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Selva Almada: "Yo no hago documentalismo literario con mis novelas"

La autora de El viento que arrasa, Ladrilleros y Chicas muertas admite su interés por transformar la realidad y evitar transcribir la oralidad

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Hinde Pomeraniec
Lunes 02 de febrero de 2015
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Hay una luz que ingresa por la ventana, una luz de mediodía que se abre generosa sobre el rostro de Selva Almada y por momentos lo convierte en una pintura renacentista. El ir y venir de los mozos de Las Violetas y el murmullo de los habitués de la confitería acompañan su relato: el de una escritora que se sumó al elenco privilegiado de autores argentinos que se leen aquí y en el extranjero y lo hizo casi desde el vamos, con su primera y celebrada novela, El viento que arrasa. Le siguió otra novela, Ladrilleros, y Chicas muertas, un libro que abreva en la crónica como género para narrar tres historias de crímenes de mujeres jóvenes del interior del país. "Me gusta que cada libro sea diferente", dice, con ánimo programático.

Cada vez que leo a Flannery O'Connor descubro otra cosa. Hay una cuestión con la oralidad de sus personajes que me sorprendió mucho cuando la leí por primera vez. En la literatura argentina siempre esta cuestión de la oralidad está emparentada con la gauchesca o a un costumbrismo que no me gusta para nada. Flannery y Carson McCullers eran lecturas recientes cuando escribí El viento que arrasa, y por eso la novela está impregnada por esa literatura. Y fue esa oralidad lo que traté de reproducir en Ladrilleros. Me interesaba poder usar y transformar la realidad en una poética, no transcribir la oralidad. En Ladrilleros creé un híbrido de palabras que sí son del Chaco con otras que me resuenan de mi infancia en Entre Ríos y con palabras del conurbano bonaerense. Quería incorporar ese lenguaje, pero a la vez transformarlo. Cada vez que me dicen: "Tu literatura es hiperrealista", no estoy de acuerdo. Tiene mucha conexión con la realidad, pero es un universo transformado, no es un documental. Yo no hago documentalismo literario.

Un relato largo como bisagra. Antes de las novelas había escrito "Intemec", un relato que trata sobre unos tipos que hacen cableados entre pueblos. Un día, un obrero chaqueño, un indio, tiene un accidente, muere y mandan a dos compañeros a llevar el cuerpo. Gran parte del cuento transcurre en la ruta. Cuando lo terminé pensé: voy a hacer un libro de cuentos con historias que transcurran en la ruta arriba de un auto, entre Entre Ríos y Chaco. Y pensando qué otras actividades podían llevar a alguien a pasar muchas horas arriba de un auto, me acordé de las primeras veces que fui a Chaco y cómo me impactó la cantidad de iglesias evangélicas que había. Entonces pensé en la figura del pastor itinerante, que terminó siendo Pearson.

Foto: Fernando Massobrio

Me gustan los personajes contradictorios. Yo le creía al pastor, sabía que Pearson era sincero como pastor, pero que a su vez era un mal tipo. Pero no quería que lo dijera el narrador; me parece deleznable eso de hacer el copete del personaje a través del narrador. Al mismo tiempo quería que el lector pudiese llegar a ver que Pearson era honesto. Fue ahí que pensé que si escribía tres o cuatro sermones donde se lo viera a él en su prédica de esa manera quizá podía ayudar a completar la idea que tenía del personaje.

Nunca había escrito escenas de sexo. Siempre las evitaba, porque cuando intentaba escribirlas o eran muy estilizadas o eran muy vulgares. Me incomodaban esas escenas, entonces las evité, como los diálogos, que al principio no me salían, entonces mis personajes no dialogaban. Con Ladrilleros me daba cuenta de que todo lo que había tenido de contenido la primera novela, porque lo demandaban el argumento y los personajes, en ésta, por lo mismo, tenía que ser explícito y desbordado. Y violento. El sexo era un elemento importante en la novela, porque se trataba de personajes calientes, virulentos, viscerales. Esas escenas tenían que estar. Otra cosa por la que me interesaba encarar esas escenas es que siempre hay una mirada en relación con el sexo entre los pobres asociada a la reproducción o a la prostitución. El sexo en la pobreza está asociado con lo feo, lo sucio, el abuso. Me interesaba mostrar que hay un erotismo en las clases bajas y que sus relaciones sexuales son gozosas, alegres y fogosísimas; no sólo tienen sexo para reproducirse o prostituirse.

Para mis ficciones me manejo con lo que sé. Para Ladrilleros, no necesité investigar: sé cómo vive un homosexual en un pueblito perdido de la Argentina y sé que la pasa muy mal. Y en cuanto a la cuestión religiosa de El viento que arrasa, había tenido amigas de la infancia de familias católicas cuyos padres se hicieron evangelistas. En un universo que conozco, prefiero trabajar sobre ese recuerdo y después inventar más que ir a ver hoy cómo es. En cuanto a Chicas muertas, el tema de la violencia contra las mujeres me interesa desde que empecé a darme cuenta de que no era tan natural como se me había aparecido en la infancia y la adolescencia. Mi madre se indignaba con estas cuestiones, pero no había un discurso político alrededor de eso. Me siento comprometida con el tema, pero tengo claro que no por haber escrito un libro sobre femicidio soy una especialista.

Creo que no se puede enseñar a escribir. Hay que tener un poco de talento, no es sólo técnica y disciplina. Los talleres no te enseñan a escribir, te ayudan a ver los conflictos y aciertos de un texto. Un coordinador no deja de ser un lector atento. Escuchar, marcar, ver por dónde puede ir el texto y dónde hay una cantera para escarbar y seguir sacando. Las técnicas existen, pero soy experiencia viva. Laiseca siempre me ha criticado que empiezo a escribir sin saber a dónde ir. No sé si mi narrativa tiene cosas de Laiseca, sí sé lo que le debo como escritora. Con él aprendí que hay que ser muy serio en el trabajo y que hay que tener una entrega muy especial.

Selva Almada, 1973

Nació en Entre Ríos y vive en Buenos Aires. Estudió Periodismo y Letras y dicta talleres literarios junto con Julián López. En 2012, su primera novela, El viento que arrasa, se convirtió en una sorpresa celebrada por la crítica y los lectores, que llevaron a la independiente editorial Mardulce a publicar varias ediciones y a vender sus derechos a distintas lenguas. Siguió Ladrilleros (2013), que repitió el camino de reconocimiento. En 2014, su deseo de ser periodista encontró en Chicas muertas un espacio para concretar la escritura de no ficción

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