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Miradas sobre la ciudad luz

En un mismo libro, la escritora argentina Sylvia Molloy y el novelista catalán Enrique Vila-Matas cuentan su relación íntima con París, central para la formación de cada uno de ellos

Viernes 31 de octubre de 2014
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PARA LA NACION
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Así como Borges sostenía que la ausencia de camellos en el Corán alcanzaba para demostrar que el libro sagrado del Islam era árabe, podemos afirmar que la ausencia física de la Torre Eiffel en [escribir] París prueba que Sylvia Molloy y Enrique Vila-Matas no son simples turistas, sino dos escritores que en la capital francesa juegan de locales.

La convivencia de relatos de Molloy (Buenos Aires, 1938) y Vila-Matas (Barcelona, 1948) en un mismo libro no es fortuita; es parte de una colección: Destinos Cruzados. En ella el único requisito es que dos autores -hombre y mujer de distintas nacionalidades- escriban sobre un mismo país o ciudad, que no sean los propios. Si bien esta premisa resulta demasiado amplia como para compararla con las restricciones formales que los miembros del grupo Oulipo le imponían a sus textos, la idea de reunir dos miradas extranjeras sobre un mismo punto del planeta recuerda de algún modo el espíritu lúdico de aquellos maestros de límites y fronteras.

El París de Molloy se lee en dos tiempos: "Primer París", su viaje bautismal realizado en 1958, y "París después", que incluye sus estadías posteriores. Desde el primer encontronazo con la ciudad, cuando Molloy era una estudiante que cursaba en la Sorbona, despunta en ella el afán de asimilarse a los nativos: "Yo quería ser estudiante francesa, no extranjera, y me inscribí en una licenciatura de letras modernas con estudiantes de veras franceses". El París de Molloy es el París de un agente secreto. Quiere confundirse con el resto, haciéndose pasar por algo que no es. Esta misión autoimpuesta es un voto que renueva en cada viaje: "Paraba en el hotel La Trémoille, que aplicadamente había yo aprendido a pronunciar tremuy y no tremoay, no fuera que me consideraran extranjera o, lo que es peor, provinciana". Ser como los parisinos es el mejor modo de mirar sin ser visto. Ser el espectador privilegiado de ese espectáculo que es París. Está claro que para Molloy, como para Nadja, la estudiante de letras yugoslava de un cortometraje de Éric Rohmer de 1964, la ciudad es tanto o más importante que los libros.

La voluntad de mímesis de Molloy es tan cabal que le impide traducir al castellano ciertas expresiones o giros idiomáticos. Prefiere pecar de esnob ante el lector desprevenido a traicionar su pantomima. Esto no quita que en su fuero íntimo sepa perfectamente quién es: "El Hotel des Deux Continents era mi destino. (Nunca supe cuáles eran esos dos continentes pero la disponibilidad espacial del nombre era como un resumen de mi vida.)".

El último texto de Molloy es una suerte de carte du Tendre -o mapa del afecto- escandida por ausencias muy presentes, que la autora transita con un dejo de melancolía ante la imposibilidad de reconocer algunos lugares, o darse cuenta de que otros ya no existen.

Este desconcierto ante la mutación de la ciudad es el puntapié ideal para virar al mosaico de crónicas de Vila-Matas reunidas bajo el título de "Aire de París", porque para él la capital francesa es siempre irreconocible. Lo era cuando la habitó en su juventud dado que, entre otras cosas, Hemingway y compañía ya no vivían allí; y lo sigue siendo hoy por motivos más o menos similares. En su primer artículo, hay un comienzo de oración referido al Dingo Bar que sintetiza a la perfección lo que Vila-Matas siente respecto de la ciudad: "Cuando esto era lo que era?". El París del autor de Dublinesca es un palimpsesto. Lo que importa nunca es lo que se ve sino lo que hay debajo, o lo que leyó que hubo debajo, que es prácticamente lo mismo. El aggiornamiento de la ciudad, como sucede con el del bar, le resulta banal: "Hoy todo tiene un aire tan vulgar de trattoria ordinaria que nadie diría que aquí hubo gran variedad de acontecimientos alcohólicos y que este local fue el preferido de Sinclair Lewis, John Dos Passos, Ezra Pound".

Vila-Matas es una suerte de inquisidor de París. Alguien que se para en la vereda de enfrente y sin ser francés, ni tratar de parecerlo -su primera crónica empieza tras la celebración de un gol de Messi-, les suelta a los parisinos, y al resto de los mortales, todo aquello que seguramente aún no sepan sobre la ciudad: que Scott Fitzgerald cayó borracho en la mesa de Hemingway, que Apollinaire fue el inventor de la palabra surrealismo, qué von Horváth fue asesinado por la rama de un castaño. Esta actitud de sabelotodo capaz de perderse en disquisiciones teóricas acerca de, por ejemplo, la eterna pulseada entre trama y estilo podría resultar pedante para más de uno. Sin embargo, la ironía de su impronta y el sincero afecto que se evidencia cuando recuerda a escritores como Perec o Kafka lo eximen del malentendido.

El París a dos voces de Molloy y Vila-Matas es un dúo perfecto porque ambos, como Duchamp, han sido frecuentes "respiradores" de la ciudad y supieron insuflarle al libro ese componente vital e infraleve que es el aire de París. Si existiera un puente invisible entre el París de uno y otro ese puente se llamaría John Ashbery. Molloy sin querer lo parafrasea cuando dice: "Para el que va a París, home es algo que se ha dejado para siempre atrás. Si bien no me encontraba del todo ya sabía que, de volver a mi punto de partida, me sentiría completamente desubicada". Y Vila-Matas, que ya lo había citado en París no se acaba nunca, esta vez calla y otorga aquello tan cierto que escribió el poeta norteamericano: "Después de vivir en París, uno queda incapacitado para vivir en cualquier sitio, incluido París".

[escribir] París Sylvia Molloy y Enrique Vila-Matas Brutas editoras 102 páginas $ 145

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