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Queremos tanto a Vonnegut

Martes 10 de febrero de 2015

Cuando lo descubrí, en una librería de barrio y a poco de partir de vacaciones, me sentí parte de los sortilegios de un karass, ese dispositivo concebido por el norteamericano Kurt Vonnegut: los hilos invisibles que, con eficacia, aunque con dudosa lógica, hacen que los caminos de las personas -y hasta algún objeto- se crucen entre sí.

Justamente, lo que relucía en un estante, algo perdido entre otros títulos, era Las sirenas de Titán, una de las primeras novelas de Kurt Vonnegut, que hacía rato andaba buscando, sin demasiada suerte. Por eso, y porque no hay viaje si no hay libro en el bolso, lo compré inmediatamente. Y porque Vonnegut -fallecido en abril de 2007- siempre me pareció admirable, pero, por sobre todo, querible.

Hay que asomarse a las fotos desde las que nos sigue mirando. Esos ojos algo hundidos, como escarbados en el rostro. La melena ensortijada, tupida, muchas veces al borde del estallido. Y ese modo de encarar la cámara: risueño, apenas melancólico, bonachón.

En sus novelas, Vonnegut daba de lleno en el absurdo del mundo; sus historias, intrincadas y delirantes, mostraban las miserias humanas como quien descorre un pesado telón. Pero semejante operación, que en cualquier otro sería despiadada, en él siempre fue compasiva. Vonnegut se reía -nos hace reír hoy de esos seres débiles, incompletos, proclives a tiranizarse entre sí, sufrientes y profundamente irresponsables, que son los humanos. Se reía sin rozar el riesgo de la burla. Y se permitía, en sus irreverentes ficciones, el lujo de la ternura.

No porque haya tenido una vida fácil. A Vonnegut, combatiente en la Segunda Guerra Mundial, le tocó ser testigo de uno de los episodios más aberrantes de esa contienda: el bombardeo aliado sobre Dresde. El futuro escritor había caído prisionero de los alemanes, quienes lo habían encerrado, junto con otros soldados norteamericanos, en los sótanos de un matadero devenido prisión de guerra. El azar dispuso que, mientras permanecía en ese subsuelo, cayera sobre la ciudad alemana el descomunal fuego de los suyos. Dos días de bombas y dispositivos incendiarios que, como una tormenta de fuego, arrasaron la ciudad.

El improvisado presidio alemán terminó salvando al joven Vonnegut de la ferocidad del ataque de su propia gente. Fueron dos jornadas de pavor, hasta que al trueno incesante de las bombas le sucedió un silencio mortífero. Y un soldadito llamado Kurt salió de entre los escombros y vio lo que había quedado. Mucho tiempo después, la atroz experiencia se plasmaría en Matadero 5, libro al que también llamó La cruzada de los niños, en alusión a todos los soldados que, como él, apenas salían de la adolescencia cuando fueron arrojados al infierno.

En Matadero 5 hay un relato de guerra, pero cruzado con una abigarrada trama de viajes en el tiempo, abducciones, extraños zoológicos alienígenas, un planeta llamado Trafalmadore. Y humor negro, por momentos negrísimo. Porque no es cuestión de andarse con chiquitas -habrá pensado el autor- cuando se trata de contar el sinsentido.

También hay ecos de la Segunda Guerra en Cuna de gato, otra de sus novelas. Al menos en su detonante: el encuentro del protagonista con la familia de uno de los científicos que desarrollaron la bomba atómica. A partir de allí, la existencia secreta de una nueva arma letal, el anuncio del fin del mundo, una disparatada comunidad destinada a sobrevivirlo y el nacimiento de una religión cuyo fundador predica: "Todas las verdades que estoy por decir son mentiras descaradas" y, entre otras cuestiones, cree en la acción de los karass.

Por eso me gustó la idea de que hubo un atisbo de karass en el desvío de la rutina diaria que me llevó al librito que, días después, viajaría conmigo y mi familia a la costa. En Las sirenas de Titán, desde ya, encontré viajes interplanetarios, delirantes planes de invasión marciana a la Tierra y una crítica tan jocosa como virulenta a los estragos del fanatismo y la guerra. Pero también descubrí, hacia el final del libro, una frase: "Nos llevó mucho tiempo comprender que el objeto de una vida humana es amar al que está cerca para ser amado". La leí cuando nos estábamos volviendo. Y no pude más que mandarle mis respetos al amigo Vonnegut, allá (¿acunándose entre las lunas de Saturno?) donde quiera que esté.

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