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Duele como tantas veces, pero el orgullo late como nunca

La derrota argentina con Alemania en el Maracaná pone en duda que del amor al odio exista un solo paso; no es un complaciente consuelo pero este subcampeón quedó de pie y se ganó el reconocimiento colectivo

LA NACION
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Cristian Grosso
Lunes 14 de julio de 2014 • 00:06
Foto: AFP
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RIO DE JANEIRO.- Es un póster pegado que muestra descoloridas por los años las caras de Kempes y Fillol. Es un tatuaje con la cara de Diego Maradona y un lagrimón que se escapa. La mirada perdida en un punto fijo. El abrazo de consuelo con un desconocido, los dos derrumbados en la mesa de un bar. Una corneta que lanza en la cerrada noche de invierno un último bocinazo desgarrador… Pero flamea una sensación diferente a todas, que está ligada al orgullo. Reina Alemania , pero Argentina está de pie.

No hubo un final de película con la Plaza de Mayo llena, que incluyera una nueva versión del mejor gol de la historia con la zurda mágica del messias. Pero esta vez no habrá lapidación pública. Tampoco sería justo. La derrota de la Argentina en la final del Mundial se presenta como una buena oportunidad para desafiar esa irritante tendencia de que del amor al odio existe solo un paso. Nada más que un paso.

La tristeza de los jugadores. Foto: AFP
La tristeza de los jugadores. Foto: LA NACION / Fabián Marelli / Enviado especial
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La tristeza de los jugadores. Foto: LA NACION / Fabián Marelli / Enviado especial
La tristeza de los jugadores. Foto: LA NACION / Fabián Marelli / Enviado especial
La tristeza de los jugadores. Foto: LA NACION / Fabián Marelli / Enviado especial
La tristeza de los jugadores. Foto: LA NACION / Fabián Marelli / Enviado especial
La tristeza de los jugadores. Foto: LA NACION / Fabián Marelli / Enviado especial
La tristeza de los jugadores. Foto: LA NACION / Fabián Marelli / Enviado especial
La tristeza de los jugadores. Foto: LA NACION / Juan López / Enviado especial
La tristeza de los jugadores. Foto: LA NACION / Juan López / Enviado especial
La tristeza de los jugadores. Foto: LA NACION / Juan López / Enviado especial
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La tristeza de los jugadores. Foto: LA NACION / Fabián Marelli / Enviado especial
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La tristeza de los jugadores. Foto: Reuters
La tristeza de los jugadores. Foto: AFP
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La tristeza de los jugadores. Foto: AP
La tristeza de los jugadores. Foto: AFP
La tristeza de los jugadores. Foto: AFP
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La tristeza de los jugadores. Foto: LA NACION / Fabián Marelli / Enviado especial
La tristeza de los jugadores. Foto: DyN
La tristeza de los jugadores. Foto: DyN
La tristeza de los jugadores. Foto: Reuters

Muchas veces los mundiales clavaron el dolor de ya no ser. Entonces se instalaba una queja tanguera, fatigada de amargura. Pero Brasil 2014 rompió varios estigmas. La infranqueable barrera de los cuartos de final perdió su embrujo. Una final en el patio del archirrival, un partido decisivo en tierra enemiga, se recordará por años. No se trata de un complaciente consuelo, pero este subcampeón se ganó un lugar en la memoria colectiva. La que rescata de la desdicha de un resultado a aquel que entrega el pellejo con honor.

Alemania es el mejor y su conquista premia un proyecto. Es una idea que merece copiarse. Pero ayer no fue más. Por eso la derrota duele como siempre, pero esta vez no condena. Valga el juego de palabras: ni la propia razón logra entender a las razones del corazón. Tan simple y tan complejo, como para explicar esa pasión desamparada de lógicas. Tan profundo y a la vez tan efímero, un sentimiento incapaz de ofrecer siquiera un boceto de explicación. Es saber que el fútbol siempre da revancha y resignarse a que con la selección nunca se sabe. Es fútbol y es país. Es tener un motivo. Se razona de otra manera. Se piensa con el corazón.

Son los dictados del corazón. Porque algo es cierto: el orgullo espera, da revancha, ofrece alternativas que no se registran en las estadísticas. Por eso el aplauso cálido y generoso del Maracaná cuando el plantel subió a recibir la medalla que algunos eligieron esconder. No habían rozado la inmolación por la plata, tenía sabor a poco para ellos. Los guerreros habían escrito su libreto con sangre y sudor. En ese instante de premiación no hubo ni un silbido ni una burla brasileña. Tanto carácter había callado hasta a los maliciosos. Las cicatrices quedarán, pero el baño de gratitud que el plantel recibirá esta mañana en Buenos Aires lo ayudará a entender la dimensión de su aventura mundialista. Eligieron la épica y eso siempre tiene recompensa. Más valiosa que el metal de una medalla.

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El combustible emocional los arrimó hasta la orilla de la gloria. La fortaleza física quizá los abandonó después de tres tiempos extra en cuatro partidos. Quizá, también, al árbitro Rizzoli se le puede discutir la acción temeraria del arquero Neur sobre Higuaín, pero enseguida habrá que admitir que dejó en la cancha a Mascherano que, amonestado, por lo menos dos veces más mereció la amarilla por raspar a Schweinsteiger. Que Higuaín, Messi y Palacio tuvieron el título en un puño y lo dejaron escapar con tres definiciones que varias noches volverán como pesadillas. Que la providencia hizo todo lo que pudo desde el gol en contra de Bosnia, pasando por el poste de Suiza en la agonía del alargue, los penales con Holanda y ayer, otra vez un palo, para salvar a Chiquito Romero del cabezazo de Hoewedes.

El hincha hace años que está buscando el héroe perdido. El pedestal sigue ausente, pero acá encontró un puñado de valientes que acertaron en la resistencia y fallaron en el tarascón. Cruel paradoja para un plantel que aterrizó distinguido por su volcán ofensivo y temeroso de sus grietas en el fondo. Igual, el orgullo está por arriba de una esperanza de vuelta olímpica que se esfumó en el minuto 112, cuando la derrota se corporizó en el tiempo suplementario, el siempre escalofriante envase por el que pasaron las tres últimas finales mundialistas.

Claro que existen cuestiones más complejas que una competencia cada cuatro años. Pero los sentimientos son capaces de hacerle un corte de manga a la desventura. Corriendo detrás de una pelota también se llega al sentido de pertenencia. Hay sentimientos que se transmiten y el fútbol es un fantástico vehículo: entrega, hermandad, compromiso, lealtad. Y esta selección los propuso como bandera. Una fantástica manera de llenar algunos vacíos.

La Argentina perdió con Alemania 1-0 en la final. Foto: DyN
La Argentina perdió con Alemania 1-0 en la final. Foto: Reuters
La Argentina perdió con Alemania 1-0 en la final. Foto: LA NACION / Juan López / Enviado especial
La Argentina perdió con Alemania 1-0 en la final. Foto: Reuters
La Argentina perdió con Alemania 1-0 en la final. Foto: Reuters
La Argentina perdió con Alemania 1-0 en la final. Foto: LA NACION / Juan López / Enviado especial
La Argentina perdió con Alemania 1-0 en la final. Foto: Reuters
La Argentina perdió con Alemania 1-0 en la final. Foto: LA NACION / Juan López / Enviado especial
La Argentina perdió con Alemania 1-0 en la final. Foto: LA NACION / Juan López / Enviado especial
La Argentina perdió con Alemania 1-0 en la final. Foto: Reuters
La Argentina perdió con Alemania 1-0 en la final. Foto: Reuters
La Argentina perdió con Alemania 1-0 en la final. Foto: LA NACION / Fabián Marelli / Enviado especial
La Argentina perdió con Alemania 1-0 en la final. Foto: LA NACION / Fabián Marelli / Enviado especial
La Argentina perdió con Alemania 1-0 en la final. Foto: LA NACION / Fabián Marelli / Enviado especial
La Argentina perdió con Alemania 1-0 en la final. Foto: LA NACION / Fabián Marelli / Enviado especial
La Argentina perdió con Alemania 1-0 en la final. Foto: LA NACION / Fabián Marelli / Enviado especial
La Argentina perdió con Alemania 1-0 en la final. Foto: AFP
La Argentina perdió con Alemania 1-0 en la final. Foto: Reuters
La Argentina perdió con Alemania 1-0 en la final. Foto: AFP
La Argentina perdió con Alemania 1-0 en la final. Foto: AFP
La Argentina perdió con Alemania 1-0 en la final. Foto: AFP
La Argentina perdió con Alemania 1-0 en la final. Foto: AFP
La Argentina perdió con Alemania 1-0 en la final. Foto: Reuters
La Argentina perdió con Alemania 1-0 en la final. Foto: Reuters
La Argentina perdió con Alemania 1-0 en la final. Foto: Reuters
La Argentina perdió con Alemania 1-0 en la final. Foto: Reuters
La Argentina perdió con Alemania 1-0 en la final. Foto: Reuters
La Argentina perdió con Alemania 1-0 en la final. Foto: AP
La Argentina perdió con Alemania 1-0 en la final. Foto: LA NACION / Sebastián Rodeiro / Enviado especial
La Argentina perdió con Alemania 1-0 en la final. Foto: LA NACION / Sebastián Rodeiro / Enviado especial
La Argentina perdió con Alemania 1-0 en la final. Foto: AFP
La Argentina perdió con Alemania 1-0 en la final. Foto: AP
La Argentina perdió con Alemania 1-0 en la final. Foto: AFP
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La Argentina perdió con Alemania 1-0 en la final. Foto: LA NACION / Sebastián Rodeiro / Enviado especial
La Argentina perdió con Alemania 1-0 en la final. Foto: LA NACION / Sebastián Rodeiro / Enviado especial
La Argentina perdió con Alemania 1-0 en la final. Foto: AFP

La selección fue un trozo de intención, una porción de magnetismo. No alcanzó, es cierto. Saludó estoico y aplaudió al campeón, verdugo implacable de un póquer maldito desde1990 para acá. ¿Se puede mantener la frente alta y guardar una conducta noble aun cuando el espíritu está lacerado? Claro. El grupo demostró que no es en vano sostenerse en pie y dar la cara aun cuando la tristeza lastima como nunca. Un síntoma de nobleza, con la inmensa rúbrica de Alejandro Sabella. Hay que haber llorado alguna vez para saber que es el amor por la albiceleste. Es un tatuaje que no se ve, pero que está grabado para siempre en el pecho. Este dolor repercute en el corazón, en la mente. Y en las tripas.

Hay que llegar a la desazón para que el sentimiento se potencie. Hoy no será un lunes más. No será el lunes memorable. Igual, todo el mundo está autorizado a ir a la oficina vestido con su austero traje gris, pero llevando la celeste y blanca debajo de la camisa. Parece increíble que una camiseta pueda representar algo tan profundo. ¿Tres palabras finales? Campeón del mundo…, era el sueño colectivo. El legado fue una sola, que late con la bravura del equipo: orgullo.

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