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La semana política (1)

Comen gatos: ¿la culpa es del modelo?

Opinión

La noticia de que en las afueras de Rosario la gente come gatos y otros animales domésticos perturbó a los argentinos. Todos sabíamos del grave problema de la pobreza pero la visión de los animales domésticos al asador llegó tan hondo porque rompía creencias centenarias. Una que la Argentina es el granero del mundo y que pasara lo que pasare aquí siempre habría un pedazo de tierra donde cultivar una quinta ordeñar una vaca o criar un cordero. La otra un esquema cultural según el cual ciertas especies no son comestibles. Los chinos han sabido preparar perros víboras y hormigas como parte de su dieta habitual. Hasta que nos afligió la transgresora imagen de los gatos los argentinos pensábamos en cambio que nuestro país se distingue por no necesitar de esos extremos. La televisión las fotografías la Argentina "mediática" desencantaron entonces a la Argentina soñada al maravilloso país de los ganados y las mieses.

La primera reacción de las autoridades fue negar como en tantos otros casos la existencia del problema. El intendente de Rosario Hermes Binner llegó a acusar a un canal de televisión de haber pagado a habitantes de una villa para "fabricar" en complicidad con ellos las chocantes imágenes que mostraba. Tanto el actual intendente como su antecesor Héctor Cavallero se empeñaron entonces en salvar lo que entendían era el "honor" de Rosario ante las denuncias de lo que estaba pasando en su cinturón urbano.

Pero la realidad al fin forzó su entrada en las mentes renuentes. El despliegue informativo que siguió a las primeras imágenes del hambre en el Gran Rosario no hizo más que ampliar las primeras noticias. Con el diez por ciento de su población alojada en villas de emergencia por otra parte Rosario no es la única ciudad sitiada por la marginalidad social. Si las cámaras se hubiesen instalado en la periferia de Córdoba Tucumán o la orgullosa Buenos Aires ¿qué habrían encontrado?

No bien la sensibilidad social de los argentinos quedó agudizada ante los problemas del hambre en el país de los ganados y las mieses irrumpió con fuerza un debate ideológico. Esta presencia inquietante de la extrema pobreza ¿es acaso la consecuencia del modelo económico adoptado por el país a partir del plan de convertibilidad? ¿O la pobreza ya se había instalado antes de él y sería todavía más grave si no lo tuviéramos? La extrema pobreza ¿se ha instalado en la Argentina a causa o a pesar del modelo económico vigente?

Del pasado al futuro

Aun cuando a veces se lo disimula existe un consenso en la Argentina: el camino anterior a 1991 no tenía salida. La hiperinflación de 1989-1990 el colapso de los servicios públicos en manos del Estado la bajísima productividad de una economía con millones de empleos ficticios el largo estancamiento que culminó en el decrecimiento económico de 1975-1990 habían llevado a un final irreversible al modelo económico del estatismo proteccionista. No hay vuelta atrás. Nadie quiere repetir una experiencia de irracionalidad económica que si predominó en un mundo socializado hasta los años setenta tuvo en la Argentina su expresión extrema caricaturesca.

En este sentido el giro de 1991 que contó con sucesivas aprobaciones populares trajo consigo la esperanza en un futuro distinto. No era posible seguir por más tiempo de la mano del olvido más absoluto de las reglas básicas de la vida económica fuera de la racionalidad que imponen el mercado y la competencia. El crecimiento económico a un desconocido promedio anual del 8 por ciento entre 1991 y 1994 pareció apuntar en dirección de un mundo nuevo. Era tal el temor de volver atrás que aun en mayo de 1995 cuando la recesión ya se había instalado entre nosotros el electorado reeligió al binomio Menem-Cavallo.

Notemos entonces el cambio de perspectiva que nos trajo el plan de convertibilidad. Hasta 1991 nos dominaba el sentimiento de la declinación económica. Cada año cada década eran peores. Los sueños apuntaban por entonces en dirección de la nostalgia por la Argentina promisoria del Centenario. Roca el gran execrado de las décadas estatistas se convirtió de la noche a la mañana en el añorado héroe del desarrollo económico. Pero ahora es posible mirar al año 2010 en cambio como a la promesa de un segundo Centenario. Hemos revertido el sentimiento dominante. Ya no queremos ser lo que fuimos: una nación venida a menos que vive del recuerdo de pasadas glorias. Después de medio siglo hemos vencido a la inflación. A partir de esta primera victoria ¿nos esperan quizás otras? El desarrollo económico ¿está quizás a la vuelta de la esquina?

La "U" de Kuznets

Pero cuando empezábamos a soñar hacia adelante irrumpieron las duras imágenes del desempleo y la pobreza. Alentado por sus necesidades electorales inmediatas el Gobierno sobrevendió el paisaje del desarrollo económico. Nos indujo a creer que no habría casi distancia del estancamiento estatista del pasado al capitalismo afluente del futuro. En medio de la burbuja económica de 1991-1995 nos dijo que estábamos entrando en el Primer Mundo.

Y no era así porque el desarrollo económico lejos de ser un pasaje fácil natural de la escasez a la afluencia es un camino duro y frío. Si no se lo vigila con atención también es un camino inhumano e injusto.

Esto lo explicó como nadie el premio Nobel de Economía Simón Kuznets cuando habló de la "U" invertida del desarrollo ( Modern Economic Growth Yale University Press 1966). Según su inquietante tesis el desarrollo cuando empieza acentúa la desigualdad.

En una aldea primitiva hay igualdad económica: desde el cacique hasta el último indio todos son pobres. Es la primera base de la "U" invertida. Al fin del proceso cuando se llega a Suiza todos son ricos. Es la segunda base de la "U" invertida.

Pero en el medio queda el lomo de la "U" invertida; en los países que cabalgan sobre él si bien el desarrollo ha comenzado también se acrecienta la diferencia entre los primeros ricos que lo aprovechan de inmediato y los pobres que se sienten excluidos. Este ya no es el paisaje de Africa ni de Suiza. Es el paisaje de América latina.

El desarrollo iniciado en 1991 contiene la promesa de un país parejamente afluente de aquí a dos o tres décadas. Pero también contiene el agrio espectáculo de diferencias sociales abismales en el tiempo crucial de la transición.

Sólo que ese lomo de la "U" de Kuznets puede ser más o menos elevado. En el este de Asia para tomar un caso se crece a un ritmo alucinante sin que por ello la desigualdad aumente desmedidamente. No así en América latina. El Estado tiene el deber de curvar el lomo hacia abajo hasta donde sea posible sin dañar el proceso de acumulación sin el cual el desarrollo simplemente no ocurriría.

Digamos entonces que en tanto el Gobierno niegue o disimule esta prioridad y no aplique con igual vigor tanto las medidas que llevan a la alta competitividad de las naciones modernas como las que tienden a aliviar las asperezas del camino hasta hacerlo humanamente tolerable podríamos llegar a la paradoja de que los gatos se coman en Rosario tanto a pesar como a causa del plan que en 1991 cambió de cuajo las expectativas económicas de los argentinos. .

TEMAS DE HOYArgentina en defaultDólar hoyInseguridadMelina López