y sociológicos para intentar desentrañar las razones del placer que genera el sufrimiento ajeno. Un estudio del 2003 demostró que si bien este sentimiento está presente en cualquier tipo de relación humana (laboral, sentimental, intelectual) aflora con más facilidad entre rivales en eventos deportivos. Entre ellos, y sobre todo, el fútbol.

"Por mi parte recomiendo seguir el consejo de Schopenhauer, disfrutar de los logros propios y evitar el placer por el sufrimiento ajeno "

La canción de moda entre los hinchas argentinos en Brasil, que fue adoptada hasta por los jugadores de la selección local, alude a dudosos atributos nacionales mientras dirige su odio y prejuicios a los brasileños en su conjunto, como si no existieran diferencias entre un bahiano, un carioca o un paulista. Tampoco es para tanto: la pasión no suele reparar en semejantes sutilezas. Por mi parte recomiendo seguir el consejo de Schopenhauer, disfrutar de los logros propios (el equipo argentino superó sus dificultades y volverá a jugar una final después de dos décadas y media) y evitar el placer por el sufrimiento ajeno. La schadenfreude no solo es poco elegante. También existe algo que se llama karma, y al que no conviene provocar demasiado.

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