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Vandalismo en la ciudad

Viernes 06 de febrero de 2015
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Los vándalos fueron un pueblo bárbaro de la Antigüedad, de origen germano oriental, procedente de la península escandinava, a orillas del mar Báltico. El término "vandalismo" pasó a significar un tipo de devastación, como la que ellos realizaban y que se aplicó más tarde a quienes demostraban un espíritu de destrucción que nada respeta ni valora. Así, vándalo alude contemporáneamente a quien destruye por destruir, sin sentido ni justificación, aunque a ese delito pueda sumarse ocasionalmente el robo.

En verdad, a esta altura de la civilización, los actos de vandalismo mantienen una cuota de la barbarie del pasado aplicada a cosas materiales y encuentran su lugar propicio en las grandes ciudades, como Buenos Aires, cuyos paseos, plazas, monumentos, jardines, obras de arte, juegos de niños y luminarias, entre otros bienes públicos, vienen siendo objeto frecuente de un empecinado ejercicio de rotura y deterioro.

Tanto es así que son pocos los espacios públicos que han quedado al margen de esa práctica perversa que no considera ni los valores de la belleza ni de la utilidad, así como tampoco lo histórico ni lo patriótico.

La mayoría de los habitantes de la Capital seguramente ha sufrido al ver la chocante obra de los vándalos de nuestro tiempo. El sentimiento de desagrado que provocan esos actos regresivos se ha podido experimentar al ver el monumento a Bernardino Rivadavia, ubicado en plaza Miserere; en la plaza Irlanda; en la plaza Martín Fierro, o bien, frente al monumento a Julio A. Roca, en el cruce de la Diagonal Sur y Perú.

Los daños se han reiterado en el Obelisco -obra que identifica a la ciudad como muy pocas-, en el Rosedal, en el parque Centenario o en el Rivadavia, donde se han roto o mutilado obras de arte de los jardines y canteros.

Un párrafo especial merece la escultura de El pensador de Rodin, original de un gran artista que fundió la obra tres veces. Una quedó en París, otra fue a Filadelfia y la tercera -por una gestión especial se radicó en Buenos Aires. Dañada varias veces, finalmente ha sido cercada por un vidrio de seguridad. Hasta ese punto debió llegarse a fin de protegerla. Últimamente, la loba romana ubicada en el parque Lezama, que con Rómulo y Remo compusieron un conjunto escultórico donado por Italia, sufrió la pérdida de las figuras infantiles.

Es casi obvio, pero necesario, hacer referencia a los gastos que han provocado las continuas reparaciones y los medios a los que se viene acudiendo para defenderlas del asedio de los vándalos, entre ellas el enrejado de parques y plazas. Esas precauciones pueden no gustar, pero se justifican ante quienes no respetan nada: ni el arte, ni la historia, ni los juegos infantiles.

Es de lamentar que quienes producen esos daños prácticamente no reciben sanción. Resulta abrumador pensar que se hayan cometido miles de esas faltas y que la gran mayoría haya sido archivada por carencia de pruebas o imposibilidad de identificar a los culpables.

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