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Universo alucinado e insensato

Médico que nunca ejerció, Kobo Abe pasa en Encuentros secretos de la "ficción científica" a la "ficción clínica", para infiltrar y sabotear lo cotidiano hasta tornarlo inexplicable

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PARA LA NACION
Viernes 16 de enero de 2015
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Para Kobo Abe (1924-1993) el mundo era lo contrario de lo que veía desde su ventana, en lo alto de una ladera con vista a un lago entre montañas. O en todo caso necesitaba ese paisaje perfecto para poder escribir sobre una vida urbana desfigurada por el absurdo y la amenaza. Años antes de que Haruki Murakami hiciera carrera con ellas, Abe hizo de las desapariciones arbitrarias, incomprensibles, el hilo de Ariadna de su ficción. Lo cierto es que dejarse arrastrar por lo inexplicable tiene en Kafka al precursor absoluto, y algunas frases de Abe podrían haber sido firmadas por el checo: "No hay nada más incómodo que ser tratado con benevolencia por un enemigo". La de Abe es una insensatez sólida, convincente, que da lugar a momentos de hilaridad. Un universo alucinado en el que, como suele pasar, la violencia resulta un tanto mecánica, cómica.

En Encuentros secretos, la mujer del protagonista y narrador es retirada de su casa por una ambulancia que nadie llamó. Nunca más se la ve. El marido se interna en el hospital correspondiente para seguir pistas posibles: un secuestro o un caso de infidelidad. La relación familiar y extrañada con la sociedad contemporánea es una constante de Abe y ya se había podido apreciar, por ejemplo, en el ultramoderno e incluso adelantado "El cuento de los niños", de Historia de las pulgas que llegaron a la luna. Abe describe como si sospechara de aquellos que describe. No retrata, boceta un identikit. Son personajes desquiciados, encontrados al azar, de los que no se puede escapar.

Al desquicio lo acentúa la oscilación entre la primera y la tercera persona. El protagonista redacta un informe, que le han encargado y exigido. Escucha grabaciones de salas, habitaciones y pasillos del hospital y las registra en numerosos cuadernos. (En la ficción de Abe llevan cuadernos hasta los boxeadores). La novela de Abe El hombre-caja también está planteada como un informe y el modelo de Kafka se adapta y actualiza en varios frentes.

Foto: LA NACION

La arbitrariedad tiene sus leyes -cada ficción promulga las suyas- pero a veces el propio Abe las transgrede y le retira al lector la escalera a la que lo había invitado a subir. Existe una arbitrariedad práctica -como la que ejercieron Kazuo Ishiguro en Los inconsolables, o César Aira, para el caso- que hace avanzar la historia en lugar de arrancarla de sí misma, como lo intenta Abe (lo que puede significar una apuesta más ambiciosa pero más proclive al naufragio). Sin embargo, Abe no parte -como Raymond Roussel- de un desvarío total y sistemático; el suyo sólo se infiltra en lo cotidiano y lo sabotea. El autor a quien Mishima llegó a considerar el escritor más moderno del Japón a menudo busca un clima de fábula. Sus animales toman en algunos de sus libros la palabra y de pronto aparecen diálogos con un caballo, un perro, etc. Con Encuentros secretos pasó de lo que él llamaba "ficción científica" a una ficción clínica; Abe era médico recibido pero nunca ejerció. (Fue la condición que le impusieron al concederle el título.)

El autor del célebre La mujer de la arena quiso ir contra cierta tendencia naturalista de la literatura japonesa. Entre sus lecturas predilectas mencionaba Los viajes de Gulliver, Las aventuras de Pinocho, Lewis Carroll y Edgar Allan Poe. Los tópicos de Abe son pocos, obvios y eficaces: esconderse de los demás (en El hombre-caja o El rostro ajeno), huir, cambiar de identidad, convertirse en otro o en un animal, planta u objeto. En sus Cuentos siniestros algunos hombres son puestos a prueba sin que ellos lo sepan, o realizan cosas involuntariamente, en un estado de embriaguez indefinida.

Kobo Abe pasó su infancia en la región de Manchuria, China, donde empezó a entusiasmarse por los insectos y las matemáticas. Fotógrafo aficionado, en su casa colgaba dos tipos de imágenes, cuadros surrealistas o abstractos (en ocasiones eran las dos cosas a la vez). Montaba sus propias piezas de teatro, además de obras de Pinter, Beckett y Ionesco, otros especialistas en manipulación. Lo fascinaba la noción de vecino, la fantasmal peligrosidad de un vecino. Sabía sorprender con líneas como ésta: "Olor a lluvia marina, muy parecido al aliento de los perros".

El tiempo vuelve ingenua cierta clase de literatura que en su momento -en el presente de su publicación- tuvo otro efecto -lo cruento de entonces se ve hoy como algo más bien lúdico-, y la encapsula como una pieza de museo. Pero hay museos que logran ser inquietantes, sobre todo si un lector se queda encerrado en ellos de noche, como sucede con algunas novelas. C

Encuentros secretos

Kobo Abe

Eterna Cadencia

Trad.: Ryukichi Terao y Gregory Zambrano

221 páginas

$ 170

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