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Señor Sabella

Martes 15 de julio de 2014 • 21:03
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La fría mañana del 6 de Agosto de 2011 fue presentado como el nuevo técnico del seleccionado argentino. A tono con su perfil, todo transcurrió en un clima de austeridad y escaso impacto mediático. Ese fin de semana comenzaba el campeonato del fútbol argentino y la mayor parte de las charlas de debate futbolero transcurrían con ese tópico como hilo conductor. El SEÑOR Sabella descubrió que en el recinto había una bandera argentina y esos colores, como ocurriría a lo largo de los tres años siguientes, fueron su fuente de inspiración. El blanco y celeste lo llevó a recordar a Manuel Belgrano y su sentido de pertenencia. La noción de identidad y compromiso le dieron pie para hacer un especie de llamado público, invitando a todos los jugadores argentinos a pensar que era lo que ellos podían hacer por su selección y no a esperar que podía hacer el equipo por ellos.

En ese tiempo tormentoso en el que el seleccionado argentino ocupaba un plano secundario, el SEÑOR Sabella se encargó de edificar los lineamientos de su trabajo pensando en una construcción sólida desde la base.

Sabella es un SEÑOR porque desde un principio quiso que su equipo fuera la alquimia más perfecta posible entre la personalidad de un líder de vestuario como Mascherano y el genio creativo de un líder de tarea como Messi. Habló con Javier antes de cederle la capitanía a Lionel y tomo una decisión consensuada con sus dos referentes.

Luego del fracaso de la Copa América y de un inicio de eliminatorias con tropiezos, el SEÑOR Sabella encontró los caminos para estabilizar el duro trayecto que llevaría a la Copa del Mundo.

Todo cambió en la tarde de Barranquilla ante Colombia. Ese día el SEÑOR Sabella supo interpretar las necesidades de Messi y las falencias del equipo. Cambió, le agregó mayor compañía al crack y parió oficialmente a esa selección que desfiló en su recorrido sudamericano.

Jamás cayó en la tentación de subestimar a ninguno de los rivales de grupo en el comienzo del Mundial. El SEÑOR Sabella, estudioso del juego, analizó sus puntos fuertes y debilidades y aún a riesgo de sobreestimarlos eligió el camino del respeto.

A la hora de armar la lista final, esquivó el atajo de la demagogia o las presiones mediáticas, pero también el de las afinidades del grupo. Como responsable de su tropa, el SEÑOR Sabella entendió que aquellos que nada aportaron a la causa en los tiempos ásperos ni expusieron gran interés por participar, podían sumarse a la hora de la gran aventura. La armonía fue unos de sus mandamientos pero también sus convicciones para privilegiar las necesidades grupales. Con ellas sobre la mesa, desafectó en el corte final a jugadores queridos y con afinidad especial con algunos de los referentes.

Sabella es un SEÑOR porque lejos de la obstinación, supo cambiar a tiempo en el segundo capítulo ante Bosnia para aportarle al equipo otra frescura y mayor volumen de juego. Admitió sus errores en público y aceptó que todo el equipo y él especialmente debían mejorar con rapidez.

El SEÑOR Sabella sostuvo a aquellos jugadores que sentía como propios y fue a partir de esa confianza que nombres como Rojo o Romero jugaron un mundial extraordinario en función de las expectativas previas creadas.

Al mismo tiempo, con dolor pero con el pragmatismo lógico de un líder, quitó a otros de sus hombres medulares como Federico Fernández o Fernando Gago. Incluyo a Demichelis y Biglia y con ellos encontró el equilibrio deseado.

Conciente de las virtudes de un jugador único por sus características, lo esperó a Dimaría para el juego decisivo hasta último momento. Sin embargo el SEÑOR Sabella, coherente con su idea de ubicar al todo por encima de la suma de las partes, dejó de lado el sentimiento e incluyó a Enzo Pérez, otro de los jugadores que supo potenciar en la Copa del Mundo.

En función de los nombres con los que contaba, el SEÑOR Sabella armó un planteo táctico excelente y realista para la final ante Alemania. Cuando ejecutó cambios que generaron opiniones diversas como la salida de Lavezzi, quién había hecho un notable primer tiempo, buscó mayor compañía para Messi con el ingreso de Agüero con el objetivo de ganar el partido en el tiempo regular.

Sabella fue un SEÑOR a la hora de la derrota. Esquivó la crítica a los fallos arbitrales. No transmitió nerviosismo a sus jugadores. Respetó la esencia del juego limpio y permaneció en el campo de juego, como deber ser, a la hora de la premiación de su vencedor. Aceptó todas las críticas y escapó del revanchismo. No hablo de la suerte como excusa. Transmitió valores y comunicó la importancia del camino, el tránsito para llegar al objetivo final. Se alejó de las polémicas, como con el supuesto incidente del agua de Lavezzi y lejos de perder autoridad, minimizó la situación. Su fortaleza frente al grupo se construyó desde el conocimiento. Aportó una brisa de aire fresco en un ambiente viciado como el de la AFA y todos aquello que rodea al seleccionado nacional, cuyos cambios no se avizoran a corto plazo.

El SEÑOR Sabella medita ahora su futuro. La responsabilidad del cargo, su stress y la sensación de haber alcanzado el objetivo a pesar de no haber levantado la Copa del Mundo, serían las entendibles razones de su probable alejamiento. La calidad de los procesos no debe medirse por el tiempo de duración sino por la profundidad de la huella que dejan. Aquí la marca ya ha quedado instalada.

El fútbol argentino debe apuntar a proyectos. Se necesita pensar a largo plazo y copiar buenos ejemplos. Sería interesante encontrar muchos más señores como el SEÑOR Sabella.

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