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Lecciones de la historia para salir de la estanflación

PARA LA NACION
Miércoles 28 de enero de 2015
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Es altamente probable que el nuevo gobierno, cualquiera que sea su signo político, producirá un giro importante en la política exterior de la Argentina. La normalización de las relaciones con los organismos financieros internacionales será facilitada por un discurso más serio y coherente del nuevo gobierno. Será muy importante que nuestro país, que en 1998 consiguió ser incluido en el G-20, aproveche esa pertenencia para demostrar que está dispuesto a respetar las reglas de juego que emergen de los tratados internacionales.

Todo este giro será valioso, pero de por sí no asegurará el éxito del futuro gobierno. La clave de ese éxito estará en su capacidad para revertir la estanflación desde el inicio mismo de su gestión. La inflación reprimida, el descrédito de la moneda y el fuerte déficit fiscal originado en el descontrol del gasto público hacen que ese objetivo no sea fácil.

Cuando decidí escribir Camino a la estabilidad (Sudamericana), me propuse transmitir mi interpretación de la historia de la inflación y aplicarla a pensar cuál debería ser la estrategia de un futuro gobierno que quiera resolver los problemas más graves de nuestra economía... y pueda lograrlo.

La historia de la inflación y de los planes de estabilización en la Argentina, así como la experiencia de otros países que sufrieron hiperinflación en el pasado, nos puede decir muchas cosas relevantes sobre la estrategia que decida aplicar el gobierno que asuma el 10 de diciembre de 2015. Las resumo a continuación.

Si la estrategia incluye una política de estabilización que, tras eliminar de cuajo la inflación reprimida, anuncie inmediatamente una reforma monetaria para recrear una moneda sana y recuperar el crédito público, el nuevo gobierno logrará sacar al país de la estanflación.

Cosechar tempranamente este éxito será clave para que el nuevo gobierno acreciente su poder político y cuente con el apoyo popular indispensable para implementar, sucesivamente, soluciones de fondo a los otros problemas económicos heredados.

La reforma monetaria que se necesita para recrear una moneda sana y recuperar el crédito público tiene tres ingredientes:

1) Un mercado único y libre de cambios, sin ninguna restricción a la compra y venta de divisas;

2) La puesta en competencia de la moneda local con las monedas extranjeras en todo tipo de transacciones financieras y comerciales. Es decir, autorizar que todas la monedas sean de curso legal (al menos el peso y el dólar). Este régimen se denomina de convertibilidad flotante o de libre elección de la moneda.

3) Una política monetaria que apunte a estabilizar el tipo de cambio y baje gradualmente las tasas nominales de interés, sin evitar la apreciación nominal del peso, clave para lograr la desinflación.

El carácter más flexible pero igualmente estable del nuevo sistema monetario en comparación con el régimen de convertibilidad con tipo de cambio fijo (o su equivalente, la dolarización completa) permitirá que se obtengan éxitos iniciales como los que se consiguieron en aquella década, sin arriesgar una crisis deflacionaria como la del período 1999-2002.

El sistema monetario que propongo no es inédito y mucho menos esotérico. Existe desde 1991 en Perú y funciona muy bien. Con ligeras variantes, también existe en Uruguay, en Bolivia y en Paraguay. Consigue las ventajas de los países totalmente dolarizados, como Ecuador, Panamá y el Salvador, sin sujetar su estructura de precios relativos a una inflexibilidad extrema frente a shocks externos en los términos del intercambio.

Legalizar la dolarización parcial o total de las economías es imprescindible en todos los países que durante la hiperinflación tuvieron una fuerte dolarización informal y en los que la indexación financiera no logró evitar ese fenómeno. Si no se lo hace, la estabilización tiene un fuerte costo recesivo que la más de las veces lleva a interrumpir la política monetaria restrictiva.

En los países que, como Brasil, sufrieron hiperinflación, pero sin haber tenido dolarización informal, prefieren no autorizar el uso del dólar en la intermediación financiera; si quieren mantener baja la inflación, deben aplicar en forma permanente muy altas tasas reales de interés. Ello acentúa el costo recesivo de la estabilización y limita las posibilidades de crecimiento sostenido de la economía. Los países que dejan plena libertad para elegir la moneda por parte de sus ciudadanos pueden evitar que las tasas reales de interés sean muy altas.

En nuestro caso, el resultado final de la reforma monetaria dependerá de cómo aproveche el nuevo gobierno su éxito inicial, para reducir el gasto público, eliminar impuestos distorsivos y cerrar el déficit fiscal, recuperar el crédito público interno y externo, conseguir inversiones eficientes, aumentar la productividad y crear empleos de alta calidad.

Si el nuevo gobierno no introduce un gran cambio en la organización económica de la Argentina y continúa con las políticas del gobierno de Cristina Kirchner, es probable que, antes de las elecciones de 2017, la gente comience a temer una explosión inflacionaria. Con semejantes resultados, el nuevo gobierno perderá esas elecciones y, ya con un poder muy debilitado, una hiperinflación no quedará fuera del horizonte. Por supuesto, en ese escenario el nuevo gobierno no logrará resolver ninguno de los muchos problemas que habrá heredado de la gestión de Cristina Kirchner.

Es cierto que la historia no se repite, pero sería necio que al pensar el futuro no prestáramos atención a lo mucho que nuestra historia y la de otros países que enfrentaron problemas parecidos tienen para ayudarnos a encontrar los rumbos adecuados y evitar los errores que provocaron pasadas frustraciones.

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