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"En mi trabajo literario procuro poner cuanto sé"

Entrevista con Rafael Chirbes. El escritor español obtuvo recientemente el Premio Nacional de Narrativa de su país, dotado con veinte mil euros, por su última novela, En la orilla. El hombre que lee sin desmayo desde los tres años, cuando aprendió por obligación de su padre, trabajó como librero y ha desarrollado una obra crítica de la situación política de España. Por Violeta Serrano

Viernes 21 de noviembre de 2014
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A Rafael Chirbes (Valencia, España, 1949) su padre lo obligó a leer desde los tres años. No mucho después, tuvo que recorrer varios colegios para huérfanos de ferroviarios. Más tarde, trabajó como librero y como crítico literario, siguiendo la orden del padre como si fuera ley, exacerbándola. Tanto que ahora, a sus 65 años, ha sido galardonado con el máximo reconocimiento que otorga el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte del gobierno de España: el Premio Nacional de Narrativa, dotado con 20.000 euros.

Algunos pensaron que lo iba a rechazar, igual que el año anterior ocurrió con Javier Marías. Éste alegó que aceptarlo sería incurrir en una "sinvergonzonería". Chirbes no es de la misma opinión. A pesar de condenar tanto dentro como fuera de la ficción la situación política de España -no sólo del actual gobierno del PP, sino ya desde la Transición a la democracia tras la muerte de Franco-, asegura que el premio lo concede un jurado cuyos miembros él desconoce y que, por lo tanto, considera imparcial. Aclara, además, que España no está sumida en una "dictadura sanguinaria", si bien a él no le temblaría la voz en caso de tener ocasión de decirle a Wert, ministro actual de Cultura, lo que piensa de su gestión. Parece que, por mucho que se sospeche, a este escritor mayúsculo no lo van a amansar tan fácilmente. No hay más que leer su obra para intuir que sería extraño, como mínimo, que cambiase la dirección que viene tomando desde su juventud.

Rafael Chirbes está cansado de la prensa. Es comprensible. Vive en una montaña, en un pueblo apartado del sureste español, cercano a Beniaberg, en la provincia de Alicante. Allá dicen que hay, sobre todo, libros. Y dos perros. Lo más preciado en la casa es la soledad del artesano que, lamentablemente, estos días se ha visto interrumpida. De hecho, desde el éxito de su anterior novela Crematorio, Premio de la Crítica en 2007, la calma se empezó a resquebrajar porque, de algún modo, Chirbes estaba sobrepasando la línea de eso que llaman "escritor de culto". No ayuda nada a evitar tal rumbo lo que está suponiendo este último libro que, además de repetir aquel premio, ahora se convierte en joya nacional y, por supuesto, en éxito editorial: derechos de traducción vendidos a Alemania, Italia y Francia, entre otros, más adaptación teatral en ciernes. Un quebradero de cabeza para quien entiende su oficio como una labor artesanal que comporta, como una de sus herramientas básicas, la concentración y el silencio.

Hace veintiséis años que Rafael Chirbes publicó su primera novela, Mimoun, finalista del Premio Herralde entonces y punto de partida, -hoy lo podemos constatar-, de una obra magna comparable a las de los grandes clásicos de la literatura europea del siglo XIX. De hecho, así lo aseguró el jurado, quien comparó su capacidad de retratar la realidad social circundante con la que en su día demostraron Charles Dickens o Victor Hugo al pintar las realidades de Londres y París respectivamente. Lo que Chirbes consigue, con destreza de orfebre, por cierto, es mirar alrededor: grabar, sacar la cámara y transcribir lo que ve. Así dicho pareciera la primera regla del Realismo al estilo de Flaubert. Y, en cierto modo, algo de eso hay. Lo admira, sí, pero su guía, confiesa, en este caso ha sido Benito Pérez Galdós.

Durante la escritura de En la orilla, Chirbes releía el inicio de la cuarta serie de los Episodios Nacionales, ambientados en la España de Isabel II. Según el propio escritor afirma en un homenaje a Galdós publicado en el diario El País, es aquel:

Un momento de oportunidades. Los bienes desamortizados sirven para enriquecer a los especuladores inmobiliarios; los usureros y los burgueses de nuevo cuño adquieren títulos de nobleza mientras la vieja aristocracia que no ha sabido adaptarse se arruina, la Iglesia mueve sus hilos entre las sombras, el nepotismo y la corrupción minan la Administración del Estado, los militares se pelean por el poder y manejan la desesperación de los de abajo, que son quienes aportan la ración de sangre en el tiovivo de una España intrascendente y trágica.

Si uno lo piensa detenidamente, nada demasiado alejado de la situación en la que se ha visto inmersa España en los últimos años. Pero En la orilla es mucho más que una novela sobre la crisis: supone una radiografía descarnada de la verdad del ser humano. Tomando como punto de excelencia la importancia del tono sobre la trama, como es típico en su escritura, Rafael Chirbes construye personajes anónimos que prueban que la talla de la gran literatura reposa, sin duda, en la maestría de la presentación que corre a cuenta de su artífice.

-¿Cree que la novela ha funcionado porque hoy el lector se siente identificado o porque, habiendo o no crisis, lo que retrata En la orilla es la esencia misma del ser humano?

-Un poco en broma digo que los gobiernos español y europeo me han ayudado a escribir este libro, les han dado a mis personajes la desolación que yo he intentado contar. Es cierto que esta novela, que no da facilidades al lector, que además es hirsuta, que cuenta cosas que en principio uno no querría escuchar, de repente se ha conectado no sólo con la crítica sino también con el público de un modo que me resulta sorprendente. Francamente, no lo esperaba. Parece que la mirada de mis dos últimas novelas ha encontrado aquiescencia, parece que el tiempo de los libros se compadece con el del lector, algo que no había ocurrido con mis anteriores novelas, que, sin embargo, tienen similar ambición literaria y textura moral. Ojalá se trate de que expresan valores profundos y no sólo de una cuestión oportunista. En mi trabajo literario procuro poner cuanto sé, cuanto soy, y tengo la ambición, seguramente ingenua, de que mis libros duren cinco minutos más que yo. Ya sé, ya sé que es difícil.

-Algunos, ya sea por envidia o por considerar que la literatura debe ir hacia otro lado, dicen que lo que usted ha hecho es otra vez lo mismo, como si los premios en España se los dieran siempre a un Galdós.

-Ha habido en España una estúpida prevención hacia la literatura que trabaja los materiales estéticos sin perder de vista el exterior, sabiendo que no hay juego de palabras que no sea un arma, porque las palabras son contenedores del exterior y su orden no es nunca inocente. Como digo en Por cuenta propia, me sorprende que quienes afirman estar al servicio de la literatura en toda su pureza la rebajen y la conviertan en un juego como de casa de muñecas y le arrebaten su responsabilidad, su peso social. Olvidan que Flaubert no es sólo un buen prosista, sino que es el cronista de la revolución del 48 con La educación sentimental y un hombre que escandaliza a los escritores refinados de su tiempo, que lo consideran inmoral, vulgar, autor de prosa forense y lastrado por una mirada de cirujano cuando publica Madame Bovary. Hoy los esteticistas lo veneran, olvidando lo que pretendió y lo que significó. Cernuda, a quien tanto veneran y sacan de contexto los esteticistas, llama tontos a quienes desprecian a Galdós sin darse cuenta de su exquisita técnica literaria. Los invita a leer los Torquemada para descubrir que el flujo de conciencia había sido utilizado por el español de modo magistral unos cuantos años antes de Joyce. Es como si sólo se dominara la técnica literaria cuando uno se pone de espalda a la vida. Yo creo que más que una discusión estética, detrás de esas actitudes hay una lucha social y política, y el temor de perder el escalafón de élite de ciertos escritores que basan su poder en convertir la literatura en una actividad iniciática; en realidad, no es otra cosa que reclamarse la exclusiva en el papel de chamanes de las clases superiores.

-En todo caso es cierto que, tal vez como estrategia comercial, de usted han dicho hasta el hartazgo que es el gran escritor de la crisis española. ¿No cree que hablar de "crisis", en España en este caso, pero también en Europa en general, es un reduccionismo, teniendo en cuenta que en países de América Latina, como la Argentina, sin ir más lejos, llevan toda una vida viviendo en "crisis"?

-No creo que se trate de una estrategia comercial calculada. Cuando los periodistas hablan de novelas de la crisis, más bien me parece que es esa cosa del periodismo de buscar un titular, algo que impacte, condensar un libro con una frase que pueda atrapar a quien lee. A mí siempre que me preguntan acerca del tema de estos libros -Crematorio y En la orilla- con temas en apariencia más actuales, no hablo de novelas de la crisis, más bien digo que en ellos he intentado una indagación acerca de la textura del alma de mi colectividad a principios del siglo XXI. En realidad, forman parte del ciclo que inicié hace casi treinta años, un intento por contarme quién soy, dónde estoy: como he escrito en alguna parte, una forma de bracear para no ahogarme, para no perderme, búsqueda de una forma de conocimiento y de verdad que sólo encuentro escribiendo. Del mismo modo, creo que la literatura latinoamericana que más me interesa cuenta de su sociedad algo parecido a lo que yo intento contar aquí. La grandiosidad o pequeñez de las novelas no está en lo tremendo de los temas, sino en cómo nos enseñan a mirar de un modo nuevo esos temas. Uno puede aburrirse leyendo páginas en las que aparecen atrocidades porque tiene la impresión de no aprender nada que no sepa de antemano, y en cambio, puede crecer leyendo una historia que, despojada del código literario, sería trivial.

-Cuéntenos en qué punto el libro es también un homenaje a Manuel Puig a través del personaje de Liliana, con el que usted introduce la temática de la inmigración latinoamericana en España.

-Inventé el personaje de Liliana, que es un contrapunto de vida en la novela, pensando en esas mujeres de Manuel Puig, de novelas como La traición de Rita Hayworth o Boquitas pintadas.

-He leído que tiene usted una anécdota con el escritor argentino.

-Imagino que la anécdota a la que usted se refiere es lo que ocurrió en la Feria del Libro de 1977 y suelo ponerlo como ejemplo de que la buena literatura se sostiene sobre sí misma y la mala no hay manera de apuntalarla con halagos o con premios en cuanto le cae el tiempo encima. El año anterior había quedado como uno de los finalistas del Planeta Ramón Tamames, con una bochornosa novela titulada Historia de Elio, pero, claro, eran los años de la inmediata transición, Franco acababa de morir, Tamames era un dirigente del partido comunista y yo trabajaba en una librería de gente muy cercana al Partido Comunista de España (PCE). La misma tarde coincidieron Ramón Tamames y Manuel Puig, un escritor al que yo admiraba -y sigo admirando- y a quien había invitado a la caseta para firmar. La cola ante Ramón Tamames era interminable, saludaba a todo el mundo con gestos ampulosos, hablaba en voz alta, mientras que, en una esquina, Manuel Puig y su madre permanecían en silencio y apenas aceptaron un vaso de agua o un té, ahora no recuerdo. Aquella tarde, el gran Manuel Puig sólo firmó media docena de ejemplares que yo les di bajo mano a algunos amigos. Poco importaba aquello: sus libros estaban ahí, vivos, como siguen estándolo hoy, estupendos, mientras que el otro, ante quien se agolpaba la gente, firmaba un cadáver que empezó a pudrirse en cuanto callaron los críticos vendidos que fueron capaces de alabarlo durante un par de meses. Es una lección para los jóvenes que aspiran a ser escritores: lucha con tus textos, y no busques apoyo exterior. La capacidad de resistencia de lo que hagas estará en el interior del libro y no en los apoyos que negocies fuera.

-En una ocasión usted declaró que no espera del futuro "más que cosas malas", que "cuando uno abre el periódico, sólo ve la miseria por todos lados volviendo a caballo, y se tiene la sensación de que todo el mundo vive peor que hace diez años". En este sentido, me gustaría saber si tiene usted hijos.

-No tengo hijos reconocidos, pero veo al género humano reproducirse, y a la naturaleza regenerarse, ambos, seres humanos y naturaleza, cada vez con más dificultad y hasta con más desgana.

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