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Mujer, mujer, mujer, si puedes tú con un economista académico hablar...

Domingo 25 de enero de 2015
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PARA LA NACION
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Un hombre viaja con su hijo en auto por la ruta. Ocurre un accidente y el padre muere. Cuando el chico llega al hospital, quien lo opera dice: "No puedo hacerlo, es mi hijo". ¿Qué pasó? El truco funciona mejor contado en inglés, idioma en el cual "the surgeon" (cirujano o cirujana) se usa en forma indistinta para varón o mujer. El hecho de que más de la mitad de las personas enfrentadas a este dilema tarden en darse cuenta de que quien iba a operar al niño era su madre habla de lo fuertes que son los estereotipos mentales: para la mayor parte de las personas el que opera debe ser, con toda seguridad, un hombre. Por eso la historia se usa en los Estados Unidos para medir prejuicios de género muy arraigados, aun en gente que se dice abierta en este sentido.

Por distintos motivos, el debate sobre la discriminación resurgió en las últimas semanas, con nuevos estudios y discusiones que lo revitalizaron. A nivel más masivo, la selección de los candidatos para ganar el Oscar de la Academia de Hollywood llevó a titulares sobre la premiación del cine "menos diversa de la historia", con preeminencia de "varones blancos" en las categorías de actor y actor de reparto, y de hombres en las de director y guionista. Algo que no sorprende cuando se atiende a la demografía de la Academia, compuesta por un 94% de blancos y por un 77% de hombres. En este ámbito, la brecha salarial también está a la orden del día: la estrella Charlize Theron protestó porque Sony le pagaba 10 millones de dólares menos que a su par masculino en una película, y lo mismo sucedió (con una brecha menor) entre Jennifer Lawrence y Amy Adams con relación a Chistian Bale, Bradley Cooper y Jeremy Renner en la película Escándalo americano. La división de cine de Sony está codirigida por una mujer y un hombre. El varón gana un millón de dólares al año más que su par por hacer el mismo trabajo.

¿Qué sucede entre los economistas? En este sector la polémica se reavivó con otra selección, en este caso de la revista inglesa The Economist, que días atrás dio a conocer la lista de los 25 economistas más influyentes del planeta y no incluyó a ninguna mujer. Ni siquiera a Janet Yellen, la titular de la Reserva Federal.

De acuerdo con un reciente estudio de las economistas Donna Ginther y Shulamit Kahn, y de los psicólogos Stephen Ceci y Wendy Williams, el "sexismo" es mucho más fuerte entre los economistas que en otras profesiones. Lo que hicieron los autores fue medir la relación entre la productividad académica (publicación de investigaciones en revistas especializadas) y ascensos laborales. En todas las ramas revisadas, el vínculo fue fuerte. Pero resultó mucho menos robusto en economía: allí a las mujeres no se las reconoce de igual manera que a los hombres. El trabajo también muestra una brecha salarial mayor por género en el mundo de los economistas que en otros campos académicos. De acuerdo con The Wage Foundation, el gap de ingresos promedio en el mundo es del 30%, con algunas profesiones, como la de los sociólogos, más igualitarias, con "sólo" un 8% de diferencia.

¿Qué sucede en la Argentina? Melisa Girard, economista de la UBA, sostiene: "No creo que el ambiente de economistas sea más o menos machista que el de otras actividades históricamente masculinizadas. Sin embargo, el carácter específico de la actividad, que en muchos casos está vinculada al ejercicio del control de determinados espacios de poder tanto en el sector público como en el privado, hace que se refuerce aún más la idea de que la economía «es asunto de hombres». Por lo tanto, las mujeres economistas tenemos como principal obstáculo el enfrentarnos a esa noción, que atraviesa a toda la sociedad (incluso a nosotras mismas), y ponerla en cuestión". Según Girard, "la mayor discriminación se siente en cómo se efectúa la asignación de tareas y en las menores posibilidades de acceso a puestos jerárquicos".

Más allá de los indicadores de salarios y de productividad laboral que muestran diferencias enormes, existe toda una serie de "microdiscriminaciones", más sutiles, imposibles de cuantificar pero que, cuando se suman, son igualmente costosas para las economistas, plantea Mercedes D'Alessandro, doctora en Economía de la UBA. "Todas las notas que uno lee por estos días sobre el tema parecen decir: «Vamos, chicas, no sean tímidas, levanten la voz..», y cuando lo hacés te dicen que sos una mujer temperamental. Tenemos que fijarnos mucho más cómo nos vestimos que los hombres, para que no nos acusen de trepadoras. Sigue habiendo mucho machismo en la sociedad, hubo algunos avances en los papeles, pero no en nuestras cabezas", dice D'Alessandro.

"¿Cuán grande es el sexismo en la economía? La coautora de este artículo permanece anónima por este tema", se titula un ensayo publicado días atrás online (las notas en Internet permiten estos titulares mucho más largos que el papel), firmado por el profesor de la Universidad de Michigan Miles Kimball y por una coautora que no se da a conocer porque cree que ello puede conllevar riesgos para su carrera profesional.

La nota señala varias de las "microdiscriminaciones" a las que apuntaba D'Alessandro: las economistas deben preocuparse por definir el exacto largo de la falda indicado para asistir a las entrevistas del mercado de trabajo (que se describió la semana pasada en esta columna, y que este año se realizó en la ciudad de Boston). Los comentarios misóginos sobre su aspecto o su vestimenta hacen furor en el sitio de chismes econjobrumors.com. Y un reciente trabajo de la Universidad de Carolina del Norte demostró que las evaluaciones de los alumnos tienden a ser mucho más contemplativas para los profesores que para las profesoras. Aunque sea a nivel inconsciente, el prejuicio de género sigue muy activo.

El artículo de Kimball y la coautora anónima abunda en anécdotas de economistas que, en reuniones de pares, son confundidas por "esposas" de los académicos; y en las aulas, por secretarias o asistentes. "Una de las principales razones que hay para comportarse bien con otra persona es el miedo a que ese individuo luego se enoje o tome revancha. Con las mujeres, esta contrapartida se desdibuja, porque pierden estatus si se las identifica como harpías o temperamentales", marcan. Con respecto al salario, una de las fuentes de aumento de sueldo principales -sino la más común- para académicos es la "amenaza" de mudarse a otra universidad que les ofrece un cargo mejor. Conseguir una suba salarial o una mejora en el puesto depende de la credibilidad de ese riesgo. Y resulta, según Kimball y Cía., más creíble un varón que dice que se mudará con toda su familia a otra ciudad que una mujer que debe convencer a su esposo de hacerlo.

"De todas formas, es un tema delicado porque poner foco en estas microagresiones en exceso lleva a clisés y exageraciones", marca D'Alessandro. La economista, al respecto, cita un sketch muy divertido de la serie Portlandia, de una librería feminista, Women & Women First, en la que una pareja de ficción maneja un local por el que van desfilando distintos actores famosos (como Steve Buscemi) a los que todo el tiempo se los acusa de misóginos, ante cualquier frase o mínimo gesto.

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