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La desigualdad buena y la desigualdad mala

Domingo 14 de diciembre de 2014
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PARA LA NACION
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En el panteón de las teorías económicas, la disyuntiva entre igualdad y eficiencia solía ocupar una posición destacada. El economista americano Arthur Okun, cuya obra clásica sobre ese asunto se titula Equality and Efficiency: The Big Tradeoff (La gran disyuntiva entre igualdad y eficiencia), creía que las políticas públicas giraban en torno a la gestión de la tensión entre esos dos valores. En 2007, cuando el economista de la Universidad de Nueva York Thomas Sargent, al dirigirse a un curso que se graduaba en la Universidad de California en Berkeley, resumió el saber económico en doce principios breves, esa disyuntiva figuraba entre ellos.

La creencia de que el aumento de la igualdad requiere el sacrificio de la eficiencia económica se basa en una de las ideas más apreciadas en economía: la de los incentivos. Las empresas y las personas necesitan la perspectiva de unos ingresos mayores para ahorrar, invertir, trabajar e innovar. Si la fiscalidad de las empresas rentables y de los hogares ricos atenúa esa perspectiva, el resultado es la reducción del esfuerzo y un menor crecimiento. Los países comunistas, en los que los experimentos igualitarios provocaron el desastre económico, sirvieron mucho tiempo de "prueba A" en la argumentación contra las políticas redistributivas.

Sin embargo, en los últimos años ni la teoría económica ni la documentación empírica han sido favorables para la supuesta disyuntiva. Los economistas han presentado nuevos argumentos que muestran por qué unos buenos resultados no sólo son compatibles con la equidad distributiva, sino que, además, pueden incluso requerirla.

Este año, unos economistas del FMI presentaron unos resultados empíricos que parecían rebatir el antiguo consenso. Descubrieron que una mayor igualdad está relacionada con un más rápido crecimiento posterior a medio plazo, tanto entre los países como dentro de ellos. Además, las políticas redistributivas no parecían tener efecto perjudicial alguno en los resultados económicos. Se trata de un resultado sorprendente, tanto más cuanto que se debe al FMI, institución que no se caracteriza por sus ideas heterodoxas o radicales.

La economía es una ciencia que puede preciarse de haber descubierto pocas verdades universales. Es probable que la relación entre igualdad y resultados económicos sea contingente y no fija, según las causas profundas de la desigualdad y muchos factores coadyuvantes. Así, es probable que el nuevo consenso preste a confusión tanto como el antiguo.

Pensemos en la relación entre industrialización y desigualdad. En un país pobre, en el que la mayor parte de la fuerza laboral esté empleada en la agricultura tradicional, es probable que el aumento de las oportunidades en zonas urbanas industriales cree desigualdad. Al trasladarse los agricultores a las ciudades y recibir un salario mayor, se abren desfases de ingresos y, sin embargo, se trata del mismo proceso que produce el crecimiento económico; todos los países en desarrollo han pasado por él.

En cambio, las transferencias distributivas de los gobiernos de Hugo Chávez y su sucesor, Nicolás Maduro, en Venezuela, fueron financiadas por los ingresos temporales debidos al petróleo, lo que creó riesgo para las transferencias y para la estabilidad macroeoconómica. Aunque en Venezuela se ha reducido la desigualdad, las perspectivas de crecimiento han quedado gravemente debilitadas.

América latina es la única región del mundo en la que se redujo la desigualdad desde inicios del decenio de 1990. Los factores esenciales han sido unas mejores políticas sociales y un aumento de la inversión en educación, pero la reducción de la diferencia de salarios entre los trabajadores especializados y no especializados ha desempeñado un papel importante. Para determinar si se trata de un factor positivo para el crecimiento económico o lo contrario, hay que saber por qué ha disminuido la prima de las aptitudes.

Si las diferencias se han reducido por un aumento en la oferta relativa de trabajadores especializados, podemos abrigar la esperanza de que la reducción de la desigualdad en América latina no obstaculice un crecimiento más rápido, pero, si la causa subyacente es la reducción de la demanda de trabajadores especializados, unas diferencias menores indicarían que las industrias modernas y con gran densidad de conocimientos especializados, de las que depende el crecimiento futuro, no aumentan lo suficiente.

En los países avanzados, aún se están debatiendo las causas del aumento de la desigualdad. La automatización y otros cambios tecnológicos, la mundialización, una mayor debilidad de los sindicatos, la merma de los salarios mínimos y la financiarización, entre otros, han desempeñado un papel en los Estados Unidos respecto de Europa.

Es positivo que los economistas hayan dejado de considerar una ley de hierro la disyuntiva entre igualdad y eficiencia. No debemos invertir el error y concluir que una mayor igualdad y unos resultados económicos mejores van siempre unidos. Al fin y al cabo, en economía sólo hay una verdad: depende.ßperspectivaglobal© Project Sindicate 2014

El autor es profesor de Ciencias Sociales en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton

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