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El delicado balance del corto y el largo plazo

Hallar el equilibrio en un mundo de distracciones

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PARA LA NACION
Domingo 28 de diciembre de 2014
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En esta época del año en que estamos haciendo balances y tomándonos unos minutos para repensar nuestros rumbos, quiero recordar una célebre escena de la película La sociedad de los poetas muertos en la que un transgresor profesor de literatura encarnado por Robin Williams les recuerda a sus alumnos que nuestra vida es efímera y les enseña a disfrutar el día (carpe diem).

Vivimos en un mundo donde muchas veces pasamos los días corriendo a toda velocidad sin un rumbo, persiguiendo metas ilusorias, amparados por nuestra propia negación omnipotente de la finitud de la vida. Tiene poco sentido que nuestro tiempo se escape mientras postergamos siempre el presente en pos de metas distantes que, cuando se alcanzan, frecuentemente nos desilusionan. Así, la gratificación nunca llega, y recordar el carpe diem puede ayudarnos a recuperar cierto equilibrio perdido.

Pero esta idea al pie de la letra es también peligrosa. Hay una frase que dice: Vive cada día como si fuera el último, porque algún día estarás en lo correcto. Pero la misma olvida que antes de que ese momento llegue ¡habrás errado decenas de miles de veces! Y pagado un precio por esos errores innecesarios.

Me tomo la licencia de ser literal para marcar el punto: imagínense por un minuto que supieran que mañana es el último día de sus vidas y piensen qué harían. Casi con seguridad sería una jornada horrible, dedicada a ordenar asuntos pendientes y a despedidas entre lágrimas. ¿Es deseable vivir cada día como si fuera el último?

Sí, ya sé. La idea de como si fuera el último no se refiere a despedirnos, sino a hacer aquello que nos gratifica a corto plazo, como si no hubiera un mañana. Pero con un cerebro que de por sí sucumbe con tanta facilidad ante la insoslayable tentación de la gratificación inmediata, lograr desarrollar la habilidad de balancear correctamente las metas más cercanas con aquellas más distantes resulta cada vez más importante.

Hay dos palabras en inglés de difícil traducción que evidencian el conflicto entre estas dos prioridades: fulfilling y meaningful.

Fulfilling refiere a la sensación de gratificación asociada a lograr aquello que uno se propone, independientemente de lo que sea. Meaningful alude a la sensación subjetiva de tener un sentido, un propósito que va más allá de nosotros mismos. La trampa reside en que muchas de las metas que nos resultan fulfilling nos gratifican a corto plazo (comprar ese objeto que hace tiempo queremos tener), pero nos hacen sentir vacíos desde el punto de vista del meaning.

Las cosas significativas no se construyen de un día para el otro. Requieren de un horizonte más largoplacista en el que pensemos nuestra felicidad como fruto de una construcción gradual, más que como algo inmediato. Con muchos de los hábitos saludables pasa lo mismo. Si la vida es finita, ¿dormimos cada vez menos? ¿Comemos comida chatarra todos los días? El problema con el carpe diem es que subraya en exceso la realidad de nuestra finitud.

Es un sinsentido vivir nuestra vida como si fuera eterna, pero no es menos absurdo vivirla como si la muerte fuera siempre inminente. Encontrar un balance entre el fulfilling y el meaningful es un arte difícil. En un mundo que nos llena de distracciones y metas vacuas, pero, a la vez, nos demanda más y más prospectiva para tomar buenas decisiones, saber cuándo priorizar el corto y el largo plazo es una habilidad imprescindible.

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