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Eduardo Levy Yeyati. "Para encarar una agenda de desarrollo hay que pagar algunos costos políticos"

El reconocido economista no cree que el país entre en default y augura un repunte en 2016, aunque advierte: "El riesgo es confundir recuperación con crecimiento genuino"

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PARA LA NACION
Domingo 13 de julio de 2014
Eduardo Levy Yeyati
Eduardo Levy Yeyati. Foto: LA NACION / Maximiliano Amena
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Tras una recesión en 2014 y -en el mejor de los casos- un crecimiento muy pobre en 2015, 2016 podría ser un año de despegue para la economía, con una expectativa renovada por un nuevo gobierno y algunas correcciones sobre la gestión que, según el economista Eduardo Levy Yeyati, "serían relativamente fáciles de implementar". "Mi temor es que el nuevo presidente confunda este rebote, como le pasó a Kirchner en 2003, con crecimiento genuino, y no encare la agenda de desarrollo que nos permita seguir creciendo en 2020. Esa agenda es más ardua, tiene costos inmediatos y beneficios diferidos. Pero 2016 es el año clave; ahí nos jugamos el desarrollo de las próximas dos décadas", sostiene.

Alguna vez John Maynard Keynes dijo que "el economista experto debe poseer una rara combinación de dones. Debe ser en cierta medida matemático, historiador, estadista, filósofo". Levy Yeyati parece haberse tomado al pie de la letra esto de ser polifacético: estudió ingeniería industrial y psicología (ambas carreras en la UBA), pero trabaja de economista. Lo hizo como funcionario en el Banco Central, como analista en Wall Street y como profesor en la UBA, en la Di Tella y en Harvard. Es el economista argentino mejor posicionado en el ranking de RePEc-Ideas (que mide citas en trabajos académicos, entre otras variables), forma parte del staff de Cippec y dirige la consultora Elypsis. Entre todos estos sombreros, se hace tiempo para escribir ficción (su última novela, Culebrón, fue publicada por RHM) y guiones de cine: está buscando productor para filmar un thriller erótico.

Por estos días, le aburre un poco tener que estar hablando todo el tiempo de los holdouts. "Hay escasa información sobre este tema", explica.

Lo importante es lo que está en las audiencias, que son confidenciales. El Gobierno no va a decir lo que va a hacer frente a los holdouts porque hay mucho en juego; entonces, es todo especulación".

-¿Cuál es tu intuición sobre lo que va a pasar?

-Me parece que todavía hay un margen de negociación, y confío en que la sangre no va a llegar al río. Hay alternativas, pero nos vamos a enterar sobre la hora.

-En la semana tuiteaste que, paradójicamente, algunos economistas ortodoxos dicen que esta vez el costo del default no sería tan alto.

-Sí, porque un colega de la UTDT sostenía que los costos son menores, otro decía que hay que hacer un "default táctico" y un tercero pensaba que no había que negociar.

-¿Y vos qué pensás?

-Creo que el costo sería muy alto. El costo inmediato es fácil de medir: perdés los pocos dólares que entraban, de los multilaterales y algunos -muy pocos- de inversión directa, sobre todo en el sector petrolero. Que no eran suficientes, por eso tuviste problemas en enero con el tipo de cambio. Además, perdés todos los dólares que podrían haber entrado tras el cierre de los conflictos con Repsol, el Ciadi y el Club de París. Eso implica menos reservas, tipo de cambio más alto, menos crecimiento, salarios más bajos, desempleo. Una recesión más prolongada. La diferencia con 2001 es que, cuando defaulteamos a fin de ese año, el impacto fue bajo en términos de actividad económica porque ya lo habíamos pagado antes. Hoy todavía no nos cobraron, no tuvimos crisis. Todo ese costo está por pagarse, Tal vez sea menor y más limitado que en 2001. Pero pensar que aquella experiencia sirve para iluminar ésta es un error conceptual.

-¿Cuál es la anatomía de esta recesión?

-Hay tres grandes motores que no están funcionando. Uno es el sector industrial concentrado, que era muy activo en impulsar el desarrollo en los años anteriores, sobre todo el automotor. Eso tiene que ver en parte con que se encarecieron los autos por el dólar, pero también por el impuesto tan desafortunado que se puso el año pasado, con que Brasil no crece y otras cuestiones. La inversión no funciona por razones obvias: poca demanda, restricciones para sacar utilidades y expectativas de devaluación que deprimen la actividad en la construcción. Y el tercer motor que no anda es el consumo, que cayó porque la masa salarial bajó mucho este año en términos reales.

-¿Cómo ves la transición político-económica de acá a octubre de 2015?

-Es clave lo que pase con los holdouts, porque eso va a tener una incidencia importante sobre la actividad económica. Creo que la sangre no va a llegar al río, que no vamos a tener un default, que hay un margen para negociar. En ese caso no veo un rebote estelar, pero sí un crecimiento modesto el año que viene. Eso va a generar una transición suave y no caótica: el PJ va a tratar de acompañar un crecimiento modesto y va a tratar de ir de manera orgánica a unas PASO en las que se resuelva el problema de la sucesión dentro del PJ. En cambio, si vas a un default y la recesión se profundiza, la tentación de muchos políticos, incluidos los del PJ, será separarse de la foto con el gobierno en salida.

-Muchos políticos y economistas hablan de un rebote fuerte en 2016. ¿Esto es exagerado?

-Hay quienes imaginan un 2016 no muy distinto a lo que fue la recuperación de 2003-2005. Yo creo que va a haber un crecimiento atractivo porque hay errores, algunos muy visibles, que se van a corregir con relativa facilidad en 2016. Estoy hablando de distorsiones de precios, inflación, apertura a inversiones extranjeras y recuperación del sector de la construcción. Todo eso puede llevar a una recuperación, pero no a un crecimiento genuino: el riesgo es que quien esté en el poder vuelva a confundir esta recuperación con crecimiento genuino. Hay un riesgo de complacencia. Para encarar una agenda de desarrollo y crecimiento sostenido hay medidas que son más arduas que bajar la inflación, mucho más complejas -representan un sinnúmero de pequeñas tareas-, con costo político inmediato y beneficio político diferido.

-¿Cuál sería la prioridad?

-Todo lo relacionado con infraestructura, educación. Hemos perdido mucho en términos educativos. Seguimos pensando que somos un país de alto capital humano, pero en términos relativos lo estamos perdiendo desde hace 10 años. Los errores de educación que vemos ahora en el secundario y en el primario pegan en la economía dentro de diez años. Y luego política industrial, algo de lo que en los últimos diez años se habló mucho, pero se hizo realmente muy poco. Y lo que se hizo fue muy malo, como lo de Tierra del Fuego.

-Una agenda de gestión micro, menos sexy tal vez que la macro.

-Exacto. Vos hoy tenés ministerios en los que hasta la cuarta línea de decisión hay funcionarios políticos que son como la cigarra: no quieren hacer ese trabajo de hormiga. El funcionario político ve ese puesto como un trampolín para hacer una carrera dentro del sistema político. Entonces, muy difícilmente quiera hacer algo con pago diferido si su horizonte es tan corto, porque ésa es la estructura de incentivos que tenemos. A diferencia de otros países, en los que hay funcionarios profesionales que tal vez están 20 años en un área y se desarrollan como tales, con méritos de gestión pública. A esas tareas el funcionario local les escapa y prefiere hacer otras cosas: dar subsidios, lanzar planes que tengan efecto inmediato sobre el diario de la mañana, crear acrónimos.

-El villano de la serie animada Phineas y Ferb pertenece a la OSBA: "Organización sin un Buen Acrónimo".

-¿Cuántos acrónimos terminados en .AR tenemos? Acá buena parte de la gestión la hacen los publicistas. Eso es lo contrario de lo que debería ser la gestión del desarrollo, que es un trabajo sistemático que se ve al final. Soy optimista y creo que hay una oportunidad en 2016; mi temor es que la desaprovechemos. Que bajemos la inflación, lleguen capitales externos, crezcamos 4 o 5% un par de años y en 2019 estemos como hoy está Brasil, que no puede crecer. Porque Latinoamérica tampoco es un caso de éxito tan claro: los dos países más grandes, Brasil y México, tienen problemas de crecimiento muy severos. Entonces, es posible que rebotes en 2016, pero no vas a tener nada sostenido si no hacés todas estas tareas de gestión, a veces tediosas. El año 2016 es central para los próximos 20 años. Será un momento clave.

-¿Qué les suman y qué les restan hoy los economistas a los políticos, de cara a 2015?

-En una democracia el que toma las decisiones es el político, el que tiene los votos, por más que después, si se equivoca, suele echarle la culpa al economista. El papel del profesional en general es orientarlo, ofrecerle un menú de instrumentos para los fines que quiere y eventualmente gestionar esos instrumentos una vez que el político decide. En 2015 un economista puede sugerir cuál es una agenda de desarrollo. El político seguramente quiera pasar a la historia como la persona que sacó a la Argentina de estos ciclos, como los llaman Gerchunoff y Llach, de "ilusión y desencanto", pero no sabe cómo y tiene la tentación de corto plazo de sentarse y surfear la ola de la entrada de capitales. Hay que tratar de convencerlo de que vale la pena pagar algunos costos políticos inmediatos para tener beneficios diferidos y permanentes. Ayudarlo a liderar y a estar por encima del diario de la mañana.

-¿Por qué en la Argentina no hubo economistas que llegaran a la presidencia, como pasó en Ecuador, Colombia, Perú, México y Chile?

-Los economistas nunca fueron muy populares en la Argentina. Igual, los presidentes que vos estás mencionando fueron políticos antes que economistas. Salvo el caso de Correa en Ecuador, el resto incluso no venía de la gestión económica. Santos en Colombia llegó gracias a su gestión en defensa. Creo que en muchos economistas no hay un deseo verdadero de hacer política y les faltan habilidades en ese terreno. Ahora hay algunos casos, entre ellos tu coautor [Martín Lousteau], en los que un economista profesional adquiere aptitudes políticas. Pero no lo van a votar por ser economista.

-¿Estás tuiteando menos?

-Depende. Te diría que no vivo en TuitLand. Lo veo como un medio de diseminación de lo que escribo. Sirve también para intercambiar información de corte periodístico, muy breve; y obviamente también sirve para mirar un partido del Mundial, tuitear y divertirte. Pero hay muchas cosas que no podés contar en 140 caracteres, en esto creo que es casi un "anti-Scalabrini Ortiz". Scalabrini decía: "Si vos no le entendés a un economista es porque te está engañando". Yo creo que es al revés: si vos podés transcribir perfectamente una idea compleja en 140 caracteres, posiblemente la estés errando. Hay cosas que no querés debatir en Twitter, porque forzado por la urgencia vas a cometer errores o vas a generar una imagen ficticia. Hay que respetar la complejidad de los temas.

-¿Cómo explicás la economía argentina hoy a un extranjero?

-Depende de quién es el tipo de afuera. Si tenés un americano que sabe poco del país, y lo que conoce son las notas catastróficas que aparecen de vez en cuando en The Economist, no va a entender cómo con todos los recursos naturales que tiene la Argentina no puede converger a los niveles de ingreso de Australia o Canadá. Hay que explicarle cómo es la política acá, que no tenemos bipartidismo, sino frentes heterogéneos y transversales. Que hay consensos muy instalados en la mentalidad del votante local que posiblemente estén mal, y que al final el político electo tiende a ser un emergente de lo que piensa la gente.

-¿Cómo serían esos consensos?

-Creemos que somos más ricos de lo que realmente somos. Que poseemos más capital humano y educación de los que tenemos. Muchas veces miramos desde arriba al resto de América latina. Nuestro país fue rico de manera temprana, en el período de entreguerras, y nunca nos sobrepusimos a perder esa posición. A diferencia de otros países como Perú o Chile, que comenzaron a desarrollarse más recientemente. Somos como Los magníficos Amberson, el film de Orson Welles que describe una familia aristocrática en decadencia. Es muy difícil salir del círculo vicioso si alguna vez tuviste algo y no aceptás que ya no lo tenés. Porque el nivel de esfuerzo que estás dispuesto a dar es menor. Hablo de cosas concretas: ahorro, horas de trabajo? no podemos tener la misma cantidad de feriados que tiene Noruega. Es una locura. Lo mismo pasa con el ahorro: tenemos que ahorrar, invertir y construir antes de ponernos a gastar. Esa mentalidad del inmigrante, que tuvimos hasta hace 60 años, hoy un poco se ha diluido.

-Vaca Muerta está concentrando mucha expectativa. ¿Compartís esa visión?

-Vaca Muerta es la ilusión reconfortante de este consenso de gente rica que piensa que puede vivir de rentas. Pero tengo una mala noticia: Vaca Muerta no tiene una rentabilidad tan alta como para distribuir a todo el país. Si vos leés la ley de hidrocarburos que se está discutiendo ahora, reparte renta a YPF y a la provincia, no a todo el país. No podemos vivir todos de esa renta. Vaca Muerta es el leitmotiv de la complacencia.

Un futuro posible. ¿De qué modo la polarización actual puede llegar a afectar el próximo ciclo político?

-Se perdió mucho tiempo con la polarización entre los K y los anti-K en el debate público, en Twitter, en todos los ámbitos. Pero creo que al final del día va a haber una convergencia. Entre los analistas políticos se suele sintetizar qué es lo que la gente vota, en su estrato más básico, en la tensión entre "cambio" y "continuidad". Y lo que sucede es que, salvo que se esté dentro de una crisis muy grande, la gente tiende a favorecer la continuidad, porque el cambio es riesgoso, y la gente lo que quiere es seguir con su vida, y está bien que lo haga. Una vez que te acercás a una elección en la que la gente quiere que resuelvas sus problemas, pero sin cambiar demasiado las cosas, ese antagonismo verbal tiende a converger. Y esto se va a ir viendo. Se va a ver entre los políticos -de hecho, ya lo estamos empezando a ver- y también en las redes sociales. Es cierto que hay mucha gente que quedó enganchada en la confrontación, algo que tuvo su pico en las semanas de los cacerolazos, pero eso va a pasar; la página se da vuelta. Cuando entrás en la discusión del "¿cómo seguimos?", iniciás un debate que por lo general te unifica.

Mano a mano. Vivir entre la economía, los medios y Nepal

Eduardo Levy Yeyati interrumpe la charla con la nacion en una única ocasión, para aceptar una invitación al programa Palabras más/ Palabras menos, de TN. A los pocos minutos, se saluda con la periodista Luciana Geuna (de PPT), que pasa por la vereda del bar donde estamos conversando, empujando un cochecito con su bebe. El economista se lleva bien con los medios y le gusta polemizar desde programas de TV, columnas de opinión o desde su cuenta de Twitter. Está viendo si puede volver con Tasas chinas, un programa que hizo el año pasado en FM UBA, junto con su colega Javier Finkman y Karina Galperín, profesora de la UTDT y directora del Máster en Periodismo de la nacion. Le cuesta mantener el ritmo porque viaja mucho: en septiembre va a atender una cátedra en Harvard y hace unas semanas estuvo en Nepal, asesorando al gobierno de ese país. "Tienen un tipo de cambio fijo atado a la rupia india, que hoy está volando, así que hay mucha preocupación por ese tema. Los funcionarios de allá no se la creen y te escuchan; fue muy reconfortante viajar, aunque estén en las antípodas y el vuelo larguísimo te mate", cuenta mientras termina su capuchino en el bar La Esperanza, en el Bajo Belgrano.

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