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El Papa ante el desafío de los nuevos tiempos

El debate teológico abierto por el Sínodo que convocó Francisco en busca de cambios pastorales que acerquen a los fieles es la punta del iceberg de una discusión más profunda que evoca antiguas confrontaciones

Jueves 25 de septiembre de 2014
PARA LA NACION
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MILÁN.-El Sínodo se acerca y el mar de la Iglesia se encrespa. Se enciende el debate, lo cual es fisiológico y positivo. Y vuelan los trapos, lo cual suena menos virtuoso, aunque no sea ninguna novedad. La contienda es sobre la familia, en apariencia, incluidas las "situaciones difíciles e irregulares", como se lee en el documento introductorio, especialmente la praxis pastoral respecto de los divorciados que se han vuelto a casar. ¿Tienen derecho al sacramento de la comunión, a ser parte plena de la grey católica? ¿O al otorgárselo, la Iglesia traicionaría el depósito de la fe, la pureza de la doctrina?

Foto: LA NACION

La familia, precisamente, es el tema del Sínodo. Y la familia está tanto en el centro de la doctrina moral católica como en el vértigo de cambios radicales. No hay quien no lo vea: en las sociedades contemporáneas, hay muchas y diferentes familias, inimaginables hasta hace poco. ¿Qué tiene que hacer con ellas la Iglesia? ¿Desentenderse? ¿Darles la espalda? ¿Acogerlas? ¿Acaso condenarlas, aunque sus miembros deseen formar parte de ella y sean buenos feligreses? Así pasa con muchos hombres y mujeres vueltos a casar. Y de ahí el gran desafío, el eterno dilema de la convivencia entre dogma e historia, doctrina y pastoral, conservación y cambio, gobierno monárquico y pluralismo eclesial. Dilema cada vez más parecido a la cuadradura del círculo a medida que el mundo se aleja de lo sagrado, que el individuo mal tolera los dogmas, que las masas se descristianizan, y la voz de la Iglesia suena apagada y lejana.

Por eso, el debate teológico sobre la familia es apenas la punta del iceberg, y las virulentas polémicas al respecto dejan entrever el volcán que amenaza con entrar en erupción dentro de la Iglesia. Erupción que evoca a su vez antiguas confrontaciones entre diferentes ideas de Iglesia, quizás entre opuestos conceptos de la misma fe.

Por un lado, están las huestes movilizadas en defensa del cardenal William Kasper, a quien el mismo Papa confió la tarea de reflexionar sobre el tema y cuya posición es de franco apoyo a permitir la eucaristía a los católicos divorciados que se han vuelto a casar por civil. Para ellos, éste es el camino de la misericordia, de la comunión; no es cuestión de adaptar la moral católica a la modernidad, sino de verlo todo a la luz del Evangelio y reconocer, en esa perspectiva, que ya no existe "la familia", sino "las familias", formadas por seres humanos concretos, con sus esperanzas y dolores. Por el otro lado, los ejércitos del rigor también se han preparado para la batalla. La llamada a las armas vino a través de un libro cuyo título habla por sí mismo -Permanecer en la verdad de Cristo-, firmado por cinco cardenales de primera línea. Su posición es clara: no es admisible que, para introducir cambios pastorales, se abandone la doctrina eterna de la Iglesia. Más claro, no podría ser.

¿Y el Papa? Frente a una situación en la que antiguas brasas vuelven a quemar bajo las cenizas, su posición no es nada envidiable. Todo hace pensar que Francisco simpatiza con las tesis de Kasper. Pero tampoco puede pasar por encima del Consistorio de febrero, cuando esas mismas tesis fueron aprobadas por apenas 15 cardenales y rechazadas por 85. Menos todavía, Francisco puede dejarse alistar en uno de los ejércitos. El Papa debe ser un poco pirómano, para encender en la Iglesia la llama de la misericordia que la acerque a los feligreses que se han alejado, pero también debe ser bombero, para impedir que esa llama lo exponga a la acusación de hacer peligrar la ortodoxia doctrinal y alimente antiguas y violentas diatribas: progresistas versus conservadores, posconciliares versus preconciliares, todas etiquetas de las que las posiciones opuestas de hoy son conscientes herederas.

Por otra parte, es inevitable que su luna de miel con la grey católica se enfrente hoy por primera vez con serios peligros a medida que su pontificado se define respecto de los grandes nudos y las diferentes opciones de la historia eclesiástica. Por ahora, Francisco se ha movido con prudencia, hasta se podría decir con astucia, evitando dejarse arrastrar por los ecos de esas antiguas contiendas. Se diría que su preocupación ha sido, en primer lugar, la de construir consenso, abrir un espacio de debate plural y, en cierta medida, público dentro de la Iglesia, de crear las condiciones que le permitan, el día en que deberá decidir, hacerlo de la manera más firme y legítima, causando las menores fracturas posibles. De ahí que, mientras le confiaba al cardenal Kasper, cuyas tesis avanzadas eran bien conocidas, un papel tan descollante, Francisco se ocupara de invitar al Sínodo a los más enconados enemigos de esas mismas tesis, aunque esto le valiera duras acusaciones por parte de amplios sectores "progresistas" que habían confiado en él y se sintieron defraudados. Es, en fin, un complicado juego de ajedrez, mezcla de política y espíritu, de táctica y de evangelio. Quién sabe si al final Francisco logrará conducir a la Iglesia entre los escollos del unanimismo paralizante y de la reforma con implosión que ya vivió hace cincuenta años.

Hay algo, sin embargo, en esta gran agitación que está atravesando la Iglesia Católica en vísperas del Sínodo, que suena extraño y abstracto para el observador no comprometido, a quien la mire con respeto e interés, pero sin formar parte de ella. Por un lado, es muy fuerte la impresión de una escasa empatía entre el acalorado debate de los teólogos y las preocupaciones espirituales de gran parte de los feligreses. En fin, es como si en la Iglesia -como en la política contemporánea- existiera un creciente abismo entre clase dirigente y base. Tal vez por eso podría no ser tan desubicada la impresión de que Francisco esté tentado de dirigirse a la feligresía por encima de las estructuras eclesiásticas. Veremos. Pero hay más.

Si bien teólogos y cardenales, profesores y militantes se aproximan al Sínodo como si fuera una especie de reedición del Concilio Ecuménico y una nueva etapa de las luchas que desde entonces quedaron abiertas y pendientes en la Iglesia, la verdad es que mucho ha cambiado. Ni el Sínodo ni un posible Concilio tendrían hoy una décima parte del enorme impacto que tuvieron en el mundo de los años 60 del siglo XX, cuando las sociedades estaban profundamente plasmadas por las creencias religiosas y el cambio en esa esfera significaba al mismo tiempo un cambio radical de las costumbres, de la moral, de los valores colectivos. La reforma de la Iglesia era entonces parte de la más general transformación del mundo. Hoy no: las reformas de la Iglesia prometen ser muy relevantes para los feligreses más activos, pero mucho menos o casi nada en la perspectiva de la sociedad en su conjunto.

Cualquiera que sea la postura teológica de la Iglesia, seguirán formándose familias de todo tipo y sus miembros serán creyentes o no creyentes, buenos o malos ciudadanos tanto si la Iglesia les concede la comunión como si no se las concede. El ruido que agita a la Iglesia es el reflejo de su creciente pérdida de relevancia.

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