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Las promesas incumplidas del nuevo amanecer

En 1989, estaban claros los ganadores del mundo que vendría: la democracia, el capitalismo, la globalización, la "muerte de las ideologías". 25 años más tarde, aumentan las desigualdades, la política está cuestionada, y las nuevas intolerancias y fundamentalismos se repiten en casi todo el globo. Qué desafíos enfrenta un planeta que, al mismo tiempo, mejoró la calidad de vida en muchas regiones, aloja a una juventud movilizada, sigue defendiendo la democracia e imagina, aún tímidamente, formas de un capitalismo más humanizado

Domingo 09 de noviembre de 2014
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LA NACION
Foto: Martín Balcalá

PARÍS. En 1989, cuando el imperio soviético acababa de estallar y el Muro de Berlín caía a golpes de maza, Alexander Arbatov, consejero diplomático de Mikhail Gorbachov, lanzó a Occidente una frase premonitoria: "Les haremos el peor de los favores: vamos a dejarlos sin enemigo". Un cuarto de siglo después no hace falta ser un ideólogo de izquierda o de derecha para reconocer que el mundo occidental tiene serios problemas.

Hace 25 años, cuando cayó el Muro de Berlín, la economía liberal y la democracia parecían marchar juntas, de la mano, hacia la apoteosis. El comunismo había fracasado, los políticos del planeta cantaban odas a los mercados desregulados y el historiador norteamericano Francis Fukuyama aseguraba que nos hallábamos ante "el fin de la historia".

Hoy, ya nadie habla de los efectos benéficos de la libre circulación del capital. La preocupación de los responsables políticos es el "estancamiento secular", como lo califica el ex secretario del Tesoro norteamericano Larry Summers. La economía de Estados Unidos crece dos veces menos que en los años 1990. Japón se ha transformado en el "enfermo" de Asia. Y Europa se sumerge en una recesión, que incluso arrastra a la poderosa locomotora exportadora alemana y amenaza la prosperidad del bloque.

El capitalismo del siglo XXI es un capitalismo de la incertidumbre, como quedó en evidencia hace dos semanas, cuando sólo bastaron unas pocas malas cifras sobre los resultados del comercio en Estados Unidos para que todas las bolsas del mundo se derrumbaran, y los medios financieros hablaran nuevamente -por milésima vez- de un "flash crash".

Políticos, economistas y pensadores en los cuatro rincones del planeta piden cada vez con más vehemencia nuevas iniciativas a favor del crecimiento. El problema es que el arsenal de los gobiernos está vacío. Los centenares de miles de millones en paquetes de estímulo invertidos durante la crisis financiera de 2008 han creado montañas de deuda en la mayoría de los países industrializados, que ahora son incapaces de financiar programas de reactivación.

"Los bancos centrales no están en mejores condiciones. Redujeron las tasas de interés casi al 0% y gastaron inmensas fortunas en la compra de bonos de la deuda pública. Sin embargo, la enorme cantidad del dinero que colocan en el sector financiero jamás llega a la economía real", señala el economista francés Philippe Dessertine, director del Instituto de Altas Finanzas de París. "Ya sea en Japón, en Europa o en Estados Unidos, las empresas han dejado de invertir en nuevas maquinarias o industrias. Al mismo tiempo, el apetito de los inversores aumenta en forma meteórica en aquellos sectores que alientan la especulación financiera, como los valores bursátiles, el mercado inmobiliario o de bonos", precisa.

Expertos del Banco de Pagos Internacionales (BPI) han advertido sobre la presencia de "signos preocupantes", anunciadores de inminentes "crashes" en numerosos sectores de la economía mundial.

Pero el nuevo capitalismo financiero que fue apoderándose de Occidente hasta dominarlo totalmente no se reduce a esos nuevos riesgos. También exacerba conflictos sociales en el seno mismo de las naciones más industrializadas. Mientras el salario de los trabajadores se estanca y el rendimiento de las cuentas de ahorro tradicionales se ha vuelto irrisorio, los ricos -aquellos que obtienen sus ingresos haciendo que el dinero trabaje por ellos- son cada vez más pudientes.

Según el último "Global Wealth Report" (Informe sobre la Riqueza Mundial), la riqueza privada mundial creció alrededor de 15% el año pasado: casi dos veces más rápido que en los 12 meses precedentes. Según ese informe, el 1% de la población posee más de la mitad de la riqueza mundial.

"La sociedad del 1 por ciento"

En ese marco, la crisis del capitalismo se ha transformado en crisis de la democracia. En la mayor parte del planeta, los ciudadanos sienten que han dejado de ser gobernados por parlamentos o legislaturas, para caer en manos de bancos, fondos de inversión u oscuras entidades supranacionales que aplican la lógica del bombero suicida con tal de asegurar sus beneficios: se los rescata o arrastran con ellos a la muerte a toda una sociedad.

La situación es tan seria que incluso los principales defensores del liberalismo han comenzado a utilizar términos como "sociedad del uno por ciento" o "plutocracia". Ya no es sólo el economista progresista Thomas Piketty quien señala los efectos perversos de la desigualdad en la distribución de recursos: hasta el jefe de comentaristas del muy liberal Financial Times, Martin Wolf, califica la omnipotencia de los mercados de capitales de "pacto con el diablo".

Es verdad, no todas son malas noticias. En su informe sobre la pobreza extrema en el mundo, Naciones Unidas afirma que el objetivo de reducir entre 1990 y 2010 la proporción de la población que vivía con menos de un euro por día fue alcanzado. En 25 años, las tasas de pobreza extrema se redujeron a la mitad prácticamente en todo el mundo.

En las zonas en desarrollo, la proporción de población que dispone de menos de un euro por día para vivir pasó de 47% en 1990 a 22% en 2010. El mejor ejemplo es China, donde la pobreza extrema en 1990 era de 60% y de 12% en 2010.

Sin embargo, 1200 millones de personas siguen viviendo en la indigencia. La crisis económica y financiera destruyó cerca de 67 millones de empleos y una persona de cada ocho continúa acostándose en el mundo con el vientre vacío. En el mundo, uno de cada seis niños de menos de cinco años sufre de algún tipo de malnutrición, y uno de cada cuatro, de atraso de crecimiento.

Hay buenas noticias para el mundo desarrollado. Desmintiendo los temores que dominaban los años 1990, Alemania realizó con éxito su reunificación y -a pesar de las turbulencias actuales- aparece como uno de los pilares de la estabilidad europea. El encuentro de líderes responsables, desde Helmut Kohl hasta Angela Merkel, pasando por Gerhard Schroeder, y de un pueblo dispuesto a sacrificarse y aceptar drásticas reformas provocó ese envidiado "milagro alemán".

¿Y qué decir de Europa Central? La calidad de vida actual de polacos, croatas, albaneses, lituanos o checos hubiera parecido simplemente una quimera hace 25 años. Desde entonces, toda una generación creció en libertad, en el seno de sociedades gobernadas por el juego democrático y la ley. La mayoría de esos países, otrora aplastados por el totalitarismo, se incorporaron poco a poco a la Unión Europea (UE) e incluso son actualmente socios de la OTAN.

En ese vertiginoso proceso de democratización hubo dos grandes tropiezos. El primero fue el poder ininterrumpido y las exuberantes riquezas amasadas por las elites del viejo sistema, que demostraron ser mucho más capaces de adaptarse al desenfrenado capitalismo que denunciaban que al socialismo que predicaban. A imagen de la nomenklatura de Rusia, el principal miembro del ex Pacto de Varsovia, jefes de partido y ex agentes secretos de Europa Central aprovecharon el caótico período de los años 1990 para comprar a precio vil los mejores recursos del Estado y amasar fortunas que superan la imaginación.

El segundo de esos tropiezos fue la crisis financiera de 2008, que comenzó en Estados Unidos con las tristemente célebres subprimes, y se extendió como reguero de pólvora al resto del planeta provocando quiebras, millones de desempleados y empobrecimiento generalizado. En toda Europa -no sólo en el este del continente- ese tsunami económico se tradujo en un renacimiento de la extrema derecha, la xenofobia, el racismo y, sobre todo, de un profundo descreimiento en la democracia por parte de los jóvenes, principales víctimas de la crisis.

Inspirada por la ola de revolucionarias (y después fracasadas) manifestaciones en Medio Oriente y el norte de África, la "indignación" se extendió por Europa hace tres años cuando, en plena crisis financiera, miles de jóvenes salieron a las calles a exigir "democracia ya".

Aquellos manifestantes se inspiraban entonces en el filósofo y ensayista Stéphane Hessel, desaparecido en 2013. Poco antes de morir, ese gran visionario de 94 años decidió lanzar una advertencia contra toda tentación de desertar de las urnas. "Mi mayor preocupación es el desapego de las jóvenes generaciones a las verdaderas democracias [parlamentarias]", afirmaba el ex diplomático y ex resistente.

La preocupación de Hessel era justificada. En realidad, no es la democracia la que ha dejado de cumplir sus promesas en estos 25 años, sino el nuevo capitalismo financiero, que logró hacer de ella su primera víctima. El problema es cómo rescatarla o reemplazarla.

Enceguecidos por su milagro económico, muchos cantan loas al modelo chino. "¿China? ¿Régimen totalitario, ejemplo de desarrollo económico a marcha forzada, donde los niños siguen trabajando de noche, durante 13 horas, sin vacaciones o contrato de trabajo, pagados con salarios de miseria?", pregunta el sinólogo francés Jean-Philippe Béja. "Según la ONG China Labor Watch, esos niños obreros reciben un sueldo 67% inferior al de los adultos", precisa.

¿El ultranacionalismo promovido por los nuevos líderes de la extrema izquierda o la extrema derecha en diversas partes del mundo? "La historia del siglo XX y sus catástrofes bélicas demostraron claramente cuál es el precio a pagar por esas desgraciadas aventuras", responde el historiador Jean-Pierre Azéma.

En apenas un cuarto de siglo, el retorno a los viejos demonios permite preguntarse si los hombres no han perdido la capacidad de imaginar un futuro. Tal vez la respuesta resida en las nuevas relaciones entre capitalismo y democracia que aparecen aquí y allá, como la llamada "economía participativa", en la que el objetivo es pasar del "cada vez más al cada vez mejor". Ésa es la teoría del gurú norteamericano Jeremy Rifkin, quien, en su reciente libro, La nueva sociedad del costo marginal 0, afirma que "el capitalismo terminará siendo reemplazado por una economía del intercambio y del compartir". Rifkin está convencido de lo ineluctable de esa mutación hacia una sociedad de la gratuidad y la abundancia: "Gracias a Internet y las impresoras 3D, cada ciudadano consumidor podrá convertirse en productor de bienes, gratuitos o intercambiables", afirma.

Pocos son, sin embargo, los románticos que creen en esos mundos mejores. Como una Casandra moderna, cansado de lanzar advertencias a todos los gobiernos del planeta durante más de 30 años, el futurólogo y pensador Jacques Attali esboza en su último libro, Devenir soi (Devenir uno mismo), un futuro apocalíptico para el planeta.

"El mundo se parecerá cada vez más a lo que fue Somalia a partir de 1991, cuando ese pequeño país perdió todos los medios de aplicar las reglas del derecho. Sobre todo cuando en 1995 fracasó una tentativa de las fuerzas estadounidenses y de la ONU de restablecer el orden, y su gobierno se exilió en Kenya. El terreno quedó entonces librado a los señores de la guerra, los jefes mafiosos, los fundamentalistas religiosos y los terroristas de toda naturaleza, tanto en la tierra como en el mar", anota.

Para el ex consejero del presidente François Mitterrand, esa "somalización" del mundo gana terreno inexorablemente. "En ese momento -concluye-, no sólo ya no habrá piloto en el avión, sino que ni siquiera cabina de pilotaje. Tampoco quedarán Bastillas para tomar. Cada uno deberá entonces escoger entre la resignación o la rebelión."

A menos que un nuevo Renacimiento sea posible. Cuando, como sucedió hace un cuarto de siglo, los 2000 millones de personas que el crecimiento demográfico agregará en los próximos 35 años a la humanidad aspiren, a su vez y tal vez de otra forma, a la libertad y a la democracia.

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