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La espera pasiva de las urnas no bastaba

Tal vez el Gobierno no cambie de actitud como consecuencia de la multitudinaria manifestación convocada por los fiscales, pero deberá advertir que ya no podrá sacar rédito político de la indiferencia y el temor

Marcos Novaro

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PARA LA NACION
Viernes 20 de febrero de 2015
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¿Cambiarán en algo las políticas y actitudes del Gobierno? No. Pero ha cambiado el contexto en que desde ahora y hasta diciembre ellas se desarrollarán, porque el Gobierno no podrá ya sacar provecho de la pasividad y el miedo.

La masiva movilización de anteayer demostró que la muerte de Nisman sacudió una fibra íntima de la sociedad: despertó el rechazo compartido a que la política recurra a la muerte de los adversarios y, tal vez más importante aún, impulsó a revisar una idea que hasta ahora muchos venían abrazando por comodidad, y otros por interés, según la cual para dejar atrás al kirchnerismo y lograr que aceptara abandonar el control del Estado alcanzaba con que nadie hiciera demasiadas olas y pasaran los días hasta el recuento de los votos. Como si una cuenta regresiva en el almanaque fuera suficiente instrumento de cambio en un país tan complicado como el nuestro, y frente a un proyecto como el que nos gobierna.

En parte esto es así porque ya no queda duda de que el oficialismo utilizará todos los instrumentos a la mano, hasta el último minuto, para frustrar la alternancia. Aún no sabemos si esa muerte se causó desde algún sector oficial. Pero sí sabemos que incluso en el oficialismo sospechan que haya sido así; además, vimos a la Presidenta queriendo usarla para destruir la credibilidad del fiscal, para matarlo jurídica y políticamente con sucesivas e inolvidables cartas públicas. Fue más que suficiente para que sonaran todas las alarmas: el kirchnerismo busca desde hace años horadar la democracia desde su interior, hasta que de ella no quede más que la cáscara, y no ha renunciado a ese cometido ni lo hará en el futuro.

Pero también, y más importante, abandonamos la pasiva espera porque hemos tenido tiempo de advertir hasta qué punto el kirchnerismo es parte de nuestra penosa realidad política, cultural e institucional, y en ese aspecto algo o mucho de él va a sobrevivir, aunque sus personeros caigan derrotados en octubre próximo. Porque cambiando de nombres y de lemas, una y otra vez resurge entre nosotros la tendencia a creer que el pueblo es uno, y todos los que no se someten a ese número son escoria; la idea de que el Estado no es un órgano público, sino un premio y un arma que usa en su provecho la banda triunfante, y que el respecto de la ley es una apelación lastimosa de los débiles y fracasados. ¿Por qué esta vez sería diferente?

Así las cosas, ¿a quién se le pudo ocurrir la peregrina idea de que, con semejantes antecedentes, íbamos a salir sin costos del brete en que nos metimos al consagrar repetidas veces en la cúspide del Estado, con amplísimos poderes, este desorbitado proyecto de poder? Ya es un milagro, que hay que agradecer fundamentalmente a la torpeza oficial, que las cosas no hayan hasta aquí salido mucho peor.

Es, en suma, la convicción de que la pasiva espera no iba a llevarnos a la meta deseada lo que llevó a la gente a la calle. Pero atención: no sería la primera vez que sucede que una vez satisfecha la necesidad de expresar el estado de ánimo la ola se retira, y cuando baja la espuma todo sigue más o menos el curso preestablecido. De nuevo: ¿por qué va a ser diferente esta vez?

Entre 2012 y 2013, cientos de miles de personas salieron a las calles, pero durante 2014 ese número declinó abruptamente. ¿Por qué? En parte porque la gente pasó de estar enojada con las decisiones oficiales a resignarse a que nada de lo que hiciera forzaría a Cristina a cambiarlas, de lo que ella se ocupó hábilmente de convencernos. ¿Para qué perder tiempo protestando entonces? También, en alguna medida, porque se creyó, después de la derrota oficialista en las elecciones de 2013, que lo peor había pasado y era de desear que Cristina "terminara lo mejor posible": la tesis Scioli sobre la transición tranquila y la conveniencia de no hacerla enojar para heredar "sus logros". Como si todavía se pudiera lograr, aunque fuera contra la voluntad presidencial, que lo mejor para ella fuera lo mejor para el país.

Sobre todo, la gente dejó de salir a la calle porque sus débiles emergentes organizados no fueron capaces de superar esa condición de fragilidad: ya casi nadie se acuerda de los colectivos de las redes sociales tan activos dos o tres años atrás. ¿Pasará lo mismo con los fiscales? No hay que descartarlo, más todavía si atendemos a la ya lanzada desesperación de algunos políticos opositores por convertirlos en candidatos, y de otros de esos dirigentes por bajarles el copete "por si se creen héroes", recordándonos, a tono con la prensa oficial, sus reales o sospechados defectos.

Algunos analistas, a veces interesadamente, vinculan este problema de la representación de la opinión en nuestro país con el rol expresivo pero en última instancia irrelevante que cumple en la vida política la clase media: es ella la que se moviliza en estos casos, y como, a diferencia de los trabajadores y los empresarios, carece de órganos para dar cohesión y hacer pesar sus intereses aunque ocasionalmente haga oír su voz, no puede influir en serio en las decisiones.

Esto es en parte cierto, pero hay que tener en cuenta algunos contraargumentos. Primero, en la Argentina más del 80% de la gente se considera de clase media, y a raíz de eso a veces adopta los patrones de conducta culturales, y también electorales, en ella dominantes.

Además, en ocasiones la clase media gravita más fuertemente debido a las crisis que enfrentan otros estratos mejor organizados. Es lo que parece estar sucediendo en estos momentos en que tanto los sindicatos como los empresarios están muy divididos, sus entidades están dominadas por el faccionalismo y les cuesta conectar con proyectos políticos más o menos viables y abarcativos.

De todos modos, es necesario atender al hecho de que la Argentina, en sintonía con todas las sociedades pluralistas, necesita contar con más clase media y una representación política más fiel de esos actores si quiere madurar como democracia.

También que, para una representación ciudadana más fuerte, hacen falta no sólo mejores instituciones, sino ciudadanos más activos. Ambos son como el huevo y la gallina, no se puede saber por cuál empezar porque se necesitan entre sí para existir.

Como sea, lo que es seguro es que el necesario renacimiento político que deberemos encarar no podrá canalizarse con las fórmulas adversativas estérilmente polarizantes de estos años. Pero ¿qué pautas debe seguir entonces? Algunos piensan que las del reformismo institucional, otros proponen el saneamiento cívico y la lucha contra la corrupción, o las del desarrollismo económico y la concertación de intereses.

Tal vez esas opciones no sean excluyentes y puedan cooperar entre sí. Lo que es seguro es que se deberá empezar por convencer a la sociedad de que las soluciones no serán fáciles, supondrán esfuerzos mucho mayores que el mero reemplazo de un plantel dirigente, y por eso mismo valen la pena y no se pueden postergar.

El viejo chiste sobre las virtudes concedidas a los argentinos puede servir para ilustrar el punto: cuenta que Dios nos concedió tres virtudes, ser inteligentes, honestos y peronistas, pero nos jorobó al prohibirnos tener más de dos de ellas a la vez. Si cambiamos "peronistas" por "interesados en los asuntos públicos" o "ciudadanos activos", la idea pierde su sesgo descalificatorio y gana en claridad. Ilustra así el tipo de problemas que tenemos que resolver, el de crear una cultura ciudadana en serio y mejorar la calidad institucional para superar, de una buena, vez nuestra secular incompetencia política.

El autor es sociólogo y doctor en filosofía

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