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Sueños de una mañana de verano

"No hay noche, por larga que sea, que no encuentre al fin el día", nos dice Shakespeare, una sentencia que debe acompañarnos en este momento en que urge recuperar el valor de la ley y la confianza en la imparcialidad de la Justicia

Jueves 12 de febrero de 2015

En la Universidad de El Salvador, en la apertura de dos jornadas sobre "El valor de educar", organizadas por el Polo Educativo Pilar, constituido por dieciocho colegios bilingües y dos universidades privadas, el autor, ex subdirector de LA NACION, pronunció las palabras que siguen.

El 23 de abril de 2016 se cumplirán 400 años de la muerte de William Shakespeare y de Miguel de Cervantes. Se avecina un gran día para la cultura universal. No lo amenguan querellas, sonoras en ambos casos, sobre la exactitud de la fecha. ¿Ha sido el azar, o en términos más cristianos, la Providencia que proveyó la hazañosa coincidencia?

Más que renovar un viejo estupor, sería preferible que esa curiosidad cronológica fomentara la reflexión, que es un valor, e indujera a preguntarnos si la Europa convulsionada de Isabel I, de Inglaterra, y de Felipe II, de España, promovió o no las condiciones para engendrar estos gigantes que ahondaron hasta los confines últimos de la naturaleza humana, remodelaron lenguas y fundaron la crítica social moderna. Con iguales miras podríamos indagar qué elementos del contexto europeo gravitaron en la obra, y en el milagro, de dos pintores monumentales que entrarían en escena años después. Diego Velázquez, nacido en 1599; Rembrandt, en 1606. Compartieron con Shakespeare y Cervantes la mínima parte de una época, y fueron ellos a quienes Goya, al fin de una vida, reivindicaba, junto con la Naturaleza, como a sus tres únicos maestros.

Una antigua superstición periodística confía en que cuando las nociones abstractas se encarnan en rostros reconocibles, crece la curiosidad de las audiencias. Seguiré esa tradición. Shakespeare, Cervantes, Velázquez, Rembrandt... Se me dirá que la vara ha sido puesta en lo más alto, en la cifra de la excelencia, pero ¿cuándo hacerlo, si no esta mañana, en que se hablará de valores? Contamos con un calendario propicio.

Foto: LA NACION

Imagino para 2015 un año de homenajes; anticípense ustedes a lo que vendrá en el siguiente. La incontinencia verbal no es un valor, como lo comprobamos a diario; pero sí lo es decir antes aquello que otros tengan en la punta de la lengua. La condición es haber corroborado lo que se fuera a decir. Perseveren en la divulgación de lecturas que potencian la imaginación, que es carne del conocimiento; o como dice Teseo, en bellísima imagen, en Sueño de una noche de verano, aprendamos que el ojo del poeta "va dando cuerpo a la forma de cosas desconocidas... y da a la eterna nada un nombre y un espacio en que vivir". Si me detengo en particular en el dramaturgo de Stratford-upon-Avon, mitigue mi parcialidad una conjetura de Carlos Fuentes, en su ensayo sobre crítica de la lectura. Que Shakespeare y Cervantes fueron, en realidad, un mismo autor, un solo polígrafo errabundo y multilingüe, que cambiaba de nombre con los tiempos: Homero, Virgilio, Dante...

José Manuel Estrada, guía de juventudes, decía que la mejor lección del maestro se manifiesta en los hechos. "Que la acción -reclama Hamlet, príncipe de Dinamarca- corresponda a la palabra y la palabra a la acción." Pero Luciana, en diálogo con Antífolo de Siracusa, perfecciona, en La comedia de las equivocaciones, la observación de Hamlet, y confirma, en estos días desasosegados de la Argentina, cuánto de eterno hay en las voces del príncipe de los poetas. Dice Luciana, al denunciar la mentira, la imprudencia, la indiscreción: "Las malas acciones se duplican con las malas palabras".

Déjenme recordar algunos valores que en Macbeth Shakespeare pone en boca de Malcom, hijo de Duncan, rey de Escocia. Los enumeraba, algo al azar: "La justicia, la verdad, la templanza, la constancia, la bondad, la perseverancia, la merced, la clemencia, la piedad, la paciencia, el valor, la fortaleza...". Tan eterna como ellos ha sido la voluntad humana de transgredirlos.

Desde hace tiempo corren malas noticias para la sociedad argentina. Carlos Nino, filósofo del Derecho de la generación que llegó al poder con el presidente Alfonsín, planteó, en un libro de comienzos de los noventa, tan leído aquí como en universidades extranjeras, que constituimos "un país al margen de la ley"; un país que padece de "anomia boba", porque el quebrantamiento consuetudinario de las normas se traduce en fatal ineficiencia, en desarrollo menguado y en la ausencia de una cooperación sin la cual perece el concepto de nación. No hemos mejorado; vamos de peor en peor.

Invocamos derechos y raramente deberes que nos incumban. El principio bíblico de que tire la primera piedra sólo quien se sienta libre de pecados deriva en una sociedad contemplativa, de brazos cruzados, cuando la corrupción se ha expandido en demasía, entre las mafias grandes y las mafias chicas que nos abruman. Oímos con frecuencia que empresarios, sindicalistas o quienes fueren, a pesar de maltratos humillantes, salvo honrosas excepciones han adulado al poder por largo tiempo. Qué más podrían haber hecho, prisioneros en la cárcel de culpas inconfesas, sino calmar miedos, antes de que el poder político revelara en represalia lo que ocultaban o inventara patrañas, en la que es maestro consumado, para arruinarlos. El chantaje desde el Estado es terrorismo de Estado; también un búmeran de peligroso filo.

Gertrudis, que ha desposado a Claudio, asesino de su hermano y usurpador del reino de Dinamarca, confiesa: "A mi alma eterna -tal la naturaleza de mi pecado- cualquier bagatela se le antoja preludio de algún desastre; tan llena de torpe desconfianza está la culpa, que por sí misma se pierde por miedo de perderse". Dirigiéndose a una sociedad devastada por años de depresión económica, el discurso inaugural del presidente Franklin Roosevelt, a comienzos de 1933, ahincó precisamente en el drama potencial de una ciudadanía pusilánime: "...a lo único que debemos temer -advirtió Roosevelt- es al temor mismo que paralice los arrestos necesarios para convertir el retroceso en progreso". En la verdad poética recitada en uno de sus grandes dramas históricos, Shakespeare hace decir a Julio César, cuando es reconvenido por Calfurnia, su mujer, aterrada por los presagios del asesinato inminente cuando vaya al Capitolio: "Los cobardes mueren varias veces antes de expirar. ¡El valiente nunca saborea la muerte sino una vez!".

En Noche de Reyes, Olivia, la condesa, escribe a Malvolio, jefe de sus criados: "Mi destino es superior al tuyo, pero no te asustes de mi grandeza. Unos nacen grandes, otros adquieren la grandeza, y otros, en fin, tienen la grandeza suspendida sobre sí. Los Destinos te tienden sus manos; que tu audacia y tu ingenio las estrechen".

En la visión de Shakespeare "los Destinos" barajan las cartas, pero somos nosotros los que jugamos. Es errónea la creencia de que carecemos de una interpretación fundada de las razones de nuestra pasmosa declinación, que se acelera, frente a muchísimas naciones. En la obra de Nino están rastreados desde la Colonia los orígenes de tantos males. Haber vivido de ilegalidad en ilegalidad. Desde los hechos de extrema gravedad institucional en la contemporaneidad, como la corrupción sistémica en lo alto de la montaña y el narcotráfico criminal y descarado, a lo que aguas abajo se manifiesta en cortes absurdos de calles y de rutas, excepciones inexplicables a los códigos de edificación, ruidos que ensordecen sin reparar en el derecho de otros al valor del silencio; usurpación y daños, como las pintarrajeadas, a la propiedad privada, o el saqueo y destrucción permanente de bienes públicos.

La principal cuestión por abordar esta mañana es la recuperación del valor social de las normas de convivencia. Urge consolidarlas en un sentimiento nacional compartido de que no habrá reconstrucción posible del país sin ley que se cumpla, y sin jueces y fiscales imparciales; sin Justicia que arbitre con ecuanimidad sobre la legalidad y legitimidad de los actos de gobierno y garantice los derechos y libertades individuales prescriptos por el orden constitucional. Urge por igual que en la conducción del Estado se sintonice el punto de compostura emocional sin el cual no habría aviación y añoraríamos los buenos tiempos en que los quirófanos eran lugares más seguros.

Malcom, aquel príncipe de Macbeth, sabe que la vida se agota cuando el fuego de la esperanza es cenizas. Toca por eso trompetas anunciadoras de que "no hay noche, por larga que sea, que no encuentre al fin el día". Oigámoslas, aún después de la tragedia del 18 de enero, y actuemos. Contengamos a la sociedad en la esperanza por el esclarecimiento del magnicidio del fiscal Nisman. Asesinato o suicidio inducido. ¿Quién se atrevería a decir qué habría sido más atroz y canallesco, si lo uno o lo otro?

Déjenme soñar esta mañana con escuelas que insuflen, con sencillez emocional, el soplo de la dignidad, la seducción por la templanza en el coraje y la grandeza en piedad y compasión; escuelas en que se eduque a calificar convenientemente la intolerancia que atropella a cuanto disuene con sus caprichos. Déjenme soñar con que los chicos entiendan que la arrogancia extrema no concede en su egoísmo más espacio que para la expresión de las propias ideas y que entre los vapores nefastos de la autosuficiencia se asfixia la posibilidad del diálogo y la ocasión de que trascendamos como seres sociales respetados.

Que sepan los chicos que el orgullo, que es en principio virtud, en su desmadre deriva en patologías que sólo registran enemigos y no adversarios, y que al imponer a la política la lógica de la guerra, busca encerrarnos en el sótano del pensamiento único. Que aprendan los chicos a amar la Naturaleza, no sólo por la belleza de sus colores y sus formas, y por la simple razón de que sin ella no habría cuerpos vivos ni cultura alguna en el planeta, sino porque del mandato de sus reglas emerge una lección de oro: los comportamientos endogámicos llevan de tal manera a la ruina de las especies, que tanto se debe descartar el apareamiento entre hermanos como condenarnos a la lectura de un solo libro o de un solo periódico, o al suplicio del uso abusivo de la cadena oficial de radios y canales de televisión. Que sean educados en el aprecio por el valor estratégico de la libertad de expresión, que una vez derrumbada precipita la caída de otras libertades.

Entre los primeros números de la Revista de Occidente, que fundó en 1923, José Ortega y Gasset escribió sobre los valores. Su eje fue que sin educación no hay capacidad estimativa para otorgarles el debido valor. Ortega distinguía los valores según su utilidad: lo abundante, y su contracara, lo escaso; los valores que reflejan grados de vitalidad, desde lo fuerte a lo débil; los valores intelectuales, desde el conocimiento vasto hasta la ignorancia orgánica; los valores morales: qué es bueno, qué es malo; los valores estéticos: la belleza, la fealdad; los valores religiosos: lo sagrado, lo profano. Recuerdo al jovencito que en medio de una clase de catequesis, pasándose de la raya de lo convencional, preguntó al maestro, cuando éste se hamacaba, en la pormenorización de una sinopsis parecida, entre lo bueno y lo malo: "Señor, ¿y dónde ponemos al placer?". El maestro enmudeció.

Apartemos para una jornada con otros rigores esa travesura de quien hoy es médico y músico, pero enseñemos a emular la compasiva ternura con la que Silvio, pastor en la comedia Como gustéis, trata a Febe, una campesina. Le dice: "Si no recuerdas la más ligera locura en que el amor te hizo caer, no has amado". Shakespeare arreboló a generaciones de muchachas enamoradas con la respuesta de Romeo, cuando Julieta pregunta cómo logró llegar hasta ella, hija de una familia de Capuletos, traspasando las tapias altas y difíciles de escalar del jardín, sitio de muerte, para un enemigo como él. "Con ligeras alas de amor -contestó Romeo-franqueé estos muros, pues no hay cerca de piedra capaz de atajar el amor; y lo que el amor puede hacer, aquello el amor se atreve a intentar."

Shakespeare exhuma en su densidad verbal todas las variables humanas, todos los conflictos religiosos y políticos. Es "como si hubiera recuperado, para recrearlos en sus textos, lo que se había escrito hacía varios siglos y lo que se estaba escribiendo en la taberna más cercana", según una definición comprensiva de la voracidad de sus lecturas y de la influencia de sus aventuras mundanas de señor de la calle y de la noche. Salvo por la originalidad de La tempestad o de alguna otra entre sus treinta y siete piezas teatrales, Shakespeare recorrió campos trillados. Mayor su mérito, en un sentido, pues dejó así en evidencia que el valor creativo del estilo, hijo del carácter de una persona, puede revelarnos con su verdad poética nuevos cosmos en historias que ya creíamos sabidas.

Shakespeare deslumbró con su obra. Lo pagó con la imputación, levantada por aguafiestas que aún perduran, de que un hombre que no había asistido a grandes universidades, con relativos conocimientos del latín y menos del mundo en la vastedad con que se propuso abarcarlo, habría estado fuera de cualquier escala humana de haber sido el autor de todo lo a él atribuido. ¿Cómo haber escrito lo que escribió con sólo los veinte años que residió en Londres, y el resto, en la apacible y anodina Stratford-upon-Avon? Los contestatarios de su proeza desdeñaron el don innato de la sabiduría, que relampaguea a veces, entre silencios y medias palabras, en la observación penetrante de algún paisano iletrado, y en Shakespeare, explota, obra tras obra, en efusión verbal. Ambos pueden calmar impaciencias con palabras tan simples como éstas: "Las cosas no maduran hasta su estación".

En el diario que Adolfo Bioy Casares escribió a propósito de las innúmeras tertulias compartidas con Borges, éste califica una vez la obra de Shakespeare como de "overvalued" (sobrevalorada) y otra, como de "overrated" (sobrestimada). En su afición por la perplejidad jocunda, Borges provocaba a conciencia. Celebrémoslo: el humor es un valor apreciable. Afloja tensiones, desarma envaramientos, nos hace más tolerantes. Sepamos, con todo, que en la controversia sobre Shakespeare y su obra, Borges ya había dicho lo definitivo, sin proponerse atenuar misterios que aquellos aún inspiran, en las líneas finales de "Everything and nothing": "?antes o después de morir, se supo frente a Dios y le dijo: Yo, que tantos hombres he sido en vano, quiero ser uno y yo. La voz de Dios le contestó desde un torbellino: Yo tampoco soy; yo soñé el mundo como tú soñaste tu obra, mi Shakespeare, y entre las formas de mi sueño estabas tú, que como yo eres muchos y nadie".

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