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Cómo desaparecer completamente

Dejar todo atrás. Empezar una vida nueva. ¿Cuántas veces hemos asistido a la formulación de esta fantasía?

Maximiliano Tomas

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PARA LA NACION
Jueves 27 de noviembre de 2014 • 00:21

De un día para otro, sin ninguna razón ni aviso previo: huir. Dejar todo atrás. Empezar una vida nueva en silencio y soledad, en un lugar apartado, en el que nadie nos conozca. Hacerse invisible. ¿Cuántas veces hemos asistido a la formulación en voz alta de esta fantasía? Y sin embargo, si existiera la posibilidad, ¿quién se animaría a llevarla a cabo? ¿Quién sería capaz de abrazar la radicalidad de una opción como la misantropía? Quizá se trate, simplemente, de un deseo en cuya mera invocación se esconda toda su potencia: si el ser humano es, por definición y necesidad, un animal social, tal vez solo pueda soportar tal fatalidad imaginando que existe siempre una alternativa de escape. Esa vía es la que se impone, siguiendo un plan minuciosamente trazado, la protagonista de la novela Inclúyanme afuera de María Sonia Cristoff (Trelew, 1965). Dejar en el pasado una vida como traductora simultánea, instalarse en un pueblo cualquiera de la provincia de Buenos Aires, encontrar el trabajo más opaco posible y no hablar con nadie durante al menos un año. Volverse otra, volverse muda, volverse nadie.

"¿Quién sería capaz de abrazar la radicalidad de una opción como la misantropía? "

Como venimos imaginando, se trata de una idea cuyo éxito es improbable. Pero en este caso tiene al menos un efecto virtuoso: sirve de excusa para el desarrollo de la trama de una novela cautivante. Cuando el relato comienza, Mara, la protagonista, ha logrado poner en marcha su plan: abandonó su departamento en la ciudad, dejó atrás familia y amigos, consiguió un trabajo como guardián de sala del museo Enrique Udaondo en Luján. Sus días transcurren en silencio, sentada en una silla, custodiando un espacio en el que nunca pasa nada, en compañía de dos caballos criollos embalsamados. Mara no necesita dirigirle la palabra a nadie, y si se ve forzada a hablar contesta con monosílabos, mientras perfecciona los diez tipos de silencio que ella misma ha desarrollado en su propio manual de retórica. Limita su interacción al mínimo, y no deja de sorprenderle "con qué facilidad puede manejarse uno en este mundo en base a un puñado de onomatopeyas y asentimientos, estos últimos, muchas veces simplemente corporales".

Mara es una especie de Bartleby, solo que uno perfeccionado al extremo: un Bartleby que ni siquiera necesita hablar para afirmar que preferiría no hacerlo. Pero llega el día en que la máquina burocrática se encarga de desbaratarle el plan con un golpe inesperado: una empleada tan eficiente y reconcentrada no merece menos que un ascenso. Y el ascenso de Mara consiste en asistir al taxidermista que se encargará de restaurar aquellos deteriorados caballos de la sala en vistas de una exposición, tarea que la obligará a salir de su mutismo. Desde ese momento, atrapada por una furia apenas contenida, comenzará a urdir la venganza que le permita volver todo a fojas cero.

"Ser atravesado por el tiempo, volverse transparente para los demás, acallar el ruido del mundo alrededor y sustraerle al cuerpo su capacidad productiva "

Pero nada es tan lineal ni sencillo en Inclúyanme afuera, donde como en un bazar narrativo irrumpen cada tanto textos de un "Cuaderno de notas" que sobresaltan el relato principal. Notas que suponemos de Mara, aunque podrían pasar por las de la propia Cristoff, y versan sobre asuntos tan diversos como el arte, la clonación, la jardinería, el escapismo, la taxidermia y la aviación. Y si no es la primera vez que en su obra de ficción aparecen tratados, críticamente, algunos postulados del arte contemporáneo (lo había hecho en su novela anterior, Bajo influencia) tampoco lo es cierto interés por una suerte de teoría de la impasibilidad. En el prólogo de su libro de crónicas Falsa calma. Un recorrido por pueblos fantasma de la Patagonia (publicado en 2004 y reeditado días atrás) Cristoff escribía: "Dispuse de infinidad de horas para recorrer pueblos cuyo perímetro se recorre en una sola. Me senté en una esquina a ver los perros pasar. Me entregué por completo a ese estado de sopor que genera el exceso de luz o de viento o de silencio. Hubo días en que me parecía estar en un decorado de ciencia ficción en el que yo era succionada por alguna fuerza poderosa y no del todo definida. Sentada ahí, casi sin preguntar y sin moverme, sin hacer ningún esfuerzo, me convertí en una especie de pararrayos, de antena receptora".

Ser atravesado por el tiempo, volverse transparente para los demás, acallar el ruido del mundo alrededor y sustraerle al cuerpo su capacidad productiva. Los deseos de Mara son también los requerimientos del camino hacia la ascesis, que cada quien podrá buscará a su manera: el retiro, la abstinencia, la penitencia, la oración. Y ahora que lo pienso, por qué no, también la lectura.

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