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Una rebelión ciudadana que llame a participar

Sábado 31 de enero de 2015
PARA LA NACION
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Se escuchan voces de diferente procedencia que se extrañan y preocupan por la atonía de la sociedad argentina ante situaciones que recurrentemente la sacuden y no pocas veces la escandalizan. ¿Qué nos pasa? Es un interrogante que merecería un análisis amplio y profundo.

Cuando a una población le da prácticamente lo mismo una cosa que otra, puede estar encubriendo distintas patologías como el egoísmo y el sálvese quien pueda; la desesperanza, que parte del supuesto de que no habrá cambios ni nada importante por lo que luchar de cara al futuro; el miedo, generalmente potenciado por elucubraciones que se magnifican y a veces son superadas por la realidad.

Es un momento para manifestarse sin tapujos. Obviamente que los ciudadanos somos también responsables de lo que acontece con tanta liviandad e irresponsabilidad. Sin embargo, no es posible ni justo negar la enorme y esencial incumbencia que le cabe a la dirigencia política, plagada de egos, discursos vacíos y declamatorios, y de propuestas serias ausentes. La oposición política es particularmente holgazana. A ella le correspondería, en todo caso, plantear articuladamente caminos alternativos enjundiosos y producto de una reflexión intensa y con una mirada estratégica.

Hay que dejar de hacer promesas de paraísos futuros que no van a existir. A lo que se puede aspirar es a una Argentina que deberá transitar por una pendiente invertida que demandará esfuerzo, inteligencia, institucionalidad plena y gestión.

Aquí radica buena parte de nuestras falencias. Es necesario comprender que gestionar no es hacer; gestionar es lograr resultados. Para gestionar, hay que abocarse día tras día a una acción planificada y consecuente. Ya está gastada la fórmula de los títulos vagos y rimbombantes por los medios de prensa. Ya se agotó el formato de visitar los barrios pobres en época de elecciones para besar a los niños, plagiar emociones ante familias vulnerables y abrazar a los abuelos. Generalmente, toda esta pantomima luego se apoltrona en el arcón de los olvidos.

Las organizaciones de la sociedad civil, en especial las más reconocidas, autónomas e independientes de cualquier aroma partidario, están desafiadas y demandadas a encabezar una rebelión ciudadana orientada a una vehemente participación. El modelo de delegación en la clase política, del que se ha abusado, está exhausto. Hay que descubrir espacios de intervención directa de la sociedad civil. Fortalecerá la democracia, sin lugar a dudas.

Sin caer en prejuicios, no sería honesto dejar de plantear la sospecha de que posiblemente la propia clase política sea el primer escollo por salvar. Luchará por preservar un coto cuyos alambrados habría que remover. No se desalienta el rol de la política partidaria, en verdad todo lo contrario; lo que se requiere es complementarla con rectitud y prudencia para que los frutos sean sustantivamente mejores.

El autor es secretario general de la Asociación Cristiana de Jóvenes / YMCA

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