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Juegos de la memoria

Tras 53 años de distanciamiento y tensiones que repercutieron en todo el continente y en el país, se abre ahora una etapa en la que la política puede ser más útil

Viernes 19 de diciembre de 2014

Recuerdo un mediodía. Enero, 1959. Me llaman del diario. Castro ha triunfado y habrá celebraciones en calles vedadas al peronismo. Debo ocuparme de lo que ocurra en la ciudad. Desde temprano, una concentración popular se gesta en la Plaza San Martín. Convergen radicales, socialistas, demócratas progresistas, conservadores, ciudadanos autoconvocados. Otro Perón ha caído y esas oportunidades no se desperdician para señalarlo y festejarlo. Se cierra, creíamos entonces, el círculo sobre la pléyade de dictadores populistas que ha dominado por años en América latina. Ese día no es el turno de otro general de estado mayor en barranca abajo; quien ha caído, y ha huido ya, también él a la España del generalísimo Franco, es un ex un sargento del ejército cubano: Fulgencio Batista, que llegó a general, claro, y a jefe de Estado.

Escribí la crónica de aquellas celebraciones, inauditas a la luz de la historia ulterior. Fue como haber escrito una crónica política de fines de septiembre de 1955: los sentimientos antiperonistas de los manifestantes estaban tan vivos como lo habían estado cuatro años antes en la Plaza de Mayo mientras Perón se entregaba a los brazos de Stroessner, en Paraguay. Por definición, no nos dimos cuenta de que los acontecimientos iban en una dirección inimaginable aquel día de 1959. No percibimos que con la revolución de la veintena de zaparrastrosos que habían sobrevivido a la invasión de la isla desde el Granma soplarían vientos de una reciedumbre continental que lo trastocarían todo respecto de lo conocido antes. Europa y África también recibirían su influencia.

La heroicidad de los rebeldes veinteañeros penetró en el corazón blando y abierto de una juventud conmovida por el nuevo mensaje; introdujo en una generación el debate de entender la política como una aventura romántica y la ilusión de que con unos pocos fusiles cabía pensar en la conquista del poder. Si lo había logrado desde la sierra Fidel Castro, ¿por qué otros no podrían alcanzar lo mismo con igual precariedad de recursos? No lo conseguiría Guevara en Bolivia, es cierto, pero no es el momento de poner en discusión la fuerza extraordinaria de los espíritus debidamente templados, capaces de irradiar fe y transmitir confianza y persuasión. Acaban de sugerirlo los principales actores de Estados Unidos y de Cuba, al encomiar el papel jugado por el papa Francisco en la novedad que ha conmovido al mundo.

¿Para qué la revolución, aparte del empeño en voltear lo que estaba en pie? "Esa pregunta no la respondo -contestó en 1968 el líder de la Revolución de las flores, en Berkeley, a un periodista-. Desde el momento que la conteste, nos dividimos." Los revolucionarios cubanos supieron sólo algún tiempo después de llegar a La Habana qué hacer con el poder, y aun así zigzaguearon, entre purgas interminables. Desde que lo supieron, los sueños románticos se asociaron con firmeza al desarrollo de uno de los fenómenos más prolongados y complejos del siglo XX: la Guerra Fría entre Occidente y Oriente, entre las potencias democráticas y la Unión Soviética y los países que ésta había ocupado al caer el Tercer Reich.

Tengo el recuerdo de amigos y compañeros de oficio a los que la revolución cubana atrajo y transformó en cuestión de pocos años. No olvidaré nunca a Emilio Jáuregui, asesinado a fines de los 60, al cabo de un acto de protesta contra el gobierno militar. Había sido admirador de Maurice Duverger, el catedrático de ideas socialdemócratas cuyas clases siguió en los años 50 en la Sorbona. El cortejo fúnebre que llevó el féretro de Jáuregui avanzaba con su tío abuelo Federico Pinedo, de un lado, y con Raimundo Ongaro, líder de la CGT de los Argentinos, del otro. Estampa de una transición precipitada.

Algunos de quienes estaban a nuestra derecha saltaron por encima del centro y fueron a parar en acto sin prólogo ni complejos a la extrema izquierda. Nos acostumbramos a la metamorfosis brutal como signo de los nuevos tiempos Aparecieron largas barbas en rostros rasurados y no resultaba raro que un café en la facultad quedara interrumpido por invitaciones confidenciales a viajar a Moscú y conocer la Unión Soviética, o a China, para ver cómo experimentaba Mao con su interpretación del comunismo. La catequesis llevada a fondo, como cuestión primordial. Declinábamos con invariable cortesía aquellas invitaciones. Lo hacíamos por convicción, pero también por la certeza de que quedaríamos registrados por los servicios de inteligencia; al menos, como "compañeros de ruta" de los enemigos de un Estado que había tomado partido en la Guerra Fría.

Recuerdo la visita de Fidel a Buenos Aires en mayo, a cuatro meses de la victoria. Recuerdo la frialdad del embajador norteamericano, que oficiaba de jefe de misión a la reunión del Consejo Interamericano Económico y Social (CIES), que se reunió en el Ministerio de Comercio. Y de su gesto de desagrado, como quien acaba de oír un disparate, ante el pedido de Castro de un plan Marshall para América latina. Fidel demandó 15.000 millones de dólares, y al hacer cuentas a valores constantes, hace un año, dos economistas estimaron que eso era como pedir hoy más de 200.000 millones de dólares. No puede decirse del gobierno de Eisenhower que fue visionario sobre el porvenir inmediato de Cuba; sí, que de entrada sintió a Castro como una espina atravesada en la garganta.

Recuerdo haber estado en aquella reunión de pie a tres o cuatro metros de distancia de Castro, no más, en un mundo que todavía no se acorralaba temeroso entre medidas de seguridad. Tiempo en que se había perdido hasta la memoria de los anarquistas que habían acabado con zares y reyes, lanzándose sobre ellos y detonando los disparos con los que estalló la Gran Guerra del 14. Recuerdo la noche del 5 de febrero de 1961, cuando Nicolás Romano, candidato de la UCR del Pueblo, iba a medianoche conquistando la banca a senador en disputa en el electorado porteño hasta que comenzó el recuento de las urnas de Pompeya y del resto de la vieja sección primera, y Alfredo Palacios terminó arrasándolo. Ya no eran sólo los votos jóvenes; eran los votos de la sección popular por antonomasia de la Capital. Al romanticismo, en el que nadie podía superar en vuelo ni felicidad al viejo socialista que acababa de regresar de Cuba con palabras entusiastas, se sumaban una esperanza y una vía ocasional para el voto implícito de protesta peronista, fuerza entonces proscripta de las urnas. Ganó Palacios, pero perdió el otro candidato socialista, Ramón Muñiz, una banca de diputado a manos de Carlos Adrogué, radical del pueblo y ministro de Educación en la presidencia de Aramburu.

Recuerdo el viaje del Che Guevara a Buenos Aires, en agosto de 1961, traído desde Punta del Este en avión por el diputado Jorge Carretoni para entrevistarse con Frondizi, y de qué manera la acción conciliadora del presidente para acercar a Cuba con Estados Unidos y sus aliados aceleró los trámites determinantes de su derrocamiento, en marzo de 1962. La suerte estaba echada y Cuba sería expulsada de la OEA aun antes, en enero. Conocí a la primera ola de cubanos en el exilio en la Florida, ninguno de cuyos dirigentes me impresionó en especial, y los entrevisté después del desastre de Bahía de los Cochinos, en medio, para los norteamericanos, de la lección de que ninguna guerra es buena, pero de que la peor de todas es la guerra que se libra a medias y con dudas. Conocí a John William Cooke, el único peronista de nombradía de quien puedo decir que era un castrista genuino, como su mujer, la periodista Alicia Eguren, y conocí un peronismo cuyos cuadros de conducción despreciaban el castrismo, en tanto el líder camaleónico se pintaba del color que fuera necesario para preservar posiciones internas y sobrevivir a la desconfianza de la izquierda continental, en creciente influencia. ¿Pero por qué criticar a Perón, si lo que hoy domina es el sentido de la oportunidad y de fiscalización de hipótesis, más que la prueba de una verdad definitiva?

¿Quién ha hablado desde la Casa Blanca haciéndonos saber que mejor que insistir con ideas sobre cómo debe ser el mundo es conformarse con lo que el mundo es? ¿Talleyrand? Buen maestro, en ese menester. En tal caso, alguien dirá que se ha tirado al desván más de medio siglo de perseverancia en principios no porque los principios hayan sido malos o buenos, sino porque han sido ineficaces. Esto es, la real politik en la mejor forma: por sobre todo, resultados, como en los presupuestos rigurosos. Estamos ante un lanzamiento colectivo en busca de indagaciones flamantes para saber cómo puede la política ser más útil en todos los sentidos y promover, esencialmente, más solidaridad entre los pueblos. Crucemos los dedos.

En pocos años más se cumplirán 60 de una revolución que a las pasiones espontáneas que encendió en América latina sumó después la instrucción militar y política para inculcarlas a sangre y fuego en rebeliones armadas al servicio, en primer lugar, de su propia causa, tan cruel como inoperante. Cuba se está cansando del destino que se trazó hace 60 años y ha encontrado a Estados Unidos preparado para reconocer que la vida sigue su curso, con un planeta política y económicamente reconfigurado, y que ha llegado la hora de mirar un poco más hacia adelante y menos hacia atrás, atendiendo a lo que está registrado en por lo menos la lente de Obama.

Como las épocas no se cierran de un único trazo, por memorables que hayan sido los anuncios de anteayer, a la sombra de cárceles argentinas cuentan sus días últimos militares casi nonagenarios. ¿Qué hacen ahí? Son a esta altura fantasmas trágicos de un drama nacional que tuvo por contexto mundial la Guerra Fría, asunto del pasado que se dio por clausurado en 1990, y por contexto inmediato, los alineamientos bastantes simétricos que se suscitaron según la evolución interna y mundial.

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