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La traducción imprescindible

Cambio. Un grupo de escritores y traductores impulsa un proyecto de ley que dé un marco regulatorio propio a la actividad y favorezca la tarea de quienes realizan versiones de carácter autoral, ampliando su participación en las ganancias que produce la obra

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LA NACION
Jueves 13 de noviembre de 2014
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Sin traducción, nadie que no supiera arameo, hebreo o griego antiguos tendría acceso a la Biblia; sin ese texto sagrado no existiría el cristianismo. Por algo el patrono de los traductores es San Jerónimo, quien hizo la primera traducción completa y bien documentada de la Biblia. Por si se necesitaran otros ejemplos, sólo los angloparlantes podrían leer a Shakespeare y la proyección internacional de Borges se reduciría a los países de lengua hispana. El intercambio de conocimientos y de experiencias entre naciones estaría reservado para los privilegiados que supieran varias lenguas. La traducción es tan obviamente necesaria, tan democratizante, que pasa inadvertida.

En la Argentina la actividad de la traducción no tiene una legislación propia que la regule sino que se encuadra en la Ley de Propiedad Intelectual (11.723), que además tiene 80 años. Por este motivo, un grupo de escritores y traductores, entre los que se encuentran Estela Consigli y Lucila Cordone, de la Asociación Argentina de Traductores e Intérpretes, el traductor Andrés Ehrenhaus y el escritor y traductor Pablo Ingberg, decidió impulsar un proyecto que proteja los derechos de los traductores y, al mismo tiempo, avance hacia una soberanía idiomática.

La Ley Nacional de Protección de la Traducción y los Traductores apunta a acotar la cesión de derechos patrimoniales de los traductores, ya que la ley vigente permite su cesión definitiva. También, a que el traductor perciba ganancias cada vez que la obra las produzca, ya sea debido a reimpresiones o a cambios de soporte (adaptaciones al cine, al teatro, etcétera).

San Jerónimo leyendo, de Murillo
San Jerónimo leyendo, de Murillo. Foto: Archivo

Ingberg, uno de los impulsores de la iniciativa, dijo que el proyecto se focaliza en las traducciones autorales, aquellas que generan derechos de autor. "En su momento la nuestra fue una ley señera y hoy es de las más obsoletas del mundo. El problema es que permite que las editoriales compren los derechos de autor para siempre", sintetizó. En la mayoría de los países del mundo, esto no sucede. Por el contrario, se procura un reparto equitativo de los beneficios si la obra se sigue reproduciendo.

Este poeta, traductor desde hace 30 años, hizo hincapié en el impacto multiplicador que tendría una ley como la que se propone. "Esta ley no parece urgente porque atañe de modo directo a relativamente poca gente, pero de manera indirecta, a la cultura nacional. Es potencialmente fuente de divisas para el país porque desarrollar una buena industria editorial, además de permitir que se lea acá algo producido por nosotros en lugar de comprarlo afuera, genera posibilidades de exportar", dijo.

En este momento, el proyecto se encuentra en la primera etapa del proceso legislativo. Hace más de un año que fue presentado, tratado en comisiones, pero no se lo discutió aún en el recinto. Al término de los dos años, los proyectos de ley que no se tratan pierden estado parlamentario y habría que empezar de cero. Además de los impulsores directos, hay más de 1200 intelectuales que adhirieron porque consideran que los traductores en la Argentina están desamparados por la ley.

El poeta Juan Gelman, fallecido en enero de este año, apoyó esta medida; lo acompañan reconocidas figuras de la cultura como Ricardo Piglia, Beatriz Sarlo, Horacio González, Marcelo Cohen, por nombrar algunos. También adhirieron entidades como la Sociedad Argentina de Escritores (Sade), además de organizaciones internacionales vinculadas a la cultura. Para generar un aval social que impulse el avance en el Congreso crearon un blog con los detalles del proyecto en el que está habilitada la opción de apoyarlo (http://leydetraduccionautoral.blogspot.com.ar/).

La traducción como acto creativo, que no sólo traslada una obra a otra lengua sino a otra cultura. Esta es una de las ideas que defendió la traductora Sandra Toro: "Traducir no se limita a decodificar (lo no dicho puede ser una parte sustancial del mensaje), implica también interpretación y adaptación -re-creación-. En este sentido, es una forma de mediación cultural".

El poeta y traductor del portugués, francés, italiano y gallego Rodolfo Alonso también se refirió a las injusticias de no reconocer los derechos de autor de los traductores, una situación "burdamente ignorada" hasta hoy. Y remarcó la cuestión de la actividad creadora de quienes abordan un texto y procuran trasladar a otra cultura una obra. Allí se pone en juego no sólo el conocimiento del idioma extranjero sino también el dominio del propio; no por casualidad los traductores suelen ser escritores, muchos de ellos, poetas.

"La traducción de la gran literatura, de la literatura entendida como arte, constituye sin duda una creación literaria", dijo Alonso. "Y una forma de creación quizá más ardua y arriesgada que la propia creación personal. Porque le agrega, si se es honrado, una nueva exigencia: respetar al otro".

Walter Benjamin dedicó al tema un texto clave: La tarea del traductor. Y George Steiner, un amplio libro, Después de Babel. Por su parte, el poeta brasileño Haroldo de Campos supo percibir que deberíamos llamarla "transcreación". Difícil lugar el de estos seres que "transcrean" piezas indispensables que van constituyendo la trama de una cultura.

El escritor Martín Kohan también reivindicó esa tarea creativa y esencial de los traductores y cuestionó la costumbre de repetir aquello de "traduttore, traditore" (traductor, traidor). "No siempre nos percatamos de en qué medida el traductor no es el traidor, sino el traicionado", dijo."Sabemos que su tarea no es menos rigurosa (y a veces puede serlo más) que la de los autores a los que traducen, en materia de precisión y de imaginación, en materia de expresión y de palabras. Y sin embargo, al tratarse de derechos y de remuneraciones, esa equivalencia no se reconoce en absoluto. Estas circunstancias, además de injustas de por sí, afectan a sus condiciones de trabajo y comprometen el derecho de contar con textos de calidad cuando no leemos esos textos en su lengua original".

Se podría pensar en lo que se pierde el lector cuando se encuentra con malas traducciones u otras cargadas de modismos, de españolismos, como enfrentarse a una especie de película mal doblada. Además de la lesión económica, el lector pierde el derecho a ejercer, difundir y consumir la propia tonalidad de la lengua, su densidad, su timbre.

El sociólogo y ensayista Horacio González, opinó que prefiere las traducciones en la variedad argentina de la lengua. Y aportó una salvedad en la discusión: "Leer traducciones en español, o incluso malas traducciones, es sin embargo un ejercicio de construcción de la lengua propia que el lector individual no debe desdeñar". Y agregó: "Incluso esos desvíos respecto de la lengua propia expresada en su mejor resplandor, ayudan a reconocer la lenta construcción del idioma en que vivimos, literaria y existencialmente".

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