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Pacto con China, del idilio a la dependencia

LA NACION
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Carlos Pagni
Lunes 29 de diciembre de 2014
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En su última sesión del año, a libro cerrado, el oficialismo aprobará hoy en el Senado una de sus iniciativas más audaces en el campo de la política exterior: el convenio marco de cooperación en materia económica y de inversiones entre la Argentina y China, que va acompañado de dos acuerdos sobre inversiones industriales e infraestructura.

Se trata de un entendimiento con consecuencias de largo alcance para el desarrollo del país. A cambio de financiamiento, las empresas chinas tendrán acceso privilegiado a los negocios energéticos, mineros y agropecuarios, lo que incluye la posibilidad de importar mano de obra. Pekín no ha conseguido un acuerdo tan generoso en toda la región.

El convenio plantea incógnitas muy relevantes sobre la orientación económica e internacional de la Argentina. Y también, para escándalo del nacionalismo kirchnerista, sobre el nivel de dependencia externa que la sociedad está dispuesta a aceptar.

En otras palabras: hoy los senadores deberían discutir la estrategia del país ante la presencia cada vez más influyente de China en América latina. Pero no lo harán. Aprobarán el acuerdo sin debate.

La primera señal de que el tratado con China es sospechoso la emitió Cristina Kirchner. Lo firmó el 18 de julio pasado, durante la visita del presidente Xi Jinping, pero recién lo envió al Senado el 16 de diciembre, para que la Comisión de Relaciones Exteriores lo tratara al día siguiente.

Los representantes de la oposición no concurrieron a la reunión por falta de tiempo para leer lo que se discutiría. El texto fue incluido en el orden del día de la sesión de hoy, para que se lo vote sin análisis. Un modus operandi habitual en el kirchnerismo, que todavía no se anima a publicar el acuerdo que firmó con Chevron para la explotación de Vaca Muerta.

La justificación más elegante de la urgencia es que Héctor Timerman no quiere llegar con las manos vacías a la reunión de cancilleres de la Celac que se hará en Pekín el 8 de enero. También hay otra excusa: la señora de Kirchner pretende firmar convenios al amparo del que sancionará hoy el Senado cuando visite China, en marzo.

En su mensaje al Congreso, la Presidenta promete que su acuerdo equilibrará la balanza comercial con China y desarrollará una industria nacional con capacidad de exportar a ese país. ¿En qué rubro las manufacturas argentinas competirían con ventaja con las chinas? Ella no se lo pregunta.

El texto establece que las empresas chinas, a cambio de ofrecer financiamiento, tendrán ventajas para acceder a negocios energéticos, mineros, industriales o agropecuarios. El artículo 4º adelanta que se confeccionará una lista de "proyectos prioritarios", para los cuales los inversores disfrutarán de beneficios especiales. Por ejemplo, podrían importar insumos sin arancel. Es lo que sucedió con las centrales eléctricas que se construyeron en los últimos cuatro años, con escasísima participación de la industria local, para escarnio de la mitología oficialista.

El artículo 5º prevé un plan quinquenal de infraestructura que se realizaría por adjudicación directa. Se adopta, entonces, el método de los "créditos atados", que, como señaló Alieto Guadagni en este diario, evitan las licitaciones con las derivaciones clásicas: los plazos más largos y las tasas más bajas esconden precios más caros, calidades dudosas y comisiones poco transparentes. La Argentina conoció esa modalidad en los años 90, a raíz del acuerdo de cooperación con Italia que estalló con el proceso mani pulite.

El artículo 6º concede condiciones de igualdad laboral, gracias a las cuales las compañías chinas podrían transferir mano de obra de su país sin otro requisito que el que fija Migraciones.

El artículo 2º permite a las autoridades celebrar arreglos específicos -energéticos, mineros, de obra pública, nucleares, etc.- adecuados a este convenio marco, sin necesidad de una nueva intervención parlamentaria.

La diplomacia china se ha adjudicado con estos entendimientos un triunfo llamativo. Hasta ahora no había suscripto un acuerdo tan provechoso con ningún país de la región. Para encontrar uno similar hay que remontarse a los convenios firmados con Angola (1984) y con Nigeria (2001), sus máximos proveedores africanos de hidrocarburos.

En América latina, el acuerdo que más se aproxima al que firmó Cristina Kirchner es el que, también en julio, Xi suscribió con Nicolás Maduro. A cambio de un desembolso de US$ 5600 millones, Pekín se asegura una provisión constante de petróleo, se apropia de una explotación minera de oro y cobre, y alimenta un fondo binacional destinado a otras iniciativas. China se beneficia en Venezuela con la caída del precio del petróleo. Hace tres semanas, el gabinete económico de Maduro visitó Pekín para realizar más concesiones a cambio de divisas. Los chinos también aprovecharon en 2013 los problemas financieros de Ecuador. Se aseguraron el 90% del crudo de Petroecuador a cambio de financiamiento.

El kirchnerismo ofrece todas las condiciones que puede esperar China en su relación con América latina. La más importante es el desarreglo económico, que produjo una brutal caída de reservas monetarias. Para afrontar ese problema Axel Kicillof debió sepultar el mito del desendeudamiento y pedir prestado a China. El swap de reservas pactado con el Banco del Pueblo Chino permitió al Banco Central incorporar el equivalente en yuanes a US$ 2300 millones. Además, sin resolver el problema del default, la Argentina se vuelve más dependiente del financiamiento chino. Fragilidades que la simplificación "patria o buitres" no contempla.

El idilio con Pekín se afianza gracias a algunas supersticiones del Gobierno. Kicillof es un arqueólogo de la economía empeñado en exhumar una planificación que hasta a los chinos les parece anacrónica, propia del maoísmo que practicaban sus mayores. Esa concepción prefiere que las relaciones económicas internacionales se establezcan entre Estados. Una receta que los prosaicos Néstor Kirchner y Julio De Vido adoptaron para sus fideicomisos con el chavismo. Sueños compartidos.

El experimento de Kicillof se complementa con el rudimentario nacionalismo de Cristina Kirchner y otros nostálgicos de los fogones universitarios de La Plata. Uno de ellos, el neuquino Marcelo Fuentes, convertido en soldado de una segunda Guerra Fría, explicó que el kirchnerismo hizo una "opción geopolítica" por China, en contra de los Estados Unidos, cuya embajada es el ventrílocuo de la oposición. Fuentes desarrolló esa teoría al justificar una base china de investigaciones espaciales establecida en su provincia. Según él, subordinarse a China es saludable porque tiene menos portaaviones que los Estados Unidos. Sería una pena que hoy Fuentes, por falta de debate, prive al Senado de su simpático rebrote adolescente. Un "volver a vivir" al que sólo le faltan Blackie y D'Agostino.

Para el kirchnerismo hay otro encanto en la sinodependencia. Es la posibilidad de acordar negocios entre funcionarios, sin intervención del mercado. Esa técnica a menudo deja caer una moneda. Las empresas imperialistas, europeas o norteamericanas, deben mantener estándares de transparencia, cuidado ambiental y derechos laborales a los que no están obligadas las de China. Gracias a esta falta de fiscalización, por ejemplo, Florencio Randazzo puede viajar hacia la Presidencia subido a un tren. O Sinohydro aliarse a Austral Construcciones para realizar las extravagantes represas Kirchner y Cepernic, cuando ya pesaba sobre Báez la sospecha de lavado de dinero. Cuando Báez quedó fuera de carrera, la obra se adjudicó a Electroingeniería, de Gerardo Ferreyra, álter ego de Carlos Zannini, asociada con la china Gezhouba.

El kirchnerismo suele quedar en las antípodas de a donde se había propuesto ir. No se sabe de ningún país que se haya industrializado o haya mejorado su balance comercial asociándose con China. Los ejemplos demuestran lo contrario. Los diplomáticos chinos lo admiten, con lógica de mercado: "No somos los culpables de que sus empresas sean poco competitivas". Por supuesto, dejan a un lado algunas acusaciones de dumping que enfrentan sus compañías.

Los protocolos que se aprobarán hoy afectarán la escena regional. Muchas empresas extranjeras, sobre todo brasileñas, se verán desplazadas por las chinas. Contra lo que recomiendan expertos como Juan Gabriel Tokatlian, las cancillerías argentina y brasileña no atinan a acordar una política hacia China.

Nadie puede alegar su propia torpeza, decían los romanos. Los chinos desarrollan una estrategia hacia América latina, y en particular hacia la Argentina, adecuada a sus necesidades. The Economist acaba de consignar que producen la mitad de los cerdos del planeta y que esos animales consumen más de la mitad del forraje mundial; que importan más de la mitad de la soja que se produce a nivel global, y que por eso los argentinos cuadruplicaron en 20 años la superficie sembrada con esa oleaginosa. ¿Hacen falta más datos para advertir el papel de la Argentina en la ecuación alimentaria y, por lo tanto, en la política exterior de China?

Esa relevancia no alcanza para que los líderes argentinos discutan una política exterior. Sería necesario algo más, hoy imposible: que abandonen la burbuja del presente eterno. Dicho de otro modo, que imaginen el futuro.

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