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La ruta de picadas santiaguinas

Bodegones tradicionales de barrios arrabaleros se convirtieron en un circuito atípicoque hasta hace poco no figuraba en las guías turísticas de la capital trasandina

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PARA LA NACION
Domingo 07 de diciembre de 2014
Hileras de "terremotos" en la barra de La Piojera, un lugar emblemático
Hileras de "terremotos" en la barra de La Piojera, un lugar emblemático.
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Para conocer la capital chilena profunda y colorida, esa en que el sabor de la comida criolla se mezcla con la picardía de la gente y los sonidos de la cueca, hay que seguir la ruta de las picadas. Es decir, lugares sencillos para comer que, mayoritariamente, se concentran en los barrios de origen obrero, ferroviario o arrabalero de la capital trasandina.

En los últimos años ha habido un redescubrimiento de puntos tradicionales, próximos al centro, que no figuraban en las guías turísticas. Para el Bicentenario, en 2010, el Ministerio de Bienes Nacionales lanzó una ruta patrimonial con recorridos populares, como una forma de potenciar el turismo y reafirmar la identidad local. Actualmente, iniciativas como Fundación Patrimonio, Bicipaseos patrimoniales, Santiago a Pata y Bicicultura promueven sus propios circuitos turísticos como una forma atípica de recorrer Santiago. Hay salidas que terminan, precisamente, entre las mesas de alguna picada.

Delicias caseras de La Picá del Licho, desde muy temprano
Delicias caseras de La Picá del Licho, desde muy temprano.

En calle Aillavilú y Avilés, muy próxima al Mercado Central, y a metros de puestos donde venden frutas y verduras, está La Piojera, bar que este año festeja centenario. Administrado por la familia Benedetti, reúne a un público de todas las edades. La construcción amarilla abre al mediodía y, a las 5 de la tarde, está llena, aunque, según uno de los mozos, mucha gente la elige para almorzar y suele estar más concurrida por las noches. Locales y turistas desfilan con vasos plásticos de 400 ml (cuestan 2000 pesos chilenos, unos 30 argentinos) rellenos con terremoto, trago estrella del lugar que se hace con vino pipeño (mosto de parrón), un chorrito de Fernet, granadina o licor amargo, y helado de ananá, y que nació después del terremoto de 1985 (el vaso pequeño se llama réplica y la jarra, cataclismo).

Lo más pedido es el arrollado de huaso (especie de matambre de cerdo). La gente ríe, bebe y departe, mientras, de fondo, en las guitarras se turnan tres grupos, que tocan boleros, cuecas, rancheras, a diferentes horas del día. Poetas como Pablo Neruda y presidentes como Ricardo Lagos y Michelle Bachelet han pasado por ahí, si bien el nombre La Piojera se lo dio otro mandatario, Arturo Alessandri Palma, en 1922. Entonces pidió que lo llevaran a una picada que frecuentara el pueblo. Al llegar, exclamó: "¡¿Y a esta piojera me trajeron?!" Y así quedó.

La Vega Central, al norte del Mercado Central
La Vega Central, al norte del Mercado Central.

Al norte del Mercado Central, donde los comensales se recomponen de la caña (o sea, la resaca) con una sopa de mariscos, un sábado o domingo por la mañana, o almuerzan cualquier día de la semana, se encuentra La Vega Central. Entre las tradicionales y baratas cocinerías del lugar se destaca La Picá del Licho, con feriantes, oficinistas, turistas y hasta oficiales de Investigaciones (cuyo cuartel central queda a unas cuadras de distancia), que llegan a desayunar al local 77 desde las 6 de la mañana.

En el barrio Recoleta, próximo a Patronato, sector de tiendas coreanas de ropa y de comida árabe, y a unos 15 minutos del centro, está El Quitapenas. Esta picada, frente al cementerio general, y a la estación de metro Cementerios, sirve de consuelo para el estómago de quienes entierran a sus muertos. "Todos los días muere gente, así que todos los días viene gente al cementerio, y existe la tradición de pasar por acá", dice Gastón Mendoza, de la familia que administra el local hace unos 20 años. Según cuenta, el 1° de noviembre, Día de los Muertos, no cabe un alfiler en el lugar.

Como en El Quitapenas se fundó Colo-Colo, en 1925, en las paredes abundan fotos de Iván Zamorano y otros ídolos futboleros. Los habitués suelen consumir la tradicional chorrillana (carne picada, cebolla frita y huevos revueltos sobre papas fritas) por $ 7000. El pernil (muslo de cerdo) o el arrollado con papas cocidas son igual de demandados. Más baratas son las colaciones por $ 2500 (no incluye bebida), con platos abundantes (pollo o carne al jugo con fritas, puré o arroz).

El hoyo y otros sitios

Tercio Molina, un lugar recuperado en 2010
Tercio Molina, un lugar recuperado en 2010.

Fundado en 1912 por Benjamín Valenzuela, quien les vendía chicha (vino) pipeño, charqui, huevos duros y frutas a trabajadores ferroviarios, El Hoyo se halla en el corazón de Estación Central, en San Vicente y Gorbea. Mozos de trato cordial dan la bienvenida a esta casona cuya carta incluye pichangas (fiambres, queso, pepinillos, cebolla para picar), lengua de vaca, pernil, plateada, carne mechada, cazuela de cerdo, así como el arrollado casero ($ 2300 cobran por un sándwich en pan marraqueta y $ 1500, por una cerveza de medio litro). En la mesa hay pebre (chimichurri chileno) y ají, como en todas las buenas picadas.

Acá se disputan la autoría del terremoto, ya que, según dicen, en 1985 llegaron al bar unos reporteros alemanes que estaban cubriendo el acontecimiento, y uno de ellos, bajo los efectos de una mezcla que entonces no tenía nombre, bromeó: "Esto sí que es un terremoto".

Cerca, en calle Conferencia 175, El Colchagüino ofrece almuerzos sabrosos del campo chileno. Allí suele haber cuequeros viejos, con pañuelo al cuello, sentados a la barra, como si fueran gárgolas. Ocurre que el local está cerca de La Viseca, un mercadillo donde venden aves de corral y frutas secas, que es conocido como la Universidad de la Cueca, porque ha sido nido de folkloristas como el fallecido Hernán Nano Núñez, mentor de la cueca brava (que le canta a los bajos fondos urbanos).

Cruzando la Alameda hacia el norte, en Av. Ecuador 4100, está Pancho Causeo, un bodegón conocido por sus arrollados, que nació por 1880, cuando Francisco Aliaga Espinoza llegó a Santiago desde Valdivia. La clientela comenzó con trabajadores que llevaban papel en carretas hasta las oficinas de El Mercurio en el centro, y en las que también cargaban zanahorias, verduras y fardos. Después se sumaron cuidadores de caballos del club hípico, jinetes, vecinos, oficinistas del centro, boxeadores y, por lo barato (con menús desde $ 1900 ), estudiantes de la Universidad de Santiago de Chile (Usach), situada en los alrededores.

En El Huaso Enrique, sobre calle Maipú al 400, se puede probar comida criolla y bailar cueca. Algo similar ocurre en el barrio Matta, con el Club Social y Deportivo Comercio Atlético (San Diego 1130), picada que ofrece cueca en vivo, todos los sábados, después de las 22. El céntrico Rincón de los Canallas, donde siempre saludan a los comensales con un Adelante, canallita. Bienvenido, nació en forma clandestina en los años 70, durante la dictadura militar. Para entrar había que dar una contraseña. Entonces quedaba en calle San Diego. Desde 2008 reabrió sus puertas en Tarapacá 810. Su especialidad es el pernil canalla (para dos, por unos $ 8000), que lleva, además de pernil, dos longanizas, dos porciones de arroz, dos papas y dos ensaladas mixtas. En el menú figuran platos con nombres divertidos, como costillar de coimas, atentado o pernil refugio 33. Otra picada del centro, famosa por sus chorrillanas, y porque se especializa en pescados y mariscos, es La Chimenea, del pasaje Príncipe de Gales. Y la lista se sigue ampliando con viejos lugares por descubrir.

Fotos gentileza El Mercurio

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