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Editorial

Los límites éticos de la clonación

Opinión

La notable experiencia científica realizada en Escocia donde se ha logrado el nacimiento de dos ovejas a partir de células embrionarias de otro animal y de un óvulo vacío no fertilizado ha reabierto el debate en torno de los límites con que la ética humana puede o debe condicionar la manipulación genética.

La posibilidad de crear vida sin necesidad de esperma -es decir sin la intervención directa del factor masculino- podría allanar el camino a un sistema de reproducción en cadena cuya sola descripción suscita profundas aprensiones y plantea interrogantes de difícil respuesta.

El método que han empleado los científicos del Instituto Roslin de Edimburgo consiste en la fusión de una célula embrionaria con una célula cromosomática mediante un shock eléctrico lo que permite crear una célula nueva que se divide y desarrolla en un embrión. Implantado en otro animal -que desempeña el papel de madre subrogante- el embrión obtenido por ese medio da origen al nacimiento de un ejemplar idéntico en todo a la oveja de la cual se extrajo la primera célula.

El animal nacido de ese proceso genético artificial o de laboratorio no se diferencia en absoluto de los demás seres de su misma especie pero sus cromosomas no son heredados de un padre y una madre -como lo ha previsto la naturaleza- sino que provienen en su totalidad de las células manipuladas en el laboratorio. Se trata en realidad de un verdadero clon o doble del animal del cual fue extraída la célula originaria.

La experiencia sin duda una maravilla científica conmovió a los medios especializados como era de suponer pero reavivó una antigua y áspera controversia: ¿debe haber un límite para las investigaciones genéticas en función de principios éticos religiosos o filosóficos que afectan el concepto sustancial de la dignidad humana o se debe permitir que la ciencia expanda libremente sus fronteras sin otra lógica ni otra consideración que las que emanan del excepcional dinamismo que la caracteriza y de su poderoso albedrío?

La perspectiva de que una técnica similar a la que se ha utilizado en Escocia pudiera conducir en plazos nada lejanos a la creación de clones humanos pone al descubierto un horizonte de innovaciones genéticas incierto e inquietante.

En efecto la posibilidad de que se pudiera facilitar la aplicación de procedimientos para planificar la reproducción humana en función de criterios de selección racial o étnica -verdadero desideratum del nazismo- o en busca de determinadas aptitudes físicas o mentales en los individuos ha generado ya justificada preocupación enérgicas objeciones y las más diversas protestas.

En el otro platillo de la balanza no faltan argumentaciones de signo opuesto. Se señala por ejemplo que la clonación permitiría aumentar la disponibilidad de órganos para trasplantes lo cual ayudaría a resolver una escasez que suele generar situaciones angustiantes.

Cualquiera fuere la postura que se adoptare en razón de motivos humanos religiosos o filosóficos hay un principio que parece indiscutible y es el que afirma que toda investigación científica -y con más razón si puede derivar en consecuencias tan dramáticas en el campo de la genética humana- debe progresar en armónico diálogo con el desarrollo de la conciencia ética y con la necesidad de preservar al hombre en su dignidad en su naturaleza en su irreductible unidad esencial.

La ciencia se dignifica y encuentra su plena razón de ser en la medida en que sirve al hombre y lo reconoce como el fin último de cada uno de sus pasos de cada uno de los movimientos que jalonan su asombroso progreso. .

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