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José Ignacio: un pequeño paraíso que enamora a todo el mundo

Este antiguo paraje de pescadores, hoy es el lugar elegido para construir las mansiones más deslumbrantes; viaje a un lugar encantado

Miércoles 28 de enero de 2015 • 00:32
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LA NACION
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La transformación de José Ignacio en uno de los balnearios más exclusivo de América latina obedece a un designio mágico y misterioso. No porque carezca de belleza. La tiene en enormes proporciones, en kilómetros de playa virgen, en un mar azul profundo, en un campo inconmensurable, verde y vivo. Pero si uno camina por sus callecitas, la calma uruguaya se hace patente y a simple vista exuda más sencillez que lujo. La plaza central, con su pintoresca casa de la Intendencia, la comisaría enfrente y la capilla rústica y moderada donde se casaron tantas parejas de la alta sociedad argentina, hacen de este lugar un entrañable pueblo que busca conservar su esencia. Treinta años atrás era un paraje de pescadores. Nada hacía suponer que un día, afamados empresarios y artistas invertirían en construir espectaculares mansiones en sus terrenos. Nada.

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Dicen en José Ignacio que el visionario fue Daniel Tinayre. Alguien le ofreció un terreno con salida al mar de La Mansa, donde se ve uno de los atardeceres más increíbles del Este. Pedía pocos miles de dólares por el lugar y la oferta parecía tentadora. Cuando Tinayre compró, sus amigos desaprobaron categóricamente la transacción. A quién se le podía ocurrir construir en José Ignacio, a 40 kilómetros de la península, lejos de todo, sin energía eléctrica ni servicios básicos. Al marido de Mirtha Legrand no le importó. Construyó Casablanca, una hermosa casa de techo a dos aguas y vista privilegiada del poniente, que hoy pertenece a Marcela, y es sede de veraneo de toda la familia Tinayre. Poco a poco comenzaron a imitarlo: Amalita Fortabat construyó su casa muy cerca y adquirió varias hectáreas más que luego donó al municipio para que se creara el primer policlínico del lugar, único centro de atención de urgencias en kilómetros a la redonda. De a poco, los espacios se fueron ocupando con viviendas imponentes. Y aunque los servicios siguen siendo rudimentarios –puede haber cortes de luz, baja señal de celulares y de wi fi y una sola estación de servicio que puede quedarse sin nafta por todo un día-, desde el mundo entero llegan visitantes atraídos por este enclave paradisíaco, de campo y playa virgen, de exótica hermosura y una tranquilidad invaluable.

El faro, un ícono en José Ignacio
El faro, un ícono en José Ignacio. Foto: LA NACION / Diego Lima

Alexander Vik fue uno de ellos. El empresario noruego quiso hacer honor a los orígenes de su madre, una uruguaya llamada Susana, y decidió invertir en el Este. Hoy, tres megaemprendimientos de lujo llevan su nombre: Bahía Vik, Estancia Vik y Playa Vik. Además, construyó su casa en La Mansa de José Ignacio, una de las más modernas y disruptivas construcciones del lugar.

Los puntos de referencia en José Ignacio son bien definidos. El Faro, ubicado en el extremo rocoso de la península, es un monumento histórico, construido en 1877, que genera pasiones entre los visitantes por su belleza y simbolismo. La estación de servicio ubicada justo en el acceso al pueblo, solía conservarse con los antiguos surtidores de mediados del siglo XX y era una reliquia en sí, aunque hoy se modernizó y brillan en esa esquina los carteles luminosos de Ancap. La plaza, ubicada en el centro de la península, y enfrente, los restaurantes de moda de la zona: la pizzería Tutta, con Sofía Neiman como gran anfitriona, El Almacén El Palmar, de Jean Paul Bondoux, más allá Santa Teresita, de Fernando Trocca y un clásico como Popeye. El almacén de Manolo es un infaltable en la pequeña península porque no hay supermercado cercano. La Huella, el restaurante más exclusivo de Uruguay y ponderado como una de las mejores cocinas del mundo, es otro mojón fundamental. Luego, las casas más famosas: lo de Tinayre, la casa Libedinsky, el Club de Mar y la casa en forma de barco de Sol Acuña, también funcionan como referencias urbanas.

Pero José Ignacio no es solo la península. Antes de llegar al pueblo está La Juanita, zona donde se instaló un buen puñado de coquetas casas en los últimos años, y que se vio revalorizada por la instalación de Bahía Vik sobre la playa, y su restaurante de primer nivel, La Susana. Escondidas en el bosque se puede encontrar la última tendencia en arquitectura sustentable: casas y hasta un hotel en containers.

Mansiones con vista al mar en José Ignacio
Mansiones con vista al mar en José Ignacio. Foto: LA NACION / Diego Lima

Otro "barrio" dentro de José Ignacio se ubica campo adentro. Doblando a la izquierda en la rotonda de ingreso al pueblo, es decir, yendo de espaldas al mar, luego de atravesar un espeso bosque, comienzan las chacras más exclusivas del área: allí compró Shakira, hace ya muchos años, La Colorada, finca que hoy es de los hermanos Antonio y Aíto de la Rúa. Justo enfrente se puede encontrar la nueva chacra de Nicolás Repetto y Florencia Raggi, que este verano fue sede de la fiesta de blanco de Chandon, y marcó una resignificación de la estadía en el Este: se puede disfrutar del campo, profundo e inmenso, y también del mar, que asoma a unos pocos kilómetros de distancia.

Las rutinas en José Ignacio son incorruptibles: después del mediodía, se desembarca en la playa Brava. Al atardecer, todos levantan sus cosas y se mudan a La Mansa. Una vez entrado el sol, pizzas en Tutta y unos drinks. A la noche, reunión en alguna casa maravillosa, que puede derivar en fiesta, asado, play o karaoke, según el humor y estilo del anfitrión. O una opción más romántica, quizás empalagosa pero siempre vigente: la de sentarse en la playa oscura, respirar un poco de mar y dejarse llevar a otras dimensiones con ese cielo infinito.

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