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Madero x 20

Crónica por el barrio que a dos décadas de renacer quiere ser tan porteño como los demás

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LA NACION
Domingo 05 de octubre de 2014
Los primeros docks se habilitaron en 1994; hoy es el barrio que más crece en cantidad de habitantes
Los primeros docks se habilitaron en 1994; hoy es el barrio que más crece en cantidad de habitantes. Foto: LA NACION / Estrella Herrera
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A Puerto Madero no hay que entrar por el lado más conocido, el de los restaurantes alineados en los antiguos silos de ladrillo a la vista sobre la avenida Alicia Moureau de Justo. Tampoco basta con cruzar el agua por el puente peatonal de Calatrava (mientras aguante) y pasear por la rambla del lado de enfrente. Para realmente sentirse transportado a un país del Primer Mundo hay que encarar por el puente giratorio del dique 1, que aun modernizado no deja de atraer nuestra atención telúrica cada vez que gira. Detrás del cóncavo Museo Fortabat, el del Warhol con la cara de su dueña, empieza una calle modesta y perseverante como la maestra que le da nombre, Olga Cossettini. Aunque resulte mucho más cómodo recorrer los tres kilómetros a la vera del agua o por Juana Manso, que no se llama avenida, pero lo es, sólo andando por esta vía intermedia –y por sus brevísimas transversales– se entiende que Puerto Madero no es sólo un lugar para ir a comer o un conjunto de rascacielos, sino un pequeño barrio hipermoderno con edificios de altura agradable (20 y 30 metros) que parece estar en Berlín o Singapur o en cualquier otra parte, menos en Buenos Aires.

El extrañamiento que siente casi cualquier porteño no es sólo arquitectónico. La amplitud y el vacío (potenciado por las pocas personas que circulan o salen de la oficina a fumar), la tranquilidad y el silencio (escandido por las centrales de aire acondicionado), la pulcritud de las veredas uniformes (en la que una eventual caquita de perro adquiere aires de una instalación artística), la ausencia de carteles publicitarios y de puestitos de diarios (sólo hay uno sobre el bulevar Azucena Villaflor), el viento fresco e impoluto que llega directo desde el río, todo contribuye a consolidar en el visitante (local) la certeza de que nos podremos pelear por cuál de los cien barrios porteños es el más distintivo, pero estamos todos de acuerdo en cuál no lo es. Un visitante realmente visitante que llegara aquí de noche y no saliera en los días sucesivos difícilmente podría decir que estuvo en Buenos Aires.

El puente de la mujer, diseñado por Santiago Calatrava, es una síntesis
El puente de la mujer, diseñado por Santiago Calatrava, es una síntesis. Foto: LA NACION / Estrella Herrera

¿O sí? Porque los carteles de las calles siguen siendo en blanco y negro, y su numeración sigue saltando de cien en cien (aunque podría ir de uno en uno). Las veredas tienen árboles cada diez metros, rampa para discapacitados y los clásicos tachos de plástico naranja. Las calles, que en Europa serían doble mano, acá se obstinan en la mano única, y aunque la cantidad de autos de alta gama es ostentosa, también circulan muchos que en el Primer Mundo no pasarían la inspección más elemental. No hay trapitos cuidando los vehículos que dejan los que trabajan en el Centro, pero sí aparecen en la costanera sur los fines de semana; no hay limpiavidrios en las esquinas, pero sí colgados de los edificios de cristal; el barrio no tendrá bibliotecas populares, pero la de la UCA es pública y está muy bien provista, y aunque sea el barrio más despoblado (oficialmente sus habitantes no llegan a 8 mil), también es el que más creció en la última década.

Y más. Aquí, el día no parece arrancar nunca, pasan las horas y todo es serenidad de alta mar, pero de noche hay más movida que en casi cualquier otro sitio. También es verdad que en este paraíso de la especulación inmobiliaria el metro cuadrado no baja de los cuatro mil dólares, pero lo cierto es que la gente sigue colgando la ropa en el tender del balcón. Difícil encontrar aquí rincones sórdidos, como los que dan su particular encanto a los barrios porteños, pero para eso está el casino flotante, cuyas coloridas salas de slots encogen el corazón (para barcos, mejor hundirse en las impresionantes salas de máquinas de la Fragata Sarmiento). Las calles podrán estar vacías en relación con el Centro, pero los locales de comida al peso se llenan al mediodía, y ninguna cadena de comida de este lado de los diques deja de tener sucursales del otro. Las torres de Madero cambiaron (crearon) el skyline de Buenos Aires, pero también se las puede apreciar por separado en Palermo y Belgrano. Ni siquiera los prefectos, con sus elegantes pantalones beige, son ya exclusivos del barrio más exclusivo, sino que patrullan también barrios como La Boca o Villa Soldati. Aunque sigue bajo la égida de la Corporación Antiguo Puerto Madero, el barrio es parte formal de la Comuna 1, y como toda zona de concentración de riqueza alberga su opuesto escandaloso y funcional, la Rodrigo Bueno, casi una villa boutique por sus dimensiones.

Sushi, en la calle Pierina Dealessi
Sushi, en la calle Pierina Dealessi. Foto: LA NACION / Estrella Herrera

¿Es el barrio 101 de Buenos Aires, entonces? Basta vivirlo un par de días para volver a dudar y sentir que sigue siendo lo que es: una isla. En su Jumbo, por ejemplo, no valen las ofertas que valen para los otros, y aunque ya se instalaron aquí un par de supermercados chinos, lo cierto es que no están protegidos por las típicas rejas celestes ni la sección verdulería está a cargo de un hermano latinoamericano, sino de un refrigerador con productos esmeradamente seleccionados y empaquetados. Otra gran diferencia es que por el barrio no pasan colectivos (salvo de turistas), y al que baja de su departamento le resulta más fácil comprar un auto de lujo que un paquete de cigarrillos. La central de monitoreo de la Prefectura parece la de un barrio privado y por sus vigiladas calles se oye más portugués que castellano. Algunas de estas calles, como la Lola Mora en Zen City (el arrabal norteamericano del distrito), son tan nuevas que no aparecen en los mapas, ni siquiera en los de Google.

Y más. Puerto Madero no cuenta ni con una escuela, aunque se supone que su parroquia debe construir una en el terreno que tiene detrás (¿la imitará la sinagoga Breit Jabad?). Tampoco hay centros médicos, sólo de belleza, aunque se supone que harán uno cuando termine de construirse el shopping center sobre el dique 4. Sus parques sin rejas tienen un diseño y un mantenimiento ajeno a cualquiera de la ciudad. Para comprobarlo, basta con caminar por la vereda arbolada de Aimé Painé al 1500 o con descansar en los bancos del bosquecito de álamos aledaño (de espaldas al pomposo edificio Chateau, en lo posible). En realidad, basta con cenar en el sofisticado Osaka o darle duro a la blanda carne de Cabaña Las Lilas (incluida la de Kobe, a 600 pesos el churrasco) para convencerse de que estamos dentro de una doble reserva, que incluye la ecológica.

Así y todo, Puerto Madero insiste con ser parte de Buenos Aires, y aun de la Argentina. Consciente de que siempre hará la diferencia (en este momento se está construyendo lo que será la torre residencial más alta del subcontinente, que tendrá su propio lavadero de autos y hasta un spa para animales, todo por módicos siete mil dólares el metro cuadrado), el plan parece ser el de resaltar deliberadamente su localismo. De ahí los monumentos a Fangio, al taxista (con sus respectivas máquinas) y al tango (al bandoneón, en realidad). De ahí también las estatuas de Inodoro Pereyra, Diógenes y demás clásicos del humor gráfico nacional en lo que se ha dado en llamar el Paseo de la historieta, una extensión al aire libre del recientemente creado Museo del Humor, que funciona en lo que era la antigua Cervecería Munich, un clásico de la época de oro de la costanera sur. A estos argentinismos culturales habría que añadir los nombres de las calles y de las plazas, todos femeninos salvo curiosamente la Haroldo Conti, que linda con la magnífica fuente de Las Nereidas (en la que por cierto al fin fluye el agua).

La discreta entrada del Hotel Faena
La discreta entrada del Hotel Faena. Foto: LA NACION / Estrella Herrera

Y sin embargo –sin embargo–, esta defensa de lo argentino que hace La Défense de nuestra pretendida París sudamericana vuelve a alejarla del país al que proclama pertenecer, precisamente porque lo conmemora como si estuviera distante o fuera ajeno, al modo de un parque temático. La misma paradoja, pero de orden temporal, subvencionan los resabios portuarios: los amarraderos de hierro, más atractivos que las rimbombantes esculturas que tienen cerca; las maravillosas grúas, bellamente iluminadas de noche, al igual que el resto del barrio con sus lámparas de luz solar; los silos que aún sobreviven al lado de la embajada holandesa, que se mudó aquí porque "estar rodeados por agua e interconectados a la ciudad por medio de los puentes nos recuerda de algún modo a Amsterdam –explica Blanche Voorneeman, agregada de política y cultura–, y esta proximidad con el agua nos transmite un estado de tranquilidad difícil de encontrar en otras partes de la ciudad". Lo portuario que aún perdura en el puerto que nunca llegó a funcionar como tal (el proyecto de Eduardo Madero le ganó al del Ing. Huergo, pero ya cuando lo terminaron de construir había quedado obsoleto) nos devuelve, pese a todo ímpetu de modernidad, a la época remota del granero del mundo.

Nadie parece haber entendido mejor este estatus paradójico de Puerto Madero que Alan Faena. Hasta se podría decir que en cierto sentido lo creó, con esa mezcla de glamour distópico y argentinidad al palo que combina su hotel. "El nuestro es un hotel tradicional, en el sentido de argentino, porque entendemos que el verdadero lujo es lo local", resume su gerente Ariel Barrionuevo. El hermoso edificio, que también incluye residencias permanentes, respeta a rajatabla los silos originales, a la vez que cuenta con el excéntrico diseño interior de Philippe Starck. La entrada discreta, casi neoyorquina, el salón de fumar de corte inglés y las habitaciones de espejos biselados y muebles blancos con doradas patas de león conviven en milagrosa armonía con un restaurante abiertamente inspirado en El Obrero, donde el desayuno ofrece patisserie europea y miel en panal al lado de torta frita y mate. El brunch del fin de semana incluye varios cortes de carne asada en los parrillones campestres del patio, cuyo humo no se distingue del que asciende hacia las torres desde los puestitos de choripán sobre la costanera. Lo que el hotel llama experience managers no es otra cosa que la versión profesionalizada de lo que sería un amigo que te recibe en Buenos Aires y trata de que la pases lo mejor posible.

El barrio un día de semana, con gente que trabaja en la zona aprovechando el sol del mediodía
El barrio un día de semana, con gente que trabaja en la zona aprovechando el sol del mediodía. Foto: LA NACION / Estrella Herrera

Con esta propuesta nac & pomp, Faena atrajo otro nombre de peso internacional, Norman Foster. El Aleph, su primer edificio de viviendas, inspirado en las viejas casas chorizo, puso al barrio como un referente a nivel mundial. El hombre de blanco es también quien creó y mantiene el único centro cultural del barrio, otro edificio que respetó la vieja arquitectura del lugar, pero para albergar muestras monumentalistas de lo más nuevo del arte, e incorporarlas al tejido urbano. Una obra del colectivo Los carpinteros, que se expuso en el Faena Arts Center en 2012, ilumina ahora la callecita donde está la única librería, que también vende objetos raros como bicicletas de bambú (una de sus libreras es además bicicletera). Ese juego de faroles entrelazados tiene más onda que cualquier otro objeto público del lugar y confirma que lo que ellos llaman modestamente el Faena District no sólo está en el centro físico del barrio, sino que constituye su corazón y le da vida a lo que de otro modo podría pasarse de impersonal.

Los empleados del Faena recuerdan que cuando llegaron, hace ahora diez años, el barrio no tenía ni un quiosco. Hoy, nada parece recordar esos tiempos en que la zona era tierra nadie, salvo quizás el campo de deportes del Nacional de Buenos Aires (cuyo calamitoso estado explica por qué puede darnos un ministro de Economía, pero difícilmente un futbolista). "Cuando nos vinimos de La Horqueta, mis hijos tenían vergüenza de decir que vivían acá", recuerda al respecto Mercedes Ginevra. Su marido, Alejandro Ginevra, es el hijo de quien compró y desarrolló lo que hoy es Madero Harbour, donde está la única plaza privada (de acceso público) de la ciudad. En su oficina cuelga una foto de principios de los 90 donde se ve su primera oficina, ubicada "entre un frigorífico donde todavía se faenaba y unos barcos donde se ejercía la prostitución". Hoy vive con su familia en uno de los tantos edificios que construyó y asegura que el barrio recién empezará a cotizarse en serio cuando ya no quede lugar donde edificar, y sueña con que no sólo Madero incorpore "lo bueno y lo malo" del resto de Buenos Aires, sino que el intercambio sea también a la inversa. Una utopía problemática para quienes quizá preferimos que siga siendo una parte aparte de la ciudad, el país que no miramos versión high end.

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