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Surfistas del saber que enseñan a los viejos buzos

Domingo 24 de agosto de 2014
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LA NACION
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Mucho se habló y se seguirá hablando de la asimetría que se produce entre aquellos que no logran manejar fluidamente las tecnologías digitales y los más jóvenes que navegan cómodamente por computadoras, tabletas y celulares.

Están en su casa, en su ámbito natural, dentro de un paisaje que no les es extraño, así como las generaciones anteriores recorrían el barrio y se encontraban con los amigos en la esquina del almacén.

Son los que Alessandro Baricco llama surfistas, en contraste con los buzos. Los primeros privilegian la circulación por sobre la superficie, mientras que los segundos se sumergen en las profundidades del conocimiento como exclusivo elemento de prestigio. El saber no ocupa lugar, dirían éstos, mientras que los otros están convencidos en que detenerse en un punto es una pérdida de tiempo. Ante estas diferencias se entiende que dentro de las organizaciones colisionen ambas posturas frente a la realidad.

El remedio para superar el conflicto aspira a convertir a los jóvenes nativos digitales en mentores de los veteranos, llamados inmigrantes digitales. Andrés Pérez Ortega, consultor español, objeta: "Si la relación se reduce a un simple intercambio de conocimientos técnicos y, además, una de las partes se siente amenazada, no sólo no se va a producir una conexión, sino que puede acabar en un enfrentamiento. Lo importante no es plantearlo como una relación alumno-profesor, sino como colegas y entender que ambos tienen algo que ganar".

La observación no carece de fundamento, en especial si tenemos en cuenta que tradicionalmente se considera a los jóvenes como amenazas; son los que vienen a reemplazar a los veteranos quitándoles el puesto. Esta tensión excede los límites de las organizaciones y puede manifestarse en cualquier otro ámbito donde convivan, por lo menos, dos generaciones.

Pero las dificultades pueden extenderse aún un poco más allá, puesto que las generaciones precedentes se basan en un concepto también diferente sobre la relación profesor-alumno. Los que transitaron por las aulas universitarias en décadas pasadas tenían naturalizada la diferencia entre el que sabe y el que no sabe.

Exagerando los términos, el primero era un sabio y el segundo un ignorante, que nada puede cuestionar. No se crea, apresuradamente, que esta concepción del proceso de enseñanza-aprendizaje se superó. Lamentablemente goza de excesiva buena salud, porque todavía los docentes tienden a conservar su posición de rango superior.

Los cuestionamientos sobre esta otra asimetría pedagógica tienen larga data, pero como se sabe no es tarea simple bajar los monumentos de sus pedestales. Sin embargo algo está cambiando también en el ámbito académico, donde la relación se convierte en un poco más horizontal en algunos casos.

Bienvenido sea si esta tendencia también se fuera trasladando a las organizaciones, a menudo bastante más rígidas que las universidades por razones de distinta índole.

En el caso que se nos presenta, donde los jóvenes pueden ser mentores digitales de sus superiores y éstos acceder sin temores a convertirse en alumnos –sin que por ello se transformen en súbditos–, el equilibrio sería beneficioso para todas las partes. Como menciona Andrés Pérez Ortega, "lo importante no es plantearlo como una relación alumno-profesor, sino como colegas o socios". Para ello es fundamental superar algunas barreras y es necesario, como en todo proceso de aprendizaje, ejercitar la humildad desde ambas partes.

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