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Con Tinder como punta del iceberg, el prejuicio de buscar pareja en Internet deja paso a una tendencia de la que ya nadie parece querer quedarse afuera

Sábado 20 de septiembre de 2014
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LA NACION
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Nunca se habían visto. Tampoco tenían amigos en común. Ni siquiera frecuentaban los mismos lugares. Hoy los dos están convencidos de que, si no fuera por Tinder, no se hubieran conocido. Pero antes de la historia que comenzó con esta aplicación, ambos tuvieron que sortear un primer obstáculo: el prejuicio, ese que les decía que conocer a una persona online no era una opción para ellos. Sin embargo, resultó mucho más natural de lo que hubieran imaginado.

Victoria Zabala, de 22 años, llegaba de sus vacaciones y fue su madre quien le vino con la novedad de Tinder y el por qué no te lo bajás. "Ni loca, ma -le dijo ella-. Eso es para gente que está desesperada." A los pocos días, en una reunión con sus amigas, una soltó el: "Che, bajémoslo todas". Medio en chiste, medio en serio, el ícono se hizo un lugar en su celular.

Tabaré González Carli, de 23, también había vuelto de un viaje con amigos donde la broma más común había sido cuántas coincidencias habían cosechado en Tinder. Ya en Buenos Aires, obligado a comprar un celular nuevo porque el anterior se había roto, mientras bajaba las aplicaciones básicas decidió ver de qué se trataba.

Así, sin analizarlo demasiado, a los dos les llegó la hora del casting. Ese momento en el cual la pantalla muestra un desfile de fotos de chicas o chicos a los que se rechaza con una cruz o se aprueba con un corazón. En caso de haber coincidencia, la notificación para iniciar un chat privado es inmediata. Lo que empezó ahí ya lleva cinco meses de noviazgo. "Uno tiene prejuicios al principio, pero la verdad es que tuvimos una excelente experiencia -cuenta Victoria-. Ahora se lo pasé a dos compañeras de trabajo que también tuvieron éxito."

Por día, hay más de diez millones de coincidencias en Tinder. La aplicación se viraliza de tal manera que hasta a Britney Spears le armaron un perfil en el programa de Jimmy Fallon, días atrás. Y mientras la tecnología se mete en todos los ámbitos de la vida, el viejo "no da conocerse en Internet" deja paso a una tendencia de la que nadie parece quedarse afuera. Es que la moda de Tinder es sólo la punta del iceberg del fenómeno: hoy, cada vez más parejas se conocen online, ya sea en sitios como Match.com.ar o en redes sociales como Facebook, Twitter e Instagram. "Si en un primer momento este uso podía resultar vergonzante por minoritario, con la difusión de estas aplicaciones, y la búsqueda de optimización del tiempo, cada vez se realiza un uso más abierto de ellas", coinciden Mariela Mociulsky y Ximena Díaz Alarcón, de la consultora Trendsity.

El fenómeno crece de tal manera a nivel mundial que una encuesta de del año pasado que la National Academy of Sciences estadounidense hizo a más de 19.000 personas reveló que uno de cada tres matrimonios conformados entre 2005 y 2012 se conoció online. El 45% tuvo ese primer contacto en sitios de citas, y un 20%, en redes sociales. El resto se repartió entre salas de chat, juegos en red, mensajería instantánea, blogs y comunidades virtuales.

Si a Sebastián Panick, de 25 años, lo hubieran consultado al respecto, habría respondido que lo sumaran a él también al equipo de matrimonios con raíz cibernética: con Lucila se conocieron a través de Facebook unos tres años atrás y hoy tienen planes de casamiento para el próximo marzo. Arrancó como casi siempre sucede: con una foto. Lucila era todavía "la amiga de una amiga de una amiga" que lo había visto a él en una foto colgada en Facebook y que un día disparó el clásico: "¿Y ése quién es?". El rumor llegó hasta Sebastián y, para descartar cualquier malentendido, dejó en claro su posición: "Que me hable directamente ella". Al tiempo apareció el cartelito rojo en el extremo derecho de la pantalla y un mensaje que le decía: "Hola".

Pasaron una, dos semanas chateando, hasta que llegó el momento de verse las caras en un bar de Palermo. "Se dio todo de forma bastante natural. En ese momento, no había Tinder y Facebook da mucho para hablar. Quizá la diferencia con un sitio de citas es que ahí lo estás buscando y en Facebook, en cambio, estás paveando y te lo encontrás", dice Sebastián.

Cuando se habla de Tinder y sus bondades para facilitar la concreción de una cita, el experto en redes sociales Tomás Balmaceda recuerda que Facebook también nació como una aplicación que absorbía la base de datos de una universidad para exponer a esos alumnos a esa dinámica "tinderera" del "le das o no le das".

"Ya en su génesis estaba esa búsqueda de encuentro afectivo-sexual o directamente sexual -asegura-. Hay que pensar que si la tecnología involucró tantos cambios en la forma en que vivimos, ¿cómo no va a modificar también la sexualidad?"

Según Balmaceda, esta dinámica de encuentro online que fue adoptada rápidamente por la comunidad gay con sitios como Manhunt o Grindr, ha dejado de ser tabú también en otros círculos. "Tinder terminó siendo algo canchero para encontrar personas, aunque para que alcance un nivel de popularidad muy alto falta que Tinelli le arme un perfil a una bailarina en vivo, como pasó con Britney en ese late night show", dice.

Match.com es otro popular sitio de citas, que en la Argentina registra 2,2 millones de usuarios, de los que seis de cada diez son hombres. Dos características son las que más lo diferencian de Tinder: lo usa una población más adulta (el promedio acá es de 45 años), cuya expectativa suele ser la de encontrar una relación seria (así lo declaran un 95% de mujeres y un 75% de hombres).

"Las personas se dan cuenta de que las citas online son una manera práctica de conocer gente nueva que no es parte de su círculo diario de amistades o de compañeros de trabajo -explica Gael Deheneffe, director de producto de Match.com-. Creo que hoy la gente es más exigente, demandante y está más ocupada. Los sitios de citas son ideales para aquellos muy selectivos porque se les ofrece cientos de criterios de búsqueda para elegir su cita y agrupar gente que busca lo mismo."

Ahí se conocieron la arquitecta Inés Goldvarg, de 45 años, y el locutor Guillermo Jelen, de 51. En realidad, fue ella quien, navegando el sitio, se cruzó con su perfil: le conmovió cómo hablaba de sus hijos y de sí mismo. Decidió escribirle un domingo por la mañana de enero de 2009. Al mediodía, ya tenía una respuesta: él le contaba que andaba en Mar del Plata, de vacaciones con sus chicos y trabajando. Ese primer contacto devino en un intercambio epistolar digital diario que duró dos meses, en los que se relataron sus vidas. Después llegó ese primer mensaje de voz que le dejó Guillermo y, finalmente, el encuentro en un bar frente a la plaza Armenia, donde uno dijo: "No estoy para la joda". Y el otro contestó: "Yo tampoco".

"Hay gente que pone fotos mentirosas o que muestra momentos de esplendor que ya pasaron... y entonces al encontrarse la desilusión es muy grande", comenta Inés. Para ellos, no hubo tal desilusión y ya llevan cuatro años viviendo juntos. "Nunca tuve prejuicios -asegura Guillermo-. Desde ese momento en que opté por subir un perfil me abrí a esta posibilidad. Sí es cierto que aún hoy cuando lo cuento hay gente que se sorprende. Probablemente, tenga que ver con que encontrar a una persona que sea la horma de tu zapato es muy difícil. Y la mayor parte no es acorde con lo que uno busca."

La dinámica puede cambiar según cada sitio, pero el primer flechazo online suele tener un mismo desencadenante: una foto. Después sí vendrán las coincidencias en los gustos, los kilómetros de distancia que advierte el geolocalizador, o la fluidez y comodidad en el chateo. Como afirma el médico psicoanalista de APA Ricardo Rubinstein, más allá de la foto, la cantidad de canales sensoriales en juego son menores que en un encuentro presencial, y ese registro sensorial queda limitado a la manera de escribir o al contenido de esos mensajes.

Sin embargo, que Instagram sea una red social en la que prima lo estético y lo visual antes que cualquier otro intercambio no fue obstáculo para que Kevin Machta, de 24 años, le diera a entender a Leila Canóvas Jabaz que estaba más interesado en ella que en sus fotos. Aunque ella, por lo menos en Instagram, nunca acusara recibo: "Instagram es el filtro. Es como cuando vas al boliche: esa primera impresión . La empecé a seguir y le fui likeando fotos por un mes. Cuando vi que no había respuesta, dije: «Ya fue, la agrego a Facebook». Me preguntó quién era, le inventé alguna historia para poder entrar, empezamos a hablar y después pasamos a las notas de voz de WhatsApp. Eso fue en abril y ahora estamos noviando".

El mismo enamoramiento

La psicoanalista de APA Diana Sahovaler de Litvinoff, autora del libro El sujeto escondido en la realidad virtual, explica que el enamoramiento online y offline es exactamente el mismo, tanto que el cuerpo reacciona de la misma manera. Pero destaca que el anonimato y la distancia característicos de la relación cibernética pueden crear tanto un disfraz, como también la posibilidad de un sinceramiento mayor. "Al haber distancia y no estar dentro del círculo de gente conocida, se animan a mostrar más lo íntimo -describe-. Incluso hay una tendencia a pensar que el cara a cara va a desilusionar y no siempre es así: la realidad no es necesariamente peor que la fantasía."

Así resultó entre Victoria y Tabaré. Se venía el cumpleaños de ella y él estaba invitado, pero la condición era conocerse antes. Hasta entonces, sólo habían estado hablando por Facebook y WhatsApp. Él pasaría a buscarla por la casa. "Me daba vergüenza, estaba renerviosa. Tenía en mente que saldría y lo conocería dentro del auto y de repente lo veo que se bajó y caminó hacia mí con una seguridad que me cautivó. Fue la cereza del postre." Ahora, cada vez que les preguntan cómo se conocieron, se miran y se ríen. También ellos se preguntan qué les contarán a sus hijos el día de mañana. Bueno, seguramente, empiecen por explicarles de qué se trataba eso de Tinder.

Producción de Lila Bendersky

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