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La intimidad de la entrevista: humor y anécdotas en una lluviosa tarde en el Vaticano

Relajado, Francisco recibió a LA NACION en la suite 201 de la Casa Santa Marta, su hogar desde que fue elegido papa el 13 de marzo de 2013; a pesar de su intensa agenda, se mostró enérgico

Domingo 07 de diciembre de 2014
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LA NACION
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ROMA.- La cita es a las 16.30 del jueves 4 de diciembre en Santa Marta. Llueve a cántaros. Es imposible encontrar un taxi, como sucede cuando hay tormenta y Roma colapsa.

Con Gerry, mi marido -que me va a acompañar y hacer de fotógrafo, si se puede- tratamos de no entrar en pánico.

La opción que queda es ir directamente en nuestro auto; no podemos llegar tarde. Por suerte hay poco tránsito en el centro.

Llegamos a la Puerta Petriana del Vaticano, a la izquierda de la columnata del Bernini. Ya oscureció. En medio del vendaval, bajo la ventanilla y le digo a un guardia suizo con paraguas que tengo cita con el Santo Padre.

"Iba a venir en taxi, pero con este tiempo fue imposible encontrar uno", le digo, excusándome por llegar en auto. El guardia suizo sonríe, mientras un colega suyo se ocupa, por radio, de hacer los controles de rutina.

"Pase. ¿Sabe el camino?", pregunta. "Sí", respondo.

Estaciono nuestro destartalado auto frente a la residencia de Santa Marta, bajo la sombra de la imponente cúpula de San Pedro ya iluminada, al lado de otros vehículos con patente SCV (Stato Cittá del Vaticano).

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Entre ellos está el Ford Focus azul que usa el Papa. Estoy tentada de sacarle una foto a nuestro viejo Honda Jazz junto al Ford Focus azul del Papa, pero sigue lloviendo a cántaros y no hay tiempo. Queremos llegar unos minutos antes del horario pautado.

Son las 16.20, dejamos los paraguas empapados en un portaparaguas de la entrada de la residencia para eclesiásticos del Vaticano y vemos que Francisco, vestido de blanco, pero de entrecasa -sin la faja de seda blanca y sin el solideo- ya está ahí, en la planta baja. Se está despidiendo de una señora mayor.

Dejamos los impermeables a unos gendarmes vestidos de traje azul, que nos reciben con gentileza. Y él se acerca, sonriente, a saludarnos. Subimos los tres al ascensor y vamos hasta el segundo piso. Ahí, antes de entrar a su suite, la número 201, un guardia suizo se cuadra y con la mano derecha en su frente le hace el saludo militar al Papa. En coro, tanto él, como nosotros, le respondemos con un informal "buonasera".


La suite 201 es el cuartel general del Papa, su oficina principal, su búnker. La llave está colgada de la cerradura. Al lado de la puerta salta a la vista, sobre una silla recubierta de terciopelo verde claro-grisáceo, un cardigan de lana muy fina color blanco crema, seguramente recién llegado de la lavandería papal. Es idéntico al mismo que entreveo debajo de las mangas del hábito de Francisco.

La suite es simple, de paredes blancas, algo despojadas; un cuadro de San Francisco, crucifijos, la estatuilla de Nuestra Señora de Luján y de otras vírgenes sobre unas mesas de madera son sus únicos adornos.

Está compuesta por un pequeño living, un escritorio, un cuarto con una imponente cama de madera oscura y el baño. Antes de la llegada de Jorge Bergoglio, la 201 era la suite que usaban los huéspedes ilustres del Vaticano.

De hecho, era el cuarto que solía utilizar el Patriarca Ortodoxo de Constantinopla, Bartolomé I, a quien Francisco, con su habitual sentido de humor, le dijo, después de ser elegido: "Disculpe, le robé la habitación".

Un "workaholic"

Como siempre, Francisco tuvo una mañana intensísima. Recibió en audiencia al cardenal Severino Poletto, arzobispo emérito de Turín; al presidente de Mozambique, Armando Guebuza; al nuncio en Papúa Nueva Guinea y en las Islas Salomón; al nuncio en Brasil; al embajador argentino Juan Pablo Cafiero, en visita de despedida, y a la Federación de Organismos Cristianos de voluntarios. Pero de todas formas, está de buen humor, relajado.

Como sé que seguramente después de mi cita tiene otras, porque se volvió un verdadero "workaholic", le pregunto directamente de cuánto tiempo dispongo para la entrevista. Enseguida me tranquiliza: se guardó tiempo suficiente, no hay apuro.

Francisco tiene un poco de tos, resabio del viaje del fin de semana pasado a Turquía, donde padeció cambios bruscos de temperatura: afuera hacía frío, adentro calor por las fuertes calefacciones.

Durante ese viaje, como los demás periodistas del vuelo papal, Gerry y yo tuvimos el privilegio de saludarlo. También el martes pasado, aunque de lejos, lo saludamos cuando estuvimos en la histórica firma de una declaración conjunta de líderes de diversas religiones en contra de las formas de esclavitud moderna, en la Casina Pío IV del Vaticano.

Por eso, aunque estoy por entrevistar al Papa, no hay nervios. Esperé mucho este momento y quizás es por eso que diluvia, pienso con una sonrisa.

Conocí a Jorge Bergoglio en febrero de 2001, en Roma, cuando LA NACION me pidió que entrevistara al entonces arzobispo de Buenos Aires, que normalmente no daba entrevistas, pero que hacía una excepción porque estaba a punto de ser creado cardenal por Juan Pablo II.

Mucho pasó desde entonces. Muchos años, muchos encuentros. El que siempre fue el padre Jorge ahora es Francisco y yo, autora de Francisco, vida y revolución, una de las biógrafas de ese pontífice que está cambiando la historia de la Iglesia.

Ya sentados los dos en los silloncitos de terciopelo verde claro del living, Francisco cuenta anécdotas, ríe e incluso confirma on the record eso de que sigue siendo el mismo padre Jorge.

"Desde el primer momento me dije «Jorge, no cambies. Seguí siendo el mismo porque cambiar a tu edad es hacer el ridículo»", dice, en una de las frases que más describen su modo tan original de ejercer el papado.

El tiempo vuela. La entrevista dura unos 50 minutos; después hay tiempo para charlar y hasta para que pueda filmar con el celular un breve video con un saludo y una bendición para los primeros egresados del colegio de Alfarcito, un secundario creado por el padre Chifri en la provincia de Salta.

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"Recen por mí"

A la hora de irnos, Francisco nos sorprende con una gran bolsa blanca. Adentro hay unos regalos que les manda a nuestros hijos, Juan Pablo y Carolina, "para que jueguen".

Los eligió para ellos de entre los miles de obsequios que recibe en las audiencias que tiene a diario y que, como hacía siendo arzobispo de Buenos Aires, recicla.

Salimos de la suite 201 y hay otro guardia suizo en el hall, que también se cuadra y saluda.

El Papa, que se prepara para recibir ahora a un grupo de profesores de la Universidad Pontificia Gregoriana que ya lo espera en la planta baja, nos acompaña hasta el ascensor.

Antes de desaparecer detrás de la puerta automática, se despide con el clásico "no se olviden de rezar por mí". Hay también tiempo para un abrazo.

La periodista que anticipó la elección

Corresponsal del diario LA NACION en Italia desde 1999, Elisabetta Piqué fue la única periodista que anticipó la elección de Jorge Bergoglio como papa.

Piqué es autora del libro Francisco, Vida y Revolución e integró el grupo de 50 periodistas que tuvieron el privilegio de saludar al Papa en su primera audiencia a la prensa mundial, el 16 de marzo de 2013.

Además de seguir de cerca la carrera del Pontífice desde que fue creado cardenal en 2001, es también corresponsal de guerra. Cubrió, entre otros conflictos, las guerras en Afganistán e Irak. De esa experiencia escribió en 2003 su primer libro Diario de guerra, apuntes de una corresponsal en el frente. Becada por el World Press Institute en Estados Unidos, obtuvo en 2003 el Premio Santa Clara de Asís de periodismo.

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