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El día que Maquiavelo visitó la cocina de Masterchef

Las filiaciones con Macbeth o El Príncipe son evidentes. Y hay quienes han visto una nueva ejemplificación literaria de los siete pecados capitales

PARA LA NACION
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Maximiliano Tomas
Miércoles 07 de enero de 2015 • 22:15

El movimiento es bastante tradicional en el cine: a la hora del casting, se echa mano a actores caídos en desgracia u olvidados, cuya presencia todavía reverbera en la mente de los espectadores, para encarnar papeles secundarios. Ese homenaje encubierto a la propia historia del cine, además de abaratar costos de producción, funciona como un guiño del director a la tradición y, si resulta exitoso, suele relanzar las carreras de esos mismos actores. Es una de las marcas de autor de Quentin Tarantino (John Travolta, Bruce Willis, Michael Madsen o David Carradine le deben haber tenido la posibilidad de vivir una segunda vida) y otros han importado el mecanismo a la televisión. En la literatura no es algo tan frecuente: más bien, se vuelve siempre a los clásicos. Pero de a poco va convirtiéndose en el procedimiento predilecto de los responsables del sello La Bestia Equilátera, que ya han rescatado del olvido definitivo a importantes escritores no traducidos (V.S. Pritchett) o a otros en apariencia de segunda línea, pero responsables de libros magníficos (Alfred Hayes, Elliot Chaze, L.J. Davis).

Con El cocinero, firmado por un tal Harry Kressing, lo han hecho otra vez. Ya es casi una costumbre, con los libros de LBE, ir tras los datos biográficos del autor y descubrir que se trata de un seudónimo (el caso de Kressing) o de que hay muy pocos y están bastante dispersos. El cocinero se publicó en 1965 (titulada The cook, tuvo su adaptación cinematográfica en 1970 como Something for Everyone, a cargo de Harold Prince). Durante años no se conoció al autor del libro, y del tal Kressing solo se sabe que, al parecer, nació en Nueva York en 1928, estudió Derecho en Pennsylvania, fue oficial de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos e investigador de la Escuela de Economía de Londres. Se dice que murió en Minnesota en 1990. Tan esquiva es su biografía que los editores publicaron el libro sin haber podido encontrar a sus herederos y obtener de ellos la debida autorización. Nada de esto, por supuesto, importa demasiado. Porque detrás hay un libro, y ese libro es El cocinero.

"El movimiento es bastante tradicional en el cine: a la hora del casting, se echa mano a actores caídos en desgracia u olvidados, cuya presencia todavía reverbera en la mente de los espectadores, para encarnar papeles secundarios "
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La historia es tan sencilla como la de una fábula: de hecho la narración, escasa en descripciones y pródiga en diálogos y párrafos cortos, el estilo vaciado de toda marca autoral, lo es. En la primera página asistimos a la llegada a un pueblo de un personaje llamativo y desconocido, Conrad Venn. Mide más de dos metros, viste de negro, es flaco y tiene la nariz como un gancho. Lo vemos admirar un imponente castillo abandonado en lo alto de una colina. Poco más tarde se presentará en la casa de la familia más importante del lugar, con las debidas cartas de recomendación, proponiéndose como cocinero. Desde entonces, y a pesar de su imagen, comenzará a seducir a sus anfitriones y a los empleados de la casa, amenazará a los comerciantes del pueblo, se labrará una misteriosa fama (mitad aristócrata, mitad matón) que comenzará a circular entre los habitantes de Cobb, y a través de sus conocimientos y talento culinario (Venn es un sibarita y un chef extraordinario) logrará cautivar a muchos, y eliminar de su camino al resto.

Las filiaciones con Macbeth o con El Príncipe son evidentes, y es probable que la sencillez y la naturalidad con que esta historia de intrigas se despliega (un solo personaje, pragmático y amoral, que logra hacer funcionar al mundo a su voluntad) le haya asegurado un lugar en la mente de los lectores a través de los años. Hay quienes han visto en El cocinero una nueva ejemplificación literaria de los siete pecados capitales. Otra referencia válida y un poco más actual sería la comparación con la serie House of Cards: Conrad no tiene nada que envidiarle al Frank Underwood de Kevin Spacey. Pero lo que probablemente habilite una lectura contemporánea de esta fábula sobre la ambición y el poder sea la puesta en escena de una dominación psicológica total: la narración de cómo los hombres suelen someterse a la esclavitud de forma voluntaria, siempre y cuando el amo se vista elegantemente, tenga los modales correctos y sepa cómo empuñar el látigo de una manera adecuada.

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