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La temporada de Buenos Aires Lírica

Jueves 19 de febrero de 2015
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LA NACION
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Con cuatro títulos trazó su temporada 2015 (la duodécima de su trayectoria) Buenos Aires Lírica, como siempre en el Teatro Avenida de nuestra ciudad. Y la abrirá el 30 de abril próximo con Tosca, de Puccini. Con sus tres actos bien condensados, la obra refleja como pocas el gusto de su autor por la precisión dramática y el color local. Ubicada la acción en Roma, en el año 1800, todo el primer acto transcurre en el interior de la iglesia Sant-Andrea della Valle, lo cual lo lleva a poner su atención y sus cuidados en la fidelidad a todo lo relacionado con este medio.

El segundo acto es único dentro del teatro lírico, ejemplo de síntesis y de tensión acumulativa. Si se excluye "Visi d'arte", un instante de meditación de la protagonista, de impresionante belleza lírica, no hay un solo elemento sonoro que no esté en función de llevar la escena a los límites de la violencia. Violencia física, pero sobre todo psicológica. Si bien es cierto que el crescendo trágico del acto aparece interrumpido por "Visi d'arte", Puccini desafía esta premisa, porque su sentido teatral le indica que es preciso compensar con un remanso lírico el truculento realismo y la crueldad de las escenas anteriores.

El segundo título que propone esta entidad es Don Pasquale, obra maestra cómica de Donizetti. Algo así como la apoteosis de la ópera bufa. No ha pasado nunca inadvertido que este músico ha utilizado la tradición vocal rossianiana desplegándola, haciendo fructificar esa fantástica herencia que muchos han sentido florecer en el personaje central de Norina, al sentirla como la voz del placer mismo. En momentos en que la ópera se iniciaba por caminos de la gran tragedia lírica (Wagner con Rienzi, Verdi con Nabucco), Donizetti despide para siempre, con bombos y platillos, a la ópera bufa con este Don Pasquale irrepetible.

Werther, inmortal

Con el tercer título se llega al Werther, de Massenet, que se apoya en la genialidad lírica y dramática de Goethe. Esa pasión, espiritual y sensual, ese ardor que brota de la lírica goethiana, marcan el estilo de esa novela inmortal que es Werther, obra que queda como símbolo de una época, espejo del Romanticismo auroral, y síntoma incontrovertible del "mal del siglo" que habría de aquejar a la atormentada generación posterior a la suya.

En su Historia de la literatura alemana, Fritz Martini interpreta que "no es meramente el problema de un amor desgraciado, sino el de toda la juventud que se deja arrastrar por el sentimiento, que sacrifica su fuerza, su voluntad y su moralidad en aras de la fruición de sus posibilidades, ilimitadas en tanto no se realizan, y que, finalmente, no logra adaptarse al mundo y se hunde en su inconcreción interna".

Quizá resida ahí, justamente, el secreto de la inmortalidad de Werther, siempre nuevo y siempre renovado. Y de ahí el acierto en la elección de este tema, para un operista que como Jules Massenet fue capaz de interpretar, a su manera, la profundidad de sentimientos que la historia contiene. El último título que nos anuncia Buenos Aires Lírica es un demorado estreno para Buenos Aires. Se trata de Rusalka, de Dovrak, a la cual dedicaremos nuestra próxima columna. Hasta entonces.

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