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La gloria pasó de largo

Lunes 14 de julio de 2014 • 07:55
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Minuto 113: el estadio es una hoguera. Todo el mundo sabe que una conquista tendrá el mismo valor que ese que en el potrero sentenciaba el pleito. "El que hace el gol gana" se decía como si se tratara de una sentencia. A partir de allí, cada movimiento y sobre todo cada acierto y cada error tenían el peso de saberse inapelable. Aquí el centro viene desde la banda. El control de pecho es perfecto para amortiguar el envío y dejar la bola lista para el remate. El latigazo es cruzado para perforar la defensa del arquero. El grito es enorme y vale una Copa del Mundo. Cuatro años atrás el escenario era el Soccer City de Johannesburgo. Ahora le toca al Maracaná de Río de Janeiro. Vestido de azul, Sudáfrica era toda de Andrés Iniesta. Con su inconfundible camiseta blanca tapizada con los colores de su bandera, ahora el protagonista se llama Mario Gotze y se transforma en el dueño de Brasil. Aunque parezca increíble, ambas escenas se producen en el mismo momento de sus respectivas finales. Faltando siete minutos para el cierre del partido, los dos colosos europeos encuentran la llave para abrir las puertas del cielo. A tono con un trabajo a conciencia, pensado a largo plazo y con continuidad, España y Alemania descubren la gloria cuando los relojes marcaban la misma hora.

La final del mundial nos sirvió para confirmar algunas sospechas. El fútbol es un deporte difícil de analizar y por eso resulta único.

Es tan cierto que Alemania debe ser considerada a la hora del análisis global como el mejor equipo del mundial, como que la Argentina fue superior durante cerca de setenta minutos, exponiendo como nadie, las debilidades que tenía el equipo de Low. Con casi media docena de llegadas clarísimas, con Higuaín , Messi , Palacio y Agüero coqueteando con el gol, el pecado más grande del combinado nacional fue su falta de eficacia. La historia se ha encargado de confirmar que los teutones jamás morirán de muerte natural, por eso la regla marca que cuando están heridos se debe aplicar el golpe de gracia. Por imprecisión, apuro o indecisión, las chances del equipo argentino se fueron de largo y con ellas el sueño del título. Al partido perfecto solo le faltó la puntada final.

Con un planteo táctico brillante, Sabella confundió a esa máquina perfecta de generar juego con rotaciónes y desmarques y la transformó en un equipo plano y con escasa explosión. Como contrapartida, le soltó amarras a Lavezzi , figura del primer tiempo, para que se sumara a Messi e Higuaín y entre los tres sacudieron a los "panzers" del fondo. Sólido Garay , tiempista Demichelis , atrevido Rojo, aplicado Zabaleta , solidarios Biglia y Enzo Pérez y gigante Mascherano , el bloque defensivo del equipo ayudó a que Romero no viviera grandes contratiempos en ese lapso del juego, más allá del cabezazo al palo de Howedes y unos cuantos merodeos. Argentina fue lúcido para defender con ayudas oportunas y gran concentración para duplicar marcas por las bandas. Pudo ganarlo en el arranque el "Pipita" pero su apuro resultó el mejor defensor alemán. Tuvo su chance Messi en el inicio del complemento y su envío ante un Neuer vencido arañó el caño izquierdo. Palacio se encontró con la última, ya en el alargue, pero igual que ante Holanda pareció indeciso e irresoluto. No aportó demasiado Rodrigo, como tampoco Agüero y Gago viniendo desde el banco. Con el ingreso del "Kun" el entrenador arriesgó para evitar el tiempo extra y forzar la definición en los noventa, pero igual que a lo largo de toda la competencia, el hombre del City lució espeso en sus movimientos y limitado físicamente. El ángel ausente de Dimaría, ese conector explosivo capaz de unir a medios con atacantes con la misma plasticidad, se hizo sentir en el andamiaje del equipo y aunque el colectivo disimuló su falta con enorme inteligencia, aquí está uno de los pequeños detalles que explican los grandes partidos.

Luego del tramo en el que la copa lo miraba a Messi como llamándolo a su búsqueda, el físico comenzó a pasar la factura correspondiente y el cansancio se asomó como un invitado poco deseado en la ceremonia. Progresivamente Lahm fue dejando de ser un simple lateral para hacer el andarivel completo. Schurrle y Muller desgastaron con sus movimientos y Schweinsteiger y Kross se adueñaron del medio. Aún desde esas tendencias, parecía estar todo bajo control. Pero Gotze tenía otros planes y con su gesto técnico perfecto, pecho y zurdazo seco, todo en un movimiento como solo puede hacerlo un talentoso, los germanos se animaron a desatar su euforia y los brasileños a descargar en la desgracia ajena toda la impotencia propia.

Solo quedó tiempo para los últimos arrestos desesperados, de un partido que a la Argentina se le había esfumado mucho antes, más por sus propias falencias, que por las enormes virtudes que el campeón mostró con consistencia en todo el mundial, pero que no brillaron en la cita final.

Las lágrimas del enorme Mascherano sintetizaron el dolor de aquello que pudo ser y se escapó. Fue tan líder Javier que tras su quiebre, otros como Biglia , Demichelis o Gago también se liberaron al llanto amateur. Sus actuaciones imperiales merecían sin dudas un cierre distinto.

Brasil 2014 nos dejó una secuencia de siete partidos inolvidables. Partiendo "del equipo de los cuatro fantásticos" hasta llegar a otro en el que el equilibrio, la solidaridad y el trabajo a escala humana ayudaron a definir su verdadero perfil, la Argentina no tiene nada para reprocharse a la hora del balance. Con un entrenador ejemplar en todos los aspectos y un grupo de veintitrés guerreros, se llegó hasta el choque decisivo con armas nobles y recursos loables. Veinticuatro años después el fútbol argentino volvió a quedar a un paso de acariciar la gloria. El tiempo se encargará de darle el valor preciso, pero como nunca el orgullo del deber cumplido recorre todos los rincones futboleros del país.

Haber extrañado tanto este tipo de instancias, nos ayuda a comprender que el segundo no es el primero de los últimos. La noche del Maracaná nos enseñó una vez más que siempre se puede ser más grande, incluso en la derrota. Esa que duele. Desde hoy y para siempre.

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